Las entidades financieras tienen que hacer frente, durante esta crisis mundial, a tres problemas fundamentales: la escasez de liquidez, la reducción de los beneficios y su aplicación, y el aumento de la morosidad. Cada uno de estos problemas puede poner, por separado, en serios aprietos a cualquier entidad y, además, hay una cierta correlación entre todos ellos.
En España, la escasez de liquidez se ha podido manejar hasta ahora, aunque no sin que haya creado algunos problemas. El problema fundamental, común a todas las entidades financieras, es que obtienen sus fondos, sea de sus clientes o de otras entidades financieras a plazos difícilmente superiores a los tres años, pero sin embargo, una parte relevante de sus préstamos los dan a plazos muy superiores.
Cuando, como consecuencia de la desconfianza generalizada, se reduce la oferta de dinero a las entidades financieras, éstas se enfrentan al riesgo de no poder hacer frente a la devolución de todos los depósitos y préstamos que les vencen y que no les serían renovados, si el resto del sistema financiero no estuviera en disposición de prestarles la cantidad necesaria.
Por este motivo, todos los gobiernos han acudido en ayuda de las entidades financieras de su país, para asegurar que no se produzcan suspensiones de pagos por falta de liquidez. Esta es la causa por la que las entidades españolas no han empleado la financiación que les ha facilitado el gobierno para aumentar la disponibilidad de crédito para empresas y familias, ya que la han empleado para hacer frente a sus propias obligaciones. Además, para evitar que en los próximos meses este problema siga siendo muy acuciante, han cambiado su política para maximizar la obtención de dinero y minimizar la concesión de créditos, especialmente los que son a más largo plazo y los que tienen riesgo de aumentar la morosidad.
Los beneficios a corto plazo se ven afectados negativamente por varios motivos: el aumento del inmovilizado que tienen en activos inmobiliarios no deseados cuyos plazos de venta se dilatan, la reducción de los ingresos procedentes de los márgenes sobre los préstamos, especialmente los dedicados a financiar el circulante de las empresas y el consumo de las familias, el aumento del interés que pagan por los depósitos y el aumento de las provisiones para hacer frente al aumento de la morosidad que, en su conjunto, llevan a una reducción relevante de los beneficios que las entidades financieras intentan compensar con el aumento de las comisiones, con la reducción de costes, básicamente reduciendo personal y cerrando oficinas, y con el aumento de los márgenes de los nuevos créditos que otorgan.
Además, existe una presión muy fuerte para que no repartan dividendos, por la necesidad de aumentar los recursos propios para aumentar los ratios de solvencia.
La morosidad que, en el caso español está aumentando a ritmos desconocidos hasta ahora (del orden de 0,7% en 2007, ha aumentado hasta el 2,5% en 2008 y las previsiones que hacen públicas las organizaciones de las entidades financieras son del orden del 6% para 2009, aunque al parecer en privado expresan su temor de que no baje del 7,5%, cifra esta última que está cerca del límite máximo admisible por el sector sin que se produzca un verdadero colapso del sistema) crediticio.
El aumento de la morosidad y la más que previsible depreciación de los activos inmobiliarios (que, aunque no deseados, han tenido que ser aceptados por las entidades financieras como pago de las hipotecas que, en otro caso, serían fallidas) son los elementos que más riesgo ponen en las cuentas de resultados de las entidades financieras. Pero si las cuentas de resultados se deterioran mucho, las entidades financieras tendrán serios problemas para obtener los créditos que necesiten y, en España, esta situación obligaría a soluciones que, de menor a mayor gravedad del problema, irían desde la financiación concedida o avalada por papá Estado, a la absorción por parte de otra entidad mayor y más saneada, o a la nacionalización de la entidad.
La crisis financiera será larga en todo el mundo y, probablemente, más larga aún en España, porque, como país, tiene que dejar de aumentar año tras año la deuda con el resto del mundo (cada vez será más difícil obtener préstamos en el exterior), el sector público detraerá, para financiar el creciente déficit, cantidades mayores de la cada vez más reducida bolsa de financiación interior y las entidades financieras darán cada vez menos créditos porque cada vez exigirán más garantías (incluida la exigencia de un depósito vinculado de un porcentaje cada vez más relevante del crédito pedido) y un margen más elevado respecto al tipo de mercado de referencia a quienes los pidan.
La economía española tardará mucho en despegar debido a la práctica ausencia de financiación para las operaciones. Los próximos años no serán nada fáciles para las entidades financieras, lo que significa automáticamente que serán muy malos para la economía y el empleo.
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