domingo, 4 de enero de 2009

Gas ruso y Ucrania

Una vez más, el invierno pone sobre la mesa el problema del suministro de gas ruso a Europa que es un problema que tiene más aspectos de los que se hacen públicos.

Algunos de ellos son estructurales, y proceden de antes de la caída del muro, cuando se diseñaron y construyeron la mayor parte de los gasoductos de transporte de gas ruso al resto de Europa. Entre ellos cabe destacar los siguientes:

- Sistema de transporte con grandes deficiencias técnicas que llevan a unas pérdidas y consumos en el transporte desproporcionados.
- Utilización del gas en toda la antigua URSS sin el más mínimo criterio de eficiencia.
- Ausencia de mecanismos de pago razonables por el transporte en las distintas repúblicas de la antigua URSS.
- Falta de capacidad, durante la parte más cruda del invierno, del sistema gasista existente en la antigua URSS, para atender simultáneamente las necesidades del consumo interno y hacer frente a las exportaciones contratadas con los demás países europeos.

Las reducciones de capacidad se transformaban en una reducción de las exportaciones que llegaban a ser del 25% (nunca se ha sabido que acuerdos existían, o puedan existir ahora, aunque todo apunta a una reducción en el precio del suministro durante todo el año) que los países receptores compensaban con el uso de sus almacenamientos subterráneos, de otros suministros por gasoducto, de su producción interior y/o del GNL.

En la nueva situación político-económica se han hecho algunos avances, sobre todo en la reducción de las pérdidas de gas y es verosímil que se haya avanzado algo también en la retribución más acorde con los precios de mercado tanto en el gas suministrado a las repúblicas transitadas como en el servicio de transporte que estas prestan.

La UE intentó acordar un marco para todo el negocio energético, pero Rusia no firmó la Carta aprobada, aunque ahora recomienda a la UE que se la haga cumplir a Ucrania que sí la firmó.

Es indudable que Rusia quiere obtener no sólo rendimientos económicos por el gas que exporta a la UE, ya que es consciente de la creciente dependencia de la UE y, a la vez, de ser el país con más reservas de gas conocidas del mundo.

Pero también hay un elemento en su contra: la distancia de algunos de sus mayores yacimientos a la UE supera los 4000 km y requiere el paso por bastantes repúblicas independientes, cada una de las cuales espera hacer un buen negocio con el tránsito, incluyendo la garantía de un suministro de gas para sus propias necesidades a precio reducido. El resultado es que si no se llegan a acuerdos multilaterales razonables, pudiera ocurrir que el gas de Siberia transportado por gasoductos terrestres no fuera competitivo en la UE.

Existen dos posibles alternativas al transporte por gasoducto terrestre: la licuación y el transporte por gasoductos submarinos, que no requieren acuerdos de tránsito con terceros países. Estas alternativas, aunque no es fácil que aporten la enorme capacidad de transporte necesaria, deberían servir para acotar las peticiones económicas de los países potencialmente transitados, pero es absolutamente necesario un acuerdo multilateral que acerque política y económicamente a Rusia y la UE, y el gas natural puede ser una baza fundamental ya que su desarrollo armónico interesa a todas las partes.

Pero la UE también tiene que hacer sus deberes. No es de recibo que todavía no exista, en la mayoría de sus miembros, un mercado de gas mínimamente transparente (sólo lo tienen el Reino Unido Holanda y Bélgica) a causa de la defensa impresentable que Francia y Alemania hacen de los intereses monopolísticos de sus empresas gasistas y eléctricas.

Mientras tanto, Rusia y Ucrania presentan unos posturas poco razonables, Rusia amenazando con un precio para el gas a ser consumido en Ucrania que es un 50% más caro que el precio actual en Estados Unidos y exigiendo la continuidad de un precio por el transporte que sería razonable para una distancia de transporte de unos 100 km. Ucrania, por su parte, parece querer mantener unas retenciones de gas, necesario para comprimirlo durante el transporte, del orden del 7,5%, cantidad a todas luces desorbitada.

El posible acuerdo debería ir en el sentido de que Ucrania, y los demás países transitados, pagaran por el gas para su consumo un precio que dejara a Gazprom un margen equivalente al que obtiene con sus ventas a los países de la UE y que los países transitados cobraran un coste de transporte razonable, que retribuyera las inversiones y los costes con un beneficio razonable para un operador eficiente, al que se añadiera la cantidad de gas estrictamente necesaria para realizar el transporte.

Si no se avanza en estos aspectos, cada invierno volveremos a asistir a situaciones parecidas, y aunque España no se vea directamente afectada por los eventuales cortes de suministro, ya que no recibe ni un solo metro cúbico de gas de Rusia, indirectamente también le repercuten aspectos tan relevantes como la creación del Mercado Único Europeo del gas o los acuerdos multilaterales entre la UE, Rusia y las repúblicas independientes que están situadas entre ambas.

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