lunes, 10 de octubre de 2016

El problema de las pensiones en España: ¿Pensiones públicas o privadas?



No son pocos los que consideran que el sistema de pensiones debería ser privatizado, aunque todos ellos evitan plantear que pasaría con los pensionistas actuales y con los que ya lleven unos cuantos años cotizados, simplemente porque ningún sistema privado podría hacerse cargo de los pagos ya comprometidos y de los derechos ya adquiridos por los cotizantes todavía en activo.

Muchos más proponen que las pensiones públicas se reduzcan a unas cuantías mínimas y que los futuros pensionistas las complementen con sistemas privados, aunque no se atreven a insinuar siquiera como sería el proceso de reducción progresiva pero drástica de las cuantías de las pensiones futuras. El motivo es el mismo, ya que no hay partido político que se atreva a proponer medidas de reducción que afecten de forma muy relevante a los pensionistas actuales y a los que se irán incorporando en los próximos años, seguramente porque son demasiados millones de votos que previsiblemente perderían.

Pero no por ello deja de ser importante el debate teórico de como se debería plantear el sistema de pensiones en un país que no lo tuviera y que deseara introducirlo, en la hipótesis de que quisiera hacerlo de forma equitativa y sostenible en el muy largo plazo.

Los sistemas públicos presentan, en mi opinión, muchas más ventajas que los privados, y muy especialmente para la parte de las pensiones que tenga carácter obligatorio, ya que proporcionan mucha mayor seguridad a los futuros beneficiarios de que llegado el momento efectivamente cobrarán su pensión, ya que el Estado podrá cambiar pero no desaparecerá fácilmente, cosa que no se puede asegurar con ninguna entidad privada en el plazo del orden de los setenta años que va desde que alguien inicia su cotización hasta que recibe el último pago de su pensión. Para responder a esta pregunta sólo hay que preguntarse qué porcentaje de entidades privadas desaparecen antes de cumplir los setenta años, al margen de que nadie puede asegurar que una entidad centenaria en la actualidad, siga existiendo dentro de setenta años, aunque sea una entidad financiera de gran tamaño (basta con recordar lo ocurrido con Lehman Brothers que estuvo activa desde 1850 hasta 2008 y desapareció súbitamente cuando su calificación de solvemcia era AAA, la más alta posible)

Pero no basta con que el sistema sea público, porque todos los sistemas públicos tienden a pagar las prestaciones actuales con los ingresos actuales (usan el llamado sistema de reparto) y no con el resultado del ahorro de las cotizaciones efectivamente pagadas por cada actual pensionista para pagar su pensión individual, y el sistema de reparto tiene un grave riesgo de convertirse a largo plazo en piramidal, salvo que el conjunto de las cotizaciones y las prestaciones se mantenga estable, o con variaciones siempre en el mismo sentido y con un ritmo también estable a lo largo del tiempo (por periodos de duración cercana al siglo)

Además, es muy deseable que el sistema sea equitativo, de manera que la cuantía mensual de la pensión individual que se reciba sea proporcional a la cantidad total contribuida y que, a la vez, la cuantía global de las pensiones también sea compatible, en periodos de bastantes años, con el volumen de ingresos por cotizaciones. El primer aspecto es fácil de conseguir, aunque en el caso concreto de España diste mucho de ser equitativo, ya que no lo fue desde su inicio y sigue sin serlo a pesar de las sucesivas reformas que lo han ido corrigiendo parcialmente, pero el segundo aspecto, la sostenibilidad del sistema a muy largo plazo, es mucho más complicado dado que requeriría tomar decisiones, a veces en cada legislatura, basadas en previsiones de al menos un par de décadas y es conocido el nulo interés que todos los gobernantes tienen en tomar decisiones que no gusten a los electores, salvo que sean estrictamente necesarias antes de las próximas elecciones.

Otro aspecto muy relevante es la tendencia a la inclusión, en las etapas de bonanza económica, del coste de buena parte de las prestaciones distintas a la pensión contributiva en la bolsa de éstas, de manera que son los cotizantes actuales los que las pagan junto al importe de las pensiones contributivas. Desde el punto de vista del gasto público total, el resultado es el mismo, pero desde el punto de vista de las cuentas de la Seguridad Social y de los segmentos de la población que soportan el gasto no lo es, por lo que es importante separar las cuentas de las prestaciones contributivas (que deberían pagarse con cargo a los ingresos por cotizaciones a la Seguridad Social) de las del resto de prestaciones que deberían pagarse con cargo a los ingresos por impuestos. Es bastante probable que en la próxima reforma de las pensiones, que tendrá que abordarse muy pronto porque muy pronto se agotará la "hucha de las pensiones" y no habrá dinero en la caja de la Seguridad Social para hacer frente a las pagas extras, se pase a los Presupuestos Generales de Estado el pago de buena parte de las prestaciones no contributivas, lo que servirá de justificación para una nueva subida de impuestos, aunque en este caso tendrá la ventaja de dar mayor estabilidad al sistema público de pensiones.

En cuanto a los complementos privados de pensiones, la condición más importante para que sean viables y estables en el tiempo es que sean voluntarios, aunque también ayudará que no supongan para los que los suscriban compromisos de ingreso o de no retirada de fondos de muy larga duración y por descontado que sean fiscalmente neutros.

Los sistemas actuales que hay en España, cumplen totalmente la primera condición ya que son voluntarios, solo parcialmente la segunda ya que aunque es fácil el cambio de una entidad a otra, la retirada de fondos para ser usados por el beneficiario antes de la edad de jubilación está limitada a los casos de invalidez o de paro prolongado, y no cumplen en absoluto la tercera, ya que añaden a una ventaja fiscal muy llamativa (el año que se hace una aportación, con unos límites prefijados, no se paga IRPF por la cantidad aportada) una posterior desventaja tremenda, ya que cuando se recibe el dinero, todo lo recibido tributa por el tipo marginal general del IRPF en vez de hacerlo por un tipo equivalente al de los rendimientos financieros, lo que supone pagar tipos superiores entre el 10 y el 25% por el dinero recibido.

Este sistema de tributación es el resultado de una tributación mucho más razonable establecida cuando se introdujeron los Planes de Pensiones (sólo se tributaba, eso sí al tipo marginal, por el 60% del dinero recibido, con lo que en la práctica se igualaba como media el tipo efectivo pagado al de los rendimientos financieros) modificada en la etapa de Zapatero para hacer pagar más a los que decidieran retirar todo el dinero al llegar a la jubilación y a los que, sin hacerlo, tuvieran simultáneamente pensiones más altas y recibieran complementos por los Planes de Pensiones.

A futuro sería mucho más razonable dar a los Planes de Pensiones el tratamiento general del IRPF, es decir no deducir nada en el año de la aportación y tributar por los rendimientos financieros cuando se obtuvieran ingresos, pero eso les quitaría atractivo en el momento de hacer aportaciones que no será fácil compensar con la percepción de obtener unos rendimientos mayores a largo plazo, ya que la experiencia no es precisamente la de que los planes de pensiones tengan, para los beneficiarios, unos rendimientos acumulados que superen a la inflación.

En resumen, lo mejor para la sociedad y para la inmensa mayoría de los futuros pensionistas, es disponer de un sistema público de pensiones, obligatorio, equitativo y sostenible que proporcione una pensión suficiente para cubrir las necesidades razonables de los jubilados y que, de forma voluntaria, pueda ser complementado por otros sistemas privados de ahorro que permitan a quienes los hayan adoptado disponer de unas rentas adicionales para elevar su nivel de vida en su etapa de jubilados.

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