jueves, 24 de septiembre de 2015

Consecuencias de una eventual secesión unilateral de Cataluña (I) Introducción


La eventual secesión unilateral de Cataluña supondría una cascada de consecuencias económicas y sociales que, en buena parte, serían negativas para amplias capas de la población tanto de Cataluña como del resto de España.

En esta serie de entradas, intentaré hacer un análisis de las consecuencias en algunos de los principales aspectos económicos para cada una de las dos partes resultantes de la segregación.

Mi intención es hacer un análisis lo más objetivo posible, pero soy consciente de que mi percepción personal de los aspectos que analice puede estar influida por mi visión particular de la cuestión, que deseo hacer explícita para que los lectores la conozcan.

Soy madrileño casado con una catalana desde hace cuarenta años, ella es independentista de toda la vida y hemos vivido juntos ocho años en Cataluña y el resto en Madrid, y ahora que ambos estamos jubilados pasamos mucho tiempo en cada uno de los dos lugares. Yo, al contrario que mi mujer, considero a Cataluña una parte de mi tierra, especialmente querida por los lazos familiares y de amistad que me unen a ella (para ella sólo Cataluña es su tierra) La mitad de los antepasados de mis hijos están enterrados en el pueblo de mi mujer y por esas y algunas otras razones, soy totalmente partidario de que Cataluña siga formando parte de España. Creo conocer con bastante profundidad las razones, los sentimientos y los argumentos de los independentistas de buena fe, que creo que son la mayoría.

Los aspectos concretos que desarrollaré en las sucesivas entradas son las pensiones, la moneda de la Cataluña independiente, los efectos sobre el sistema financiero y los efectos sobre el comercio exterior y el PIB.

Para terminar esta introducción, expondré las consecuencias políticas  y económicas que considero más probables en caso de una declaración unilateral de independencia, seguida de una situación de independencia de facto de lo que llamaré la República de Catalunya, a la que el resto de España sería hostil.

De acuerdo con los Tratados de la Unión Europea, según la interpretación dada por el Presidente de la Comisión, órgano éste que es el encargado de interpretar los tratados, éstos dejarían de aplicarse al territorio de la República de Catalunya desde el mismo momento en que la independencia de hecho fuera una realidad.

Los ciudadanos de nacionalidad española residentes en Cataluña mantendrían su nacionalidad en tanto en cuanto no adquirieran la nacionalidad catalana y, mientras estuvieran en esa situación, serían considerados a efectos fiscales no residentes en España. En el momento en que adquirieran la nacionalidad catalana, perderían la española, al menos mientras no exista un convenio que permita la doble nacionalidad entre ambos países, convenio difícil de adoptar mientras la posición de España fuera hostil al reconocimiento del nuevo estado, lo que tendría como consecuencia automática la pérdida también de la condición de ciudadanos de la UE.

Como consecuencia de ser un país tercero para la UE, sin ningún tipo de acuerdo con ella en el momento de la independencia, las fronteras actuarían en ese sentido tanto para el paso de personas como para el de bienes y servicios, y se aplicaría automáticamente el Arancel Común de la UE para todas las importaciones procedentes de Cataluña, a la entrada en cualquier país de la UE, además de añadirse en la propia entrada toda la burocracia que se aplica en esos casos.

La separación de España supondría que las empresas catalanas ya no venderían al mercado español en las condiciones del mercado único que ahora existe, por lo que el comercio entre ambas partes se reduciría drásticamente. Con el resto de la UE se reduciría, aunque en menor proporción, ya que sólo les afectaría la pérdida de competitividad derivada de la aplicación del Arancel Común y del cumplimiento de los trámites burocráticos adicionales. Con el resto de países del mundo, las exportaciones se reducirían por la pérdida de la aplicación de los convenios bilaterales y multilaterales que tiene la UE con otras áreas o países. Para las empresas españolas, el efecto sería la reducción drástica de sus ventas a Cataluña, en una proporción igual o superior a la de la reducción de las compras.

El sistema financiero también se vería afectado por la secesión, con el efecto más que probable de un aumento relevante de la prima de riesgo española, al menos en un primer periodo, y una dificultad extrema de financiación desde el exterior para la economía catalana, durante un periodo previsiblemente largo.      

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