miércoles, 23 de septiembre de 2015

Marta y María



I

José volvió a mirar su correo electrónico después de más de un mes sin hacerlo. Tenía un montón de correos, de los que la mayoría deberían haber ido a la carpeta de spam, y los iba eliminando por páginas enteras, sin dedicarles más allá de una ligerísima ojeada al título.

Tenía un montón de correos de facebook que le indicaban el incremento constante del número de comunicaciones y, cuando terminó con la limpieza de mensajes no leídos, de los que solo leyó cuatro o cinco sin que ninguno tuviera el menor interés para él, decidió abrir su cuenta de facebook para hacer lo propio.

El resultado no fue muy distinto, ya que la mayoría eran cosas que sus contactos habían ido colgando en sus respectivos muros, pero que a él, en su situación actual, no le decían nada. Sin embargo se encontró una solicitud de amistad que sí que le interesó, y mucho, ya que era nada menos que de Marta, su amor de juventud que se había ido a vivir a Alemania pocos meses después de cortar con él. Y el corazón le dio un vuelco.

Leyó el mensaje, muy cortito y desprendiendo algo de temor por la posible negativa a querer retomar el contacto:
-   Hola José. Soy Marta, nos conocimos en Santander, en la playa de los bikinis. ¿Te acuerdas? han pasado muchos años.....

José estaba seguro de que Marta, su primer gran amor, no tenía ni idea de lo que le estaba pasando en aquellos momentos y, al cabo de unas horas le respondió:
-   Hola Marta. Me has dado una gran alegría con tu mensaje. ¡Claro que me acuerdo! Es cierto que han pasado muchos años, pero mi relación contigo fue tan especial que ha quedado para siempre entre mis mejores recuerdos.

En los días siguientes se siguieron mandando algunos mensajes más y cuando José creyó que estaba claro que los dos tenían ganas de verse, le sugirió a Marta, tras asegurarse de que ella también estaba en Salamanca, que se vieran para charlar mientras tomaban un café.

El encuentro fue muy agradable y también emotivo. Se dieron un gran abrazo, unos cuantos besos en las mejillas y después se sentaron a hablar mientras tomaban un café en la misma cafetería en que solían pasar las tardes de los sábados de la larga temporada en que apetecía más estar en un local calentito cuando eran una pareja de jóvenes enamorados.

José no quiso dejar pasar más tiempo sin decirle a Marta que María, que también había formado parte de su panda cuando eran jóvenes, había muerto hacía un mes víctima de un cáncer. Ella, como José se había imaginado, no sabía nada porque todavía no había retomado el contacto tras su vuelta de Alemania hacía un par de semanas.

Se contaron su vida y José tuvo la sensación de que para Marta no era nada nuevo lo que él le contaba, aunque sí que le eran desconocidos los detalles de su historia. Él, por el contrario, no tenía ni idea de cómo había sido la vida de Marta, porque la última noticia que tuvo de ella, a las pocas semanas de que ella le dejara plantado en octubre de 1973, fue que se había ido a Alemania a vivir con el chico alemán que había conocido en la playa de los bikinis el verano que él había hecho el segundo campamento de las milicias universitarias en el ya lejano año de 1973. Después había oído que tenía dos hijas, de las que él ni siquiera sabía el nombre, y nunca más tuvo la menor noticia de ella.

Marta intentó disculparse por la forma abrupta en que entonces cortó su relación con él, pero José le dijo que no se preocupara, porque ella había elegido a quien había sido su pareja durante cuatro décadas y él había encontrado el amor junto a María, con la que había vivido una historia maravillosa hasta que el cáncer se la arrebató.

Según avanzaba la conversación, José creyó adivinar una profunda tristeza en Marta que le pareció que debía tener un origen distinto a la también reciente separación de su marido. Cuando ya llevaban unas tres horas hablando y se acercaba la hora de la cena, José decidió preguntárselo tras cogerle la mano de forma cariñosa:
-  Marta, ojalá me equivoque, pero tengo la sensación de que estás triste, muy triste ¿puedo preguntarte si te ocurre algo?
-  Si José, es cierto que estoy muy triste, pero no creo que sea razonable que te cuente mis penas cuando tú estás pasando por lo que estás pasando. Lo lógico sería que yo te consolara a ti y en vez de eso, lo único que he hecho es que tú te des cuenta de que yo también estoy apenada.
-  Pues si eso es así, quizás sería una buena idea que dos viejos amigos se consuelen mutuamente. Sólo tenemos que evitar que las dos penas se sumen y conseguir que el consuelo de cada uno reduzca la pena del otro. ¿Te parece bien que vayamos a mi casa a cenar? Yo tengo costumbre de cenar a las ocho y ya casi es esa hora. Si te parece bien, me puedes ir contando lo que quieras de lo que te preocupa y ojalá sea yo capaz de ayudarte a moderar tu preocupación.
- No sé si está bien que vaya a tu casa la misma tarde en que nos volvemos a ver después de cuarenta años ¿qué dirá la gente?
-  No me digas que a estas alturas de la vida te preocupa el qué dirán. Si ese es el motivo, no creo que sea razón para que no vengas, pero si lo que ocurre es que necesitas más tiempo para estar segura de que me puedes contar lo que te ocurre, entonces será mejor que te acompañe a tu casa y en el camino ya me dirás si quieres que nos volvamos a ver y si es así cuando quieres que nos veamos.
-  La verdad es que lo que me da apuro es contarte lo que me pasa y me parece que cuando lo sepas lo entenderás. De todas maneras, en estos momentos no tengo en Salamanca a nadie con quien compartirlo, excepto a mis hijas, claro, que ya saben todos los detalles de mi preocupación.
-  ¿Debo entender que eso significa que te atreves a contármelo mientras cenamos?
-  No sé si es buena idea, pero me voy a arriesgar. Sólo te pido que si cuando lo sepas no te gusta que te lo haya contado, no se lo digas nunca a nadie, porque me moriría de vergüenza.
-  ¡No será para tanto Marta! Entonces vamos hacia mi casa, que sigue siendo la misma que ya conoces.

Fueron caminando, por el mismo camino que tantas veces habían hecho años antes y lo hicieron de la mano, mientras los dos pensaban, cada uno por su lado, que esa era una buena manera de transmitirse el consuelo que ambos necesitaban.

Prepararon la cena a medias, como hacían cuando eran una pareja y tenían una de las casas de sus padres a su disposición. Antes de cenar, Marta le pidió permiso para dar una vuelta por la casa y pensó que no parecía la misma, aunque la distribución era idéntica. Pero sólo habían cambiado la cocina, eso ya lo notó nada más llegar, y los dos baños de los que sólo uno conservaba la bañera y en el otro había una gran ducha. Las habitaciones no parecían haber tenido más modificación que la pintura y el alumbrado, ahora con leds y mucha más luminosidad, y la que había sido el dormitorio de José, la más pequeña de las tres, ahora era la habitación de trabajo y, suponía, que también de lectura y audición de música. Los muebles también eran otros y, en su conjunto, le parecía otra casa más acogedora que la que conoció en su juventud. A cambio le faltaba la alegría que José y sus hermanas proporcionaban en aquella época, aunque eso podía ser consecuencia de las circunstancias recientes y de que ya sólo la ocupara José.

Mientras cenaban, José le pidió a Marta que le contara el motivo, o los motivos, de su tristeza y ella empezó por darle una idea general de su situación:
-  No sé si te va a aburrir mi historia y, además, estoy segura de que pensarás que he sido una tonta buena parte de mi vida, así que te haré un resumen breve y luego, si sigues interesado, te contaré más detalles.
Cuando me fui a Alemania, a primeros de 1973, me fui a vivir con Michael, el joven alemán que había conocido el verano anterior en Santander, del que me enamoré perdidamente. Era algo mayor que nosotros, cuatro años y, por ese motivo, ya estaba independizado; cuando me propuso que me fuera a vivir con él, no me lo pensé dos veces porque el irme a Alemania supondría conseguir la libertad que aquí no tenía, tanto por el ambiente de casa, dada la forma de pensar y actuar de mis padres, como por la situación política del país.

Tenía mis reservas y también mis miedos, porque era un país nuevo y muy diferente, con una lengua que no conocía en absoluto y me iba a vivir como pareja de una persona con la que sólo me podía comunicar con mi inglés de andar por casa, que dicho sea de paso no era mucho peor que el suyo.

Pero me fue bien, tanto desde el punto de vista sentimental como en la adaptación al nuevo país. Michael se empeñó en que mi primer trabajo fuera aprender alemán, y efectivamente durante dos años le dediqué unas cinco horas diarias, al margen de la lógica inmersión del resto del día. Una vez alcanzado un nivel suficiente, según el criterio de los alemanes que no era muy flexible que digamos, no me costó nada trabajar de enfermera y, al margen del frío del invierno y de la rigidez de algunas de las costumbres alemanas, me adapté bastante bien.

A los cuatro años me quedé embarazada de Ali, Alicia, que nació en 1979 y tres años más tarde nació Helga. Mientras las niñas eran pequeñas seguí trabajando parcialmente, 20 horas a la semana, aunque económicamente no lo necesitaba porque Michael ganaba bastante dinero.

La vida transcurría tranquilamente y las niñas se hicieron mayores y se independizaron. Por razones que no he llegado a entender prefirieron no casarse, aunque cada una de ellas ha tenido algunas relaciones que a mí me parecieron sólidas, ya que llegaron a vivir con su pareja varios años en buena armonía, pero ninguna cuajó.

Pero hace unos seis meses todo cambió de repente un día que Michael me dijo que teníamos que hablar muy seriamente, porque había un problema muy grande. En resumen me dijo que lo mejor que podía hacer era jubilarme, aunque eso ya lo tenía yo previsto, separarme de él y volverme a España con mis hijas y sin tener el menor contacto con él. Yo pensé que quería irse con otra pero, al parecer, no era ese el motivo, sino que se había metido en problemas legales bastante serios que casi con certeza le llevarían a la cárcel por unos cuantos años y su abogado le había recomendado, si quería evitar que el asunto nos salpicara a nosotras, que hiciéramos lo que él me acababa de decir, ya que él había usado nuestros nombres para usarnos de tapadera en no pocas de las actuaciones ilegales que había hecho.

Por fortuna siempre tuvimos las cuentas separadas, pero para evitar problemas debíamos simular que yo me había separado sin decirle a nadie por qué, de forma que en su día pudiera decir que me había parecido descubrir alguna irregularidad por su parte y que había decidido no volver a verle.

Hablé con mis hijas y ellas pensaron que si yo me venía a España, ellas también lo harían porque estaban en una situación parecida a la mía, y preparamos la venida como Michael, o más bien su abogado, nos indicó. 

Como no deberíamos recibir ni un euro suyo, el fue reuniendo el efectivo que pudo, que fue el que nos trajimos entre las tres en el viaje habitual de verano y a nuestra marcha definitiva. Ese dinero, que tampoco era tanto, es el colchón de que dispongo ahora y mis únicos ingresos son los de la pensión de jubilación que, para que te hagas una idea, te diré que es de unos mil euros netos al mes.

Tengo la casa de mis padres, que la tenía alquilada pero que se quedó vacía hace tres meses y ahora vivimos allí, pero la verdad es que la pensión nos permite pagar los gastos fijos y con lo poco que queda, no nos queda ni para comer. De mi marido no sé nada, ni lo sabré en mucho tiempo, aunque me dijo que cuando todo el proceso termine recibiré indirectamente las noticias de lo que haya pasado y de en qué medida estamos afectadas nosotras o no.

La verdad es que estoy muy preocupada, aunque me imagino que antes o después mis hijas encontrarán trabajo y se terminarán los problemas económicos. Nunca en mi vida me había tenido que enfrentar a un problema económico y, la verdad, es que no sé qué hacer. Además, te puedes imaginar la cara de tonta que se me ha quedado al saber que Michael es en realidad un delincuente y que toda la vida he estado viviendo, en una grandísima parte, de lo que el obtenía ilegalmente.
-  Marta, lo que me acabas de contar es muy grave pero lo que no acabo de entender es por qué tienes esa enorme preocupación por tu economía. Tienes tu casa y tu pensión y con el colchón que tienes puedes ir tirando hasta que tus hijas encuentren trabajo, así que no veo por ningún lado el enorme problema, que para mí se limita a tener que apretarte el cinturón mientras ellas buscan trabajo.
-  No creas que lo que me preocupa es apretarme el cinturón, ya lo llevo haciendo desde que Michael me contó todo y es aún más fácil aquí porque mis amigas de Alemania ya no se extrañarán del cambio de nivel de vida que he tenido que dar, porque no lo verán. El problema es que es muy probable que la policía me investigue aquí y si eso ocurre, es muy importante que mis ingresos permitan afrontar los gastos de mis hijas y míos y, la verdad es que nadie se creerá que podemos pasar con mil euros al mes aunque no nos gastemos ni un euro en ropa ni en otras cuestiones no imprescindibles a corto plazo.
-  ¿Has pensado en alguna solución?
-  Sí, al encontrarte y ver que todavía me aprecias, creo que eres la única persona que podría ayudarme. Lo he pensado esta tarde, al saber que ahora estás solo, pero me da una enorme vergüenza pedírtelo, porque me temo que pienses que sólo me acerco a ti ahora que necesito ayuda, y no te lo podré echar en cara teniendo en cuenta como te dejé cuando decidí irme con Michael.
-  Pero Marta, ¿qué solución has imaginado?
-  Una que seguramente es una tontería. He pensado que quizás podrías ser tan amable de acogernos en tu casa unos meses, el tiempo necesario para que mis hijas encuentren trabajo y entonces yo podría alquilar mi piso y al sumar el alquiler a mi pensión ya podría justificar los ingresos, si es que la policía los investiga.
-  ¿Y que pegas ves tú a esa solución?
-  La primera es que lo más probable es que a ti no te guste la idea y la segunda es que no sé qué pensarán mis hijas, porque ellas no saben nada de nuestra antigua relación amorosa y me temo que no se creerán que me ayudes sin pedir nada a cambio.
-  A mí, en principio, la idea no me parece descabellada, aunque me gustaría estar más seguro de cuáles son tus sentimientos respecto a mí. En cuanto a tus hijas, me parece que poco puedo decir, ya que no las he visto nunca y prácticamente lo único que sé de ellas es su nombre.
-  La verdad es que yo tampoco tengo muy claro cuáles son mis sentimientos hacia ti. Lo que sí puedo asegurarte es que esta tarde he estado muy a gusto contigo y que he tenido la sensación de que el tiempo no había pasado porque me encontraba como cuando éramos amigos, antes de que fuéramos pareja. En cuanto a mis hijas, si llegaras a la conclusión de que quieres y puedes ayudarme, creo que lo mejor es que pasáramos los cuatro juntos una tarde, para que te conozcan, y después yo hablaría con ellas. Pero no quiero que me des ahora tu respuesta, salvo que tengas muy claro que es que no. Preferiría que lo medites y si quieres nos podemos ver mañana y seguimos hablando. Yo también creo que tengo que madurarlo un poco, porque es una decisión muy importante y me gusta pensármelo bien antes de decidirme.

Marta le dijo que ya era hora de volver a casa y José le dijo que iría con ella hasta el portal. En el camino Marta volvió a decirle la vergüenza que había pasado y lo mucho que le agradecía lo amable que había sido con ella. También repitió que estaba muy contenta de verle y se excusó porque apenas habían hablado de como se sentía él tras la pérdida de su mujer.

No vivían muy lejos y al volver José pensó que era bastante raro que durante tantos años nunca se hubieran encontrado por la calle, por mucho que ella hubiera ido sólo un par de veces al año.



II

Cuando José se metió en la cama aquella noche, esperó como todas las noches que María se le apareciera para charlar con ella. Era el bálsamo que le ayudaba a que la tristeza no le envolviera aún más, ya que le decía que ella estaba bien y le animaba a ir rehaciendo su vida. Pero esa noche, cuando ella se sentó en la silla que él mantenía al borde de su cama, en una posición que le permitía verle la cara mientras él se ponía en su postura favorita para entrar en calor, dejando sólo descubierta la parte de la cabeza que está por encima de la nariz, le pareció notar que por primera vez desde que se fue estaba un tanto molesta con él.

-  Hola María -le dijo como cada noche- Gracias por acercarte a mí una vez más, para hacerme un poco más llevadero el tiempo que estoy en la cama.

-  Veo que ya te estás buscando una compañía que me sustituya y, mira por donde, no podría ser otra que tu amiga Marta.

-  Ya sabes lo que ha pasado, porque ahora ves todo lo que hago y sabes todo lo que pienso, así que, para variar, te pediré que me aconsejes después de hacerte una pregunta: ¿puedes también saber lo que ella hace y piensa?
- No José, no puedo saber lo que hace y piensa, aunque sí que me lo puedo imaginar. En cuanto al consejo que me pides, ya te puedes imaginar lo que te voy a decir. Creo que le dirás que sí a su petición de ayuda, y harás bien en hacerlo porque eso es lo que tú crees que haría cualquier buen amigo.
Aunque ahora no sea el momento todavía, si que te adelantaré que, aunque tu creas otra cosa, tú le harás ese favor no a tu amiga, sino a tu antiguo amor que no me extrañaría nada que dentro de no mucho tiempo vuelva a serlo.
Ya sabes que nunca me gustó que fueras con ella y que me alegré un montón cuando te dejó plantado. La verdad yo creía que la tenías olvidada, pero en eso estaba equivocada y ahora me preocupa que te vuelva a dejar plantado cuando ya no necesite tu ayuda. Además te añado otro consejo que no me has pedido: ten mucho cuidado con la relación con sus hijas, porque ellas no te conocen y no me extrañaría que te vieran como la competencia de su padre y tomen partido por él y en contra tuya.
-  Y tú, María ¿cómo estás?
-  Ya sabes que no te puedo decir nada concreto de como estoy, sólo que estoy bien. Tendrás que tener paciencia y esperar a que llegue tu día para saber cómo es esto.
-  ¿Seguirás viniendo a verme?
-  Sí, todavía seguiré viniendo a verte durante un tiempo, el que necesites para terminar el duelo, que ya no será mucho después de este encuentro con tu amiga.
-  ¿Te parece mal que la vea?
-  No, al contrario. Te vendrá bien para recuperarte. Pero ya te podrías haber fijado en una extraña y no en la que ocupó tu corazón antes de que yo lo hiciera. Ahora duerme y descansa y procura soñar con ella o si lo prefieres, que no lo preferirás, conmigo.



III

Al día siguiente Marta y José volvieron a verse como habían quedado el día anterior. Al saludarse se dieron un par de besos en las mejillas que Marta consiguió que se acercaran a los labios sin llegar a tocarlos. Volvieron a la mesa de siempre en la cafetería habitual y en esta ocasión les sirvió el dueño, que era algo mayor que ellos pero que les reconoció, porque les saludó con un amable:
-  ¡Pero si es la pareja de tortolitos que ha vuelto! ¿Desean lo de siempre?
-  Yo sí que quiero lo de siempre, Mario, dijo Marta sonriendo.
-  Y yo también. Vaya sorpresa que nos hayas reconocido, después de tantos años.
-  ¡Pero si no se habla de otra cosa en el barrio! así que no tiene ningún mérito porque estaba sobre aviso, y además ya sabía que ayer también vinisteis.

Cuando Mario se fue a por las bebidas, José le dijo bajito a Marta que no le parecía el lugar adecuado para hablar lo que tenían pendiente y Marta asintió, así que se dedicaron a hablar de sus vidas para que Mario, que seguro que tendría la antena puesta, se enterara, y transmitiera, que no eran una pareja sino dos viejos amigos que se habían reencontrado tras muchos años sin verse.

Después de un rato se fueron y, como ya hicieran el día anterior, se dirigieron a casa de José para preparar la comida.

Marta le pidió que fuera él el que primero dijera lo que hubiera pensado y decidido, porque ella seguía muerta de vergüenza, así que José, como siempre amable y disciplinado, hizo lo que ella le había pedido.
-  Marta, como supongo que notaste ayer, yo estoy dispuesto a acogeros en casa por una temporada, pero la decisión final es tuya, o mejor dicho vuestra, así que ahora te va a tocar mojarte a ti, porque no sólo tienes que decirme si sigues adelante con la idea, sino que tendrás también que decirme las condiciones.
-  Yo también creo que puede ser una solución y la verdad es que no he pensado nada sobre las condiciones, porque en realidad no sé muy bien a que te refieres con eso.
-  Pues con las condiciones me refiero al tipo de relación que vamos a tener y también al reparto de las tareas de la casa.
-  Veo José que no me vas a dejar escabullirme, pero creo que en el fondo tienes razón. Es mejor poner las reglas de convivencia al principio para evitar roces posteriores. En cuanto al reparto de habitaciones, me parece que lo lógico es que tu mantengas las que usas, o las que usas más. El dormitorio ya sé cual es y el despacho también, así que nosotras nos repartiremos las otras dos habitaciones, supongo que mis hijas se pondrán juntas en la más grande y ya sólo falta hablar de los baños. Tú seguirás usando el de la ducha, porque es obvio que es el que usas ahora, ya que en él tienes todas las cosas, y nosotras usaremos el otro, pero si no te importa, me gustaría poder ducharme en tu baño, aunque tú siempre tendrás prioridad en él.
-  Respecto al uso de la cocina, no lo tengo claro pero si a ti te apetece me gustaría compartir contigo las comidas siempre que sea posible. Mis hijas no tengo ni idea de lo que preferirán, aunque casi seguro que sea lo que sea lo harán juntas mientras puedan.
-  En cuanto a la limpieza, lo menos que podemos hacer es encargarnos nosotras, salvo en donde tu prefieras hacerlo para mantener tu intimidad.
- Finalmente, no me queda más remedio que preguntarte que querrás a cambio de tenernos en tu casa, porque aunque oficialmente tendrás que tenernos como invitadas, si que podría pagarte lo que sea habitual aquí cuando se comparte piso.
-  Marta, no te pienso cobrar nada de alquiler. Sólo espero que no me hagáis gastar más de lo que gasto ahora en la casa, aunque mientras estés floja de ingresos tampoco quiero que os falte nada importante.
-  ¿Y algún otro tipo de compensación?
-  Perdona Marta pero no te sigo ¿a qué tipo de compensación te refieres?
-  No me hagas decirlo, porque me muero de vergüenza.
-  Sigo sin entender a que te refieres, pero seguramente eso es porque no espero ningún otro tipo de compensación.
-  Vale, como prefieras. Pero creo que saldrá antes o después. Ahora lo que falta es que conozcas a mis hijas. Si te parece puedes venir a merendar a casa esta tarde, que ellas estarán. ¿Te parece a las cinco?
-  Vale, ¿qué quieres que lleve?
-  Algo de bollería para el café, pero si te parece te paso a buscar a las cuatro y media y de camino lo compras.

Marta llamó a casa de José a las cinco menos cuarto y de camino a la casa de ella pasaron a comprar los bollos, a lo que José añadió café y también leche, porque al parecer ellas no la bebían. Cuando llegaron a la casa conoció a sus hijas: Ali, la mayor, le recibió con cara de pocos amigos, al contrario que Helga que le dedicó una amplia sonrisa y fue mucho más abierta en la charla.

Marta les contó quien era José y, sin demasiados detalles, lo que habían sido los dos a finales de los sesenta y principio de los setenta. A Helga le hacía gracia conocer al novio de juventud de su madre, del que desconocía la existencia hasta entonces, pero Ali le hablaba como si hubiera sido él el que le quitó la novia a su padre, y no al contrario. Al cabo de poco rato Ali se disculpó y se fue a su cuarto, motivo por el que José prefirió no prolongar excesivamente su visita.

Cuando se despidió, Helga le preguntó hacia donde iba y cuando supo su camino le dijo que le esperara un minuto, porque ella iba a salir también y durante un rato irían por el mismo camino.

José preguntó a Marta si le parecía adecuado que se despidiera de Ali, y ella le dijo que sí, que se acercara a su habitación y llamara a la puerta.
Así lo hizo y cuando Ali le abrió y él le dijo que venía a decirle adiós porque ya se marchaba, le respondió a su despedida correcta y amable que no esperara de ella que estuviera contenta de haberle conocido porque eso era imposible con cualquier hombre que sin ser su padre se hubiera acostado con su madre. Sus últimas palabras fueron:
-  Lo siento, pero soy así de borde y no tengo la menor intención de disimularlo.
- Yo también lo siento, respondió José mientras se daba la vuelta y se dirigió al recibidor donde Helga ya le esperaba.

Bajaron a la calle y Helga se disculpó por la dureza de su hermana y después se puso del brazo de José y siguió hablando con él, comentando las cosas que más le gustaban de Salamanca. Cuando estaban llegando al punto en que sus caminos se separaban, Helga le dijo que en la siguiente esquina cada uno seguiría su camino, que le hacía mucha ilusión conocer al que había sido el amor oculto, para ella, de su madre y que esperaba tener ocasiones para que le contara más en detalle como fue su relación. Al separarse le dio dos besos y José pensó que haría buenas migas con Helga, al contrario que con su hermana que, efectivamente le había parecido un cardo borriquero.



 IV

Aquella noche José esperó de nuevo a que María se le apareciera para charlar. Cuando llegó, a José le pareció notar que en esa ocasión la actitud de María era de sorna, y efectivamente lo corroboró cuando ella se puso a hablar.
-  Hola José, supongo que ya te habrás dado cuenta de la envolvente que te están haciendo ¿no?
- La verdad es que yo no he notado ninguna envolvente. Me ha sorprendido, eso sí, la actitud tan arisca de la hija mayor y el contraste con la simpatía y amabilidad con que me ha tratado la pequeña.
-  No seas pardillo José. Todo es puro teatro preparado por la madre y la hija mayor. En lo que si coincido es en la diferencia de Helga, que es la única que creo que se ha comportado como es en realidad.
-  María, lo siento pero una vez más necesito conocer tu opinión y también agradeceré tu consejo ¿lo harás una vez más?
-  Sí que lo haré, porque si no lo hiciera seguro que te meterías en un lío. Me parece que tu querida Marta ha encontrado en ti la víctima propiciatoria que la saque de sus apuros y que su hija mayor la secunda, pero quiere mantener las distancias contigo para hacer lo que más les interese, a ella y a su madre.
   Por el contrario Helga verá en ti al amigo o al amante de su madre, eso ya se verá, porque Marta todavía no ha enseñado la patita, y con ella te llevarás bien, así que algo bueno sacarás de todo esto.
   En cuanto al consejo, por mucho que te extrañe, creo que lo mejor es que hagas lo que el cuerpo te pida, y lo que te pide es echar una mano a la que consideras tu amiga. El tiempo nos dirá si además te vuelves a enamorar de ella o no, aunque yo creo que sí, y no creo equivocarme si te auguro que cuando se acaben sus apuros económicos, que se acabarán aunque puede que sea dentro de unos años, volverá a alejarse de ti tanto si seguís como amigos como si os hacéis pareja.
-  Y suponiendo que me volviera a enamorar de ella ¿te enfadarás conmigo?
-  No seas tonto José. Lo único que me podría hacer enfadar es que intentaras engañarme, pero como sabes que me enteraré de todo, no creo que lo intentes. Y cuando vengas a donde yo estoy, ya te darás cuenta de por qué no me importa que te eches una pareja, o incluso varias.
-  No te preocupes María, que como siempre te haré caso.
-  Querrás decir como siempre desde que estoy muerta. Bueno Romeo, te dejo que duermas tranquilo y piensa un poco en lo que te he dicho.
-  ¿Volverás a visitarme mañana?
-  Si, de momento seguiré visitándote cada noche hasta que termines de arreglar todos estos líos y luego, lo más probable es que desaparezca de tu vida.
-  Cuando lo hagas te echaré de menos.
-  Pero lo que no puedes es tener dos parejas, aunque cada una de ellas esté en el lado distinto que la otra.



V

Al día siguiente, a media mañana, Marta se presentó de nuevo en casa de José. Le preguntó que cual era su plan para ese día y él le contestó que estaba a punto de salir a comprar y luego se haría la comida, comería y se echaría un rato la siesta. Por la tarde había quedado con unos amigos del trabajo y echarían unas partidas de mus, además de arreglar por enésima vez el país y echar unas cuantas risas.

Le acompañó a la compra y José notó que quería que comieran juntos, así que él se lo puso en bandeja al preguntarle que le apetecía de primero y también de segundo. Ella aceptó sin decirlo cuando le respondió que le apetecía ensalada de pasta de primero y algo de pescado de segundo. Ya en la pescadería, le dijo que le apetecían "bocaditos de merluza" rebozados. José lo repitió tal cual al pescadero, que le miró con cara de póker cuando le dijo que quería una cola de merluza limpia y cortada para bocaditos. Marta se dio cuenta de que nadie pedía eso con esas palabras y le explicó como tenía que preparar la merluza. Debía quitar las espinas y la piel, separar los lomos y luego cortarlos primero con un corte longitudinal en dos mitades y luego varios cortes transversales de unos dos centímetros entre cada uno. Como la cola era grande, puso los bocaditos en cuatro paquetes iguales, de forma que cada paquete daba para tres o cuatro raciones cada uno.

Volvieron a casa y se pusieron a preparar la comida. La verdad es que le gustaba hacerla a medias con Marta. Iban rápido, charlaban y también de vez en cuando aprendía algo de como cocinaba ella.

Después comieron y Marta aprovechó para comentarle la conversación que había tenido con sus hijas en la cena de la noche anterior.
-  Ya sé que ayer sacarías una impresión muy distinta de mis hijas, espero que buena de Helga y me temo que mucho peor de Ali, que lleva muy mal la imposibilidad de tener contacto alguno con su padre.
Pero cuando les comenté el plan que he pensado, las cosas fueron mejor de lo que yo esperaba. No en lo que se refiere a Helga, porque yo ya sabía que le parecerá bien cualquier cosa que yo proponga, pero si Ali, que se despachó con un "no está mal que ese antiguo novio tuyo ahora se preocupe de ayudarte" aunque no pudo evitar su puya y me dijo "Mamá, ¿cuánto tardaras en compartir la cama con él de nuevo?" pregunta que evidentemente me negué a responder.
Así que, si tú continúas estando dispuesto a acogernos en tu casa, en cuanto me des luz verde pondré el piso en alquiler.
-  Me alegro de que tus hijas te secunden. La verdad es que ayer pensé que tu hija mayor no te daría ninguna facilidad y, para serte franco, debo añadir que tengo dudas de que la convivencia con ella me resulte fácil.
-  No te preocupes por eso. Deberás acostumbrarte a sus maneras, que en efecto son un tanto bruscas, pero ya verás que luego no es tan fiera como parece y no se meterá en tu vida ni contigo, siempre que respetes totalmente su independencia, cosa que no te será nada difícil porque,cuando está, apenas se nota que esté en casa y como el cuarto de baño no lo compartiréis, no habrá ningún problema.
- Pues por mi parte ya tienes la luz verde, así que ya puedes poner en marcha el alquiler y también la mudanza, al ritmo que quieras.
-  Gracias José, no sé como agradecértelo.
-  De nada Marta, sólo con ver cómo se va la tristeza de tu mirada ya estoy más que contento. Ahora vamos a recoger, si te parece, que luego me quiero echar una siestecita.
-  ¿Es una indirecta, José?
-  Una indirecta ¿de qué?
-  ¡Pues de que te acompañe en la cama! ¿de qué otra cosa podía ser?
-  No sé, para mi eres tan complicada como antes. ¿Te acuerdas de que siempre me tenías que desmenuzar todo lo que me decías si querías que me enterara? Pues me parece que te tendrás que volver a acostumbrar.
-  Sí, sí que me acuerdo de que me ponías de los nervios con tu manía de querer todo masticadito. Pero responde, ¿te apetece que me eche contigo?
-  Sí, si a ti también te apetece.
-  Pues échate que yo recojo y luego me voy contigo.

Cuando Marta terminó de recoger, fue a la habitación y se encontró con que José estaba tumbado encima de la cama pero totalmente vestido y totalmente dormido. Sólo se había quitado los zapatos, lo que era una buena muestra de que no tenía la menor intención de intentar nada con ella, cosa que agradeció y pensó que para él seguramente la muerte de su mujer estaba todavía muy reciente. También pensó que María había tenido mucha suerte de haber encontrado un hombre que la quisiera durante tanto tiempo.

Marta hizo lo mismo, se tumbó después de haberse quitado los zapatos y como era un poco friolera se acercó a José que, sin despertarse se abrazó a ella.

Quince minutos después sonó la alarma del teléfono de José, él se dio la vuelta y comprobó que estaba junto a Marta, que también se había despertado, se miraron, se sonrieron y José hizo un amago de darle un beso en los labios que Marta, con su habitual maestría desvió a la mejilla. José se dio por aludido, sin comentar nada, se levantó y se fue al baño. Tomaron un café y salieron a la calle, ella se fue a su casa contenta por haber logrado lo que quería y él se fue a jugar al mus, sin tener ni idea de los pensamientos íntimos de su amiga.    

   

VI

Cuando José volvió de la partida, cenó de forma muy ligera y se puso a pensar. Las cosas habían evolucionado muy deprisa y tenía la sensación de que María había acertado si no en todo, en casi todo. Le había sorprendido primero la forma en que Marta le había sondeado respecto a sus intenciones de relaciones íntimas, como si ella hubiera asumido un alquiler pagado con caricias que, cuando se dio cuenta de que no estaba en la cabeza de su antiguo novio, cambió a marchas forzadas a una amistad con derecho a un ligerísimo roce, tan ligero que cuando él, al despertar de la siesta intentó darle un beso en los labios, cosa que ella había insinuado desde su primer encuentro, lo desvió para marcar una distancia que en este momento estaba fijada en estar tumbados uno al lado del otro cogidos de la mano, como máximo exponente del roce admisible.

Al cabo de un rato, se fue a la cama y todavía estaba dándole vueltas a lo mismo cuando apareció María, que tras un breve saludo le dijo:
-  Supongo José que hoy finalmente me darás la razón ¿o no?
-  Hola María. Supongo que llevarás todo el día riéndote de lo que me está pasando. Tenías mucha razón, toda la razón: y si no toda, al menos casi toda, claro que en ti eso no tiene mucho mérito, y menos aún ahora, que lo conoces todo.
La verdad es que cuando he vuelto de la partida, bendita partida y benditos amigos que me han hecho olvidarme totalmente de todo este embrollo, me he sentido como una marioneta a la que Marta ha hecho bailar a su gusto de forma descarada. Ahora pienso que es una pena que su hija mayor no se negara a venir a casa, pero como no ha sido así, ni podría haberlo sido porque seguramente ya lo tenían hablado, tendré que esperar a ver cómo se desarrolla todo y a resignarme a que todo se arregle lo antes posible.
-  José, tampoco te quiero ver así. Tienes que animarte y para ello creo que deberías empezar por pensar en tu forma de llevar la convivencia con las tres mujeres que se te presentarán en casa antes de lo que crees. Creo que deberías poner algunas líneas rojas desde el primer momento para que no se te suban a las barbas.
-  ¿Qué líneas rojas crees que debo poner?
-  Las primeras son las territoriales. Por ningún motivo debes entrar tú ni en sus habitaciones ni en su baño y en justa reciprocidad, ellas no deben entrar en las tuyas, con la única excepción de Marta cuando quiera compartir la cama contigo o cuando vaya a usar tu ducha, que debe ser cuando tu no estés en el baño.
Las segundas son las de las tareas de la casa. Marta te ofreció que ellas se encargarían de la limpieza y eso debe ser así en toda la casa excepto en tu dormitorio y en tu estudio.
Finalmente, están las relaciones personales que deberás fijar antes de que entren con Marta y con su hija mayor, pero que puedes dejar que evolucionen solas con Helga. En este punto, deberás dejar bien claro a Marta que gastos afrontarás tú. Ya sé que serán todos los de la casa, pero te recomiendo que hagas tú la compra y que ellas tengan que pagarse sus caprichos, si es que los tienen. Y tampoco estaría mal que hablaras con ella de vuestra intimidad.
-  ¿Tan interesadas crees que son?
-  Quitando siempre a Helga, que parece de otra familia, sí, sin ninguna duda; y no es que lo crea, es que lo sé a ciencia cierta. Ya verás que poco tardan en beber leche y cómo te irán sugiriendo las cosas que les gustan y las que no. No me extrañaría que de vez en cuando intentaran que dejes de comprar algo que te guste a ti y no a ellas, o incluso que les resulte indiferente.
-  ¡Pues sí que me lo pones enrevesado! pero no te preocupes que haré lo que me dices.
-  Y mañana, en cuanto hayas desayunado, ya puedes dejar vacías las habitaciones de ellas y su baño. Sólo tiene que quedar la ropa blanca y las toallas, jabones y similares. No tardes, o te pillará el toro y te harán currar en la mudanza.



VII

A la mañana siguiente José se afanó en llevar a cabo todas las tareas que María le había indicado. No le resultó complicado, porque la casa estaba bien provista de armarios y el trastero estaba prácticamente vacío. Se preparó una ensalada y un poco de atún a la plancha para comer y se echó la siesta porque no había parado en toda la mañana. A las cinco sonó la puerta y aparecieron las tres con los primeros paquetes de sus cosas.
-  Hola José -saludó Marta mandándole un beso a través del aire- No te lo vas a creer, pero ya he alquilado el piso y quieren entrar mañana, así que nos hemos puesto manos a la obra.
-  ¡Adelante chicas! respondió José con el tono más jovial que pudo. De momento dejad las cosas aquí que mientras nos tomamos un café os explicaré las normas de la casa:
La distribución de las habitaciones será la siguiente: yo seguiré en la que venía usando y mi baño será el que tiene la ducha, también seguiré usando mi despacho para mis cosas. Vosotras os repartiréis las otras dos habitaciones como queráis y el segundo baño será el vuestro. En ellas encontraréis la ropa de cama y en el baño las toallas. Toda esa ropa y la vuestra propia la podéis repartir como queráis en vuestras habitaciones.
Os aviso de que soy muy celoso de mi independencia y de mi intimidad, motivo por el que no podéis entrar en mis dominios, excepto Marta que podrá entrar en mi habitación cuando lo desee, siempre que yo esté en ella y en mi baño para ducharse, siempre que yo no esté en él. En justa correspondencia yo no entraré nunca en vuestras habitaciones ni en vuestro baño, salvo en presencia de quien me lo haya pedido para hacer alguna reparación que eventualmente pueda ser necesaria.
El resto de la casa es de uso común y espero que todos estemos en esas zonas con el cuidado razonable para no molestar a los demás.
En cuanto a los gastos, yo me haré cargo de todos los gastos de los servicios y materiales de limpieza de la casa. En lo que se refiere a la alimentación, yo haré la compra en cantidad suficiente para los cuatro. Correrán de vuestra cuenta vuestra ropa, los elementos de aseo y belleza que queráis añadir a los que yo ponga, vuestros móviles y en general todos los gastos personales que tengáis.
Finalmente, en lo que se refiere a la limpieza, vuestra madre ya os habrá comentado que ella se ofreció a que os encargarais vosotras de hacerla. Sin embargo, mi habitación y mi despacho los limpiaré yo y en cuanto a mi baño será vuestra madre quien lo haga. Cada uno se encargará del lavado, secado y planchado de su ropa.
Si tenéis alguna duda o pregunta, ahora es el mejor momento para exponerlo.
-  Casi no hacía falta que lo dijeras José, porque tú y yo ya lo habíamos hablado y yo se lo había transmitido a ellas -contestó Marta con una cara que mostraba un atisbo de sorpresa molesta-.
-  Yo sí que tengo algunos comentarios que hacer -dijo Ali- ¿Tendremos llaves todas? ¿Hay que cumplir algún horario? ¿Podemos traer amigos? ¿No te parece un poco machista que tú solo limpies tu dormitorio y tu despacho?
-  Sí, claro, cada uno tendrá su juego de llaves. No hay horarios especiales que cumplir, aunque sí que hay que respetar el descanso nocturno y, si ocurriera, el descanso de los enfermos. No, no podéis traer amigos, aunque habrá flexibilidad si se avisa con tiempo suficiente y en cuanto a la última pregunta, creo que es tu madre la que debe responderla.
-  Ali, cariño. Lo de la limpieza fue idea mía y cuando lo dije mi oferta se extendía también a sus habitaciones. No se trata de machismo o no, sino de equilibrar un poco lo que cada uno aporta.
-  Pues Mamá, lo siento mucho pero creo que te precipitaste al hacer esa oferta, y él también al aceptarla aunque fuera con esa pequeña modificación. La verdad es que no sé si me interesa estar en esta casa en esas condiciones.
-  Alicia, yo también siento que no te gusten esas condiciones pero, por fortuna, eres libre de elegir: Nadie está obligado a permanecer en esta casa si no lo desea y tú, como el resto, puedes tomar la decisión que prefieras.
-  Lo malo es que por ahora no me queda más remedio que aceptar. Y no sé por qué me llamas Alicia sabiendo que todos me llaman Ali.
-  Pues acepta las condiciones si es lo que prefieres, y después te pones a buscar una alternativa mejor y cuando la encuentres, te cambias y todos contentos. En cuanto a tu nombre, usaré el oficial completo para que recuerdes que la distancia en el trato la pusiste tu primero, cuando me dijiste lo que me dijiste, sin ningún motivo, cuando me iba de tu casa el día que nos conocimos.
Si no hay más dudas y cuestiones generales, ya os podéis poner a colocar vuestras cosas en vuestras habitaciones y baño, y cuando queráis y al ritmo que queráis vais trayendo el resto. Aquí tenéis vuestra copia de las llaves y en lo que se refiere a la relación bilateral con cada una de vosotras, lo podemos hablar en privado cuando queráis.

Las tres mujeres se pusieron a ordenar lo que habían traído y cuando acabaron las dos hermanas se fueron a continuar la mudanza y Marta se quedó un rato más, porque quería hablar con José.
-  José, perdona que hayamos venido sin avisar, pero todo ha ido demasiado rápido y no he tenido tiempo. Ya sé que Ali no se portó bien contigo, pero me temo que has sido un poco brusco con ella y no sé cómo reaccionará. Ya veo que has preparado todo, como si supieras que íbamos a venir tan rápido, y me pregunto si lo último que me has dicho también iba por mí.
-  No te preocupes por nada, excepto por la relación con Alicia que espero que mejore rápido. Sí, creo que es mejor que hablemos de nuestra relación ahora que dejarlo para dentro de unos días, porque no me gustaría que surgiera algún roce por algún malentendido.
   Creo que lo mejor es que cada uno digamos al otro como deseamos que sea nuestra relación y que después pongamos en común el mayor número de cosas posible. Si quieres empiezo yo, pero si lo prefieres puedes empezar tú.
-  Prefiero que empieces tú, si no te importa. Ya sé que pensarás que tengo mucho morro, porque he sido yo la que he venido a invadir tu casa con mis hijas, pero de verdad me da mucha vergüenza plantearte mis propuestas sin que tú lo hayas hecho antes.
-  Ya me lo imaginaba, así que por eso me he ofrecido a empezar. Marta, ya sabes que estuve enamorado de ti cuando éramos casi unos adolescentes y también sabes ahora que el afecto de amistad ha permanecido muy fuerte y por eso me he metido en este berenjenal. Me gustaría que esta aventura que ahora empezamos termine con unos lazos entre tú y yo al menos tan fuertes como los que teníamos antes de enamorarnos.
   Por eso es importante que fijemos los límites de nuestra relación, para que no haya equívocos, pero eso sí, dejando la suficiente flexibilidad para poder modificarlos en el futuro si resulta conveniente.
   Te pondré un ejemplo de lo que me gustaría evitar. Un ejemplo que nos ha pasado y que recordarás bien por lo reciente y, a la vez, que tiene tan poca importancia que no dejará ningún resquemor:
   El día que nos vimos por primera vez, al verte yo fui a darte un abrazo y un par de besos en las mejillas y así lo hice. Tu abrazo fue el más cariñoso que he recibido en mucho tiempo y me dio la impresión de que quisiste acercar los besos a los labios tanto como fuera posible. Ayer, cuando me desperté de la siesta y nos miramos y nos reímos, yo intenté darte un beso en los labios y tú me apartaste para que fuera en la mejilla.
   No tengo nada que reprochar en ninguno de los casos, pero la verdad es que en la segunda ocasión me quedé un poco cortado: ¿puedo darte besos en los labios o no puedo dártelos? ya sé que habrá un periodo de aprendizaje, pero para mí sería mejor y más fácil tener unas cuantas pautas previas.
   Así que mi propuesta es muy sencilla: me gustaría que fuéramos amigos con derecho a roce, siendo tú la encargada de poner los límites al roce admisible. Por eso he puesto ese límite a la entrada en los dormitorios y yo no entraré en el tuyo, pero tú podrás entrar en el mío cuando te apetezca estar conmigo, o también cuando quieras hablar conmigo de algo de forma discreta.
-  José, siento mucho que te hayas sentido desconcertado con los besos y la verdad es que tienes razón. No sé por qué aparté los labios ayer, porque a mí también me gustaría que nos besemos en los labios, incluso en presencia de mis hijas, así que eso no volverá a ocurrir.
   Pensarás, y con razón, que irán saliendo otros problemas similares cuando vayas avanzando en la intensidad de las caricias que te gustaría hacer o recibir y tenemos que buscar el sistema que, en mi opinión, no puede ser otro que el tener los dos la libertad de ir ampliando un poco la intensidad de las caricias y que el sorprendido tenga tres opciones, aceptar, mejor si lo hace diciéndolo, decir ahora no pero en otra ocasión sí, y rechazar. En los dos últimos casos el que retrase o rechace, deberá explicar al otro con el mayor detalle los motivos que le impulsan a hacerlo.
   Comparto plenamente contigo el objetivo de la fuerte amistad. Ahora me iré para traer más cosas, pero antes me gustaría que me dedicaras unos minutos para que repitamos, aunque con otro final sin equívocos, la escena de ayer al sonar la hora del fin de la siesta. ¿Te apetece a ti?

Los dos se fueron a la habitación y volvieron a salir un cuarto de hora más tarde, después de haber desecho todos los equívocos y de haber añadido al grupo de caricias permitidas el beso en la boca y las caricias en los senos.

Poco antes de la hora de la comida, volvieron a aparecer las tres con otro cargamento de enseres y cuando se dieron cuenta de que José había preparado la comida para los cuatro, ellas se pusieron contentas. Era una comida sencilla que podía gustar a todos y como ellas estaban cansadas agradecieron que se lo dieran todo hecho. La conversación se centró en la mudanza y José se enteró de que esa noche ya dormirían allí, porque solo faltaba un tercer viaje de ropa y por la tarde Marta había quedado con los inquilinos para firmar el contrato, cobrar y darles las llaves.

Por la tarde, cuando Marta se fue al piso para cerrar el alquiler, sus hijas se quedaron ordenando y, poco después Helga dijo que se iba a dar una vuelta, porque había quedado. Una vez que hubo marchado, José preguntó a Alicia si podían hablar un momento.
-  ¿De qué quieres que hablemos ahora que estamos solos?
-  Me gustaría hablar de la relación bilateral que tendremos tú y yo mientras vivas aquí. Sé que el inicio no ha sido nada bueno y por eso creo que lo mejor es aclarar ahora las cosas y poner las bases para que la convivencia sea lo más agradable posible.
-  No me parece mala idea y como antes tú has puesto las normas, cosa que como te puedes imaginar no me ha gustado nada, ahora me gustaría a mí decir lo que pienso y, también, poner mis propias normas.
Ya sabes que no me gusta nada que mi madre se vea obligada a vivir en la casa del que fue su novio, pero que ahora para ella es un completo desconocido, en vez de vivir con mi padre como a ella le gustaría, y si no te lo crees pregúntaselo a ella.
Tampoco me gusta nada que mi hermana y yo tengamos que vivir contigo, pero como sabes de momento no nos queda otra alternativa. Y si piensas que soy una desagradecida por tener una impresión tan mala de la única persona que mi madre ha encontrado en esta ciudad, que tampoco me gusta nada, que estuviera dispuesta a echarle una mano, te diré que no creo que tenga nada que agradecer, ya que si lo haces será por algo y no me creo que ese algo sea el afecto que queda después de tantos años sin saber nada el uno del otro, porque ese afecto para mí ya no puede existir. Ya iras viendo que no tengo un pelo de tonta y más pronto que tarde averiguaré el motivo, aunque ya te adelanto que el primer motivo que se me ocurre es que quieres tener a mi madre en tu cama para sustituir a la mujer que se te ha muerto recientemente. Todos los hombres sois iguales y tú no eres ninguna excepción.
En consecuencia, procuraré que nuestra estancia aquí sea lo más breve posible y puedes estar seguro de que no consentiré que mi madre vaya a tu habitación por ningún motivo y como se te ocurra ir tú a la suya llamaré a la policía para denunciarte.
   Cuando acabemos esta conversación, no deseo que me vuelvas a dirigir la palabra, ni siquiera para dar los buenos días y si tienes que decirme algo, hazlo a través de mi madre.
   ¿No tienes nada que añadir?
-  No -respondió José- no tengo nada que añadir.
-  Pues ya estás avisado de cómo serán las cosas y ahora me voy por ahí. No me esperes para cenar, ni para ninguna otra comida, porque no pienso compartir nada contigo.

Dicho ésto cogió su bolso y una rebeca y se fue, mientras José le decía adiós con la mano. Al cabo de un rato volvió Marta y José le contó lo ocurrido con su hija. Ella se disculpó y le pidió un poco de tiempo para arreglarlo, pero José le dijo que en esas condiciones Alicia no podía quedarse ni un día más en la casa y que si antes de terminar el próximo desayuno no se retractaba de lo dicho, debería coger sus cosas e irse, porque no era de recibo ese trato.

Marta intentó suavizar las cosas pero no tuvo éxito y, además, tuvo que responder a la pregunta de si ella deseaba, o no, vivir con él y de si para ella él no era más que un tonto útil que les proporcionara vivienda y algo más de bienestar. Uso todas sus armas de mujer sin demasiado éxito y por un instante le pareció que su castillo de naipes se venía abajo. Decidió preparar la cena y le pidió permiso a José para pasar la noche en su cama, aunque sin hacer ninguna caricia. José aceptó porque no quería perderse la reacción de Alicia cuando volviera.   



VIII

Cuando José se metió en la cama, Marta ya estaba dentro, pero se había puesto un pijama monjil, que no dejaba lugar a dudas. Además, ya se había dormido y cuando se quiso dar cuenta María estaba allí sonriendo, aunque un poco burlona:
-  ¡Qué poco has tardado eh!
-  Como siempre, tenías razón. No me he dado ni cuenta y ya está en mi cama. ¿También han planeado eso?
-  Pronto lo sabrás, pero tienes que tener paciencia porque si te lo descubrieran ahora, se podría estropear todo el plan. Además, hay algo que ellas no saben. Esta es mi última visita. Ya has terminado la parte dura del duelo y tienes alguien que te alegrará la vida durante una temporada. Nos veremos cuando vengas aquí y entonces lo entenderás todo. Mientras tanto, procura ser tan feliz como puedas. Adiós querido José, no tengas prisa en volver a verme.
-  Pero a mí me gustaría verte de vez en cuando, aunque fuera muy de vez en cuando.
-  Lo siento, no es posible. No insistas por favor.

Y mientras decía estas palabras, se esfumó como por encanto.



IX

José se despertó al escuchar que Marta le decía que el desayuno ya estaba preparado y todo el mundo estaba en la mesa, menos él. Pero en la mesa sólo había tres cubiertos y Alicia no estaba. Preguntó por ella, imaginando que estaba poniendo en práctica lo que había anunciado, pero la explicación de su madre era distinta.

Alicia no había dormido allí, ni lo haría en el futuro. Le había salido un trabajo en Valladolid y empezaba aquel mismo día, así que había marchado el día anterior y no sabía cuando tendría noticias suyas.

José notó que no era el único sorprendido, porque Helga también lo estaba y añadió un poco más de misterio al comentar:
-  ¡Entonces, al final sí que la eligieron para aquel puesto en que creía tener muchas posibilidades hasta que le dijeron que no!
-  Pues sí hija, eso parece. Pero mejor hablemos de otra cosa, ¿vale?
- Como prefieras Mamá -respondió Helga-

Pero José pensó que algo no cuadraba, porque no había visto a Alicia recoger sus cosas y si lo hubiera hecho el día antes, Helga lo sabría, así que pensó que Alicia en realidad no había llevado sus cosas a su casa y todo lo que ellos dos hablaron fue una actuación teatral perfectamente orquestada entre ella y su madre, incluido el pijama monjil de la noche anterior que, además, le había privado antes de tiempo de las visitas de María.

De todas maneras, se alegró porque la vida sería mucho más sencilla sin Alicia y, efectivamente así fue.

Helga encontró trabajo en Salamanca al cabo de un par de meses y continuó viviendo con su madre y con José durante casi un año más, hasta que decidió independizarse como correspondía a una mujer de su edad y con trabajo estable.

La relación entre José y Marta fue una relación de pareja, pero un tanto despegada. Cada uno tenía su habitación y se dedicaba a sus cosas. Una vez a la semana iban juntos al cine y cuando volvían, Marta se metía en la cama de José. José se dio cuenta un día de que volvía a estar enamorado de Marta, pero no se atrevió a decírselo porque no estaba nada seguro de que ella le correspondiera. Ella le trataba bien siempre, pero cuando salían temas de su intimidad o de sus sentimientos, a José le daba la impresión de que ella hablaba algo forzada, como si se sintiera obligada a hacerlo como contrapartida a que él la tuviera en su casa.

Dos años más tarde, sucedió algo que le aclaró la situación definitivamente. Una tarde Helga, que les visitaba de vez en cuando y seguía manteniendo una relación muy buena con José, se presentó llorando. José estaba sólo y ella le dijo que acababa de enterarse de la muerte de su padre en accidente de tráfico.

Al cabo de un par de semanas, Marta viajó a Alemania y cuando volvió le dijo a José que tenían que hablar:
-  José -le dijo- me temo que de nuevo te voy a dar un disgusto, pero la vida es así.
 Mi marido ha muerto de accidente, y no hay ninguna duda de que ha sido un accidente por las circunstancias que lo han rodeado pero, por suerte, nunca le habían podido procesar por nada. Además, apenas tenía ninguna propiedad en Alemania, de manera que la herencia allí es marginal.
Sin embargo su herencia en otro país, en el que los dos somos residentes, es bastante cuantiosa y ya podré volver a vivir como a mí me gusta el resto de mis días. Yo en realidad no estoy como residente en España, y por eso debía mantener mi piso alquilado y procurar que los movimientos de mi cuenta en España fueran los lógicos en esa situación.
Te agradezco que me hayas acogido como lo has hecho y que me hayas tratado con tanto afecto. A mi edad se agradece que alguien se enamore de ti y te trate como tú lo has hecho, pero lamentablemente en este caso no ha habido reciprocidad, así que cogeré mis cosas, la mayoría para tirarlas, y me iré. Lo más probable es que no volvamos a vernos, al menos yo así lo espero, porque si ocurriera sería porque otra vez necesitaría tu ayuda y no sé si tú querrías dármela de nuevo. Si te sientes estafado económicamente, pásame, a través de Helga, la factura de lo que te has gastado con nosotras. Helga seguirá por aquí, al menos de momento, y me imagino que te visitará alguna vez. Ella sí que te aprecia. En cuanto a Ali, todavía se ríe de cómo te tomó el pelo en vuestros breves encuentros. Prefiero no decirte la opinión que tiene de ti, porque no quiero herirte, ya que siempre te has portado como la buena persona que eres.
Y no pongas esa cara de pasmarote, ¿De verdad has pensado todo este tiempo que nuestra relación era fruto del afecto mutuo? ¿Sí? ¿Cómo puedes ser tan inocente a tu edad? No, para mí sólo ha sido una relación mercantil. Yo te he pagado con compañía todos los servicios que tú me has prestado y aunque habría estado dispuesta a pagar un precio bastante mayor, ahora, que ya no los necesito, simplemente te digo adiós con una sonrisa.

Adiós José. Hiciste bien casándote con María, ella sí que te quería.

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