I
José volvió a mirar su
correo electrónico después de más de un mes sin hacerlo. Tenía un montón de
correos, de los que la mayoría deberían haber ido a la carpeta de spam, y los
iba eliminando por páginas enteras, sin dedicarles más allá de una ligerísima
ojeada al título.
Tenía un montón de correos
de facebook que le indicaban el incremento constante del número de
comunicaciones y, cuando terminó con la limpieza de mensajes no leídos, de los
que solo leyó cuatro o cinco sin que ninguno tuviera el menor interés para él,
decidió abrir su cuenta de facebook para hacer lo propio.
El resultado no fue muy
distinto, ya que la mayoría eran cosas que sus contactos habían ido colgando en
sus respectivos muros, pero que a él, en su situación actual, no le decían
nada. Sin embargo se encontró una solicitud de amistad que sí que le interesó,
y mucho, ya que era nada menos que de Marta, su amor de juventud que se había
ido a vivir a Alemania pocos meses después de cortar con él. Y el corazón le
dio un vuelco.
Leyó el mensaje, muy
cortito y desprendiendo algo de temor por la posible negativa a querer retomar
el contacto:
- Hola José. Soy Marta, nos conocimos en
Santander, en la playa de los bikinis. ¿Te acuerdas? han pasado muchos
años.....
José estaba seguro de que
Marta, su primer gran amor, no tenía ni idea de lo que le estaba pasando en
aquellos momentos y, al cabo de unas horas le respondió:
- Hola Marta. Me has dado una gran alegría con
tu mensaje. ¡Claro que me acuerdo! Es cierto que han pasado muchos años, pero
mi relación contigo fue tan especial que ha quedado para siempre entre mis
mejores recuerdos.
En los días siguientes se
siguieron mandando algunos mensajes más y cuando José creyó que estaba claro
que los dos tenían ganas de verse, le sugirió a Marta, tras asegurarse de que
ella también estaba en Salamanca, que se vieran para charlar mientras tomaban
un café.
El encuentro fue muy
agradable y también emotivo. Se dieron un gran abrazo, unos cuantos besos en
las mejillas y después se sentaron a hablar mientras tomaban un café en la
misma cafetería en que solían pasar las tardes de los sábados de la larga
temporada en que apetecía más estar en un local calentito cuando eran una
pareja de jóvenes enamorados.
José no quiso dejar pasar
más tiempo sin decirle a Marta que María, que también había formado parte de su
panda cuando eran jóvenes, había muerto hacía un mes víctima de un cáncer.
Ella, como José se había imaginado, no sabía nada porque todavía no había
retomado el contacto tras su vuelta de Alemania hacía un par de semanas.
Se contaron su vida y José
tuvo la sensación de que para Marta no era nada nuevo lo que él le contaba,
aunque sí que le eran desconocidos los detalles de su historia. Él, por el
contrario, no tenía ni idea de cómo había sido la vida de Marta, porque la
última noticia que tuvo de ella, a las pocas semanas de que ella le dejara
plantado en octubre de 1973, fue que se había ido a Alemania a vivir con el
chico alemán que había conocido en la playa de los bikinis el verano que él
había hecho el segundo campamento de las milicias universitarias en el ya
lejano año de 1973. Después había oído que tenía dos hijas, de las que él ni
siquiera sabía el nombre, y nunca más tuvo la menor noticia de ella.
Marta intentó disculparse
por la forma abrupta en que entonces cortó su relación con él, pero José le
dijo que no se preocupara, porque ella había elegido a quien había sido su
pareja durante cuatro décadas y él había encontrado el amor junto a María, con
la que había vivido una historia maravillosa hasta que el cáncer se la
arrebató.
Según avanzaba la
conversación, José creyó adivinar una profunda tristeza en Marta que le pareció
que debía tener un origen distinto a la también reciente separación de su
marido. Cuando ya llevaban unas tres horas hablando y se acercaba la hora de la
cena, José decidió preguntárselo tras cogerle la mano de forma cariñosa:
- Marta, ojalá me equivoque, pero tengo la
sensación de que estás triste, muy triste ¿puedo preguntarte si te ocurre algo?
- Si José, es cierto que estoy muy triste, pero
no creo que sea razonable que te cuente mis penas cuando tú estás pasando por
lo que estás pasando. Lo lógico sería que yo te consolara a ti y en vez de eso,
lo único que he hecho es que tú te des cuenta de que yo también estoy apenada.
- Pues si eso es así, quizás sería una buena
idea que dos viejos amigos se consuelen mutuamente. Sólo tenemos que evitar que
las dos penas se sumen y conseguir que el consuelo de cada uno reduzca la pena
del otro. ¿Te parece bien que vayamos a mi casa a cenar? Yo tengo costumbre de
cenar a las ocho y ya casi es esa hora. Si te parece bien, me puedes ir
contando lo que quieras de lo que te preocupa y ojalá sea yo capaz de ayudarte
a moderar tu preocupación.
- No sé si está bien que vaya a tu casa la misma
tarde en que nos volvemos a ver después de cuarenta años ¿qué dirá la gente?
- No me digas que a estas alturas de la vida te
preocupa el qué dirán. Si ese es el motivo, no creo que sea razón para que no
vengas, pero si lo que ocurre es que necesitas más tiempo para estar segura de
que me puedes contar lo que te ocurre, entonces será mejor que te acompañe a tu
casa y en el camino ya me dirás si quieres que nos volvamos a ver y si es así
cuando quieres que nos veamos.
- La verdad es que lo que me da apuro es
contarte lo que me pasa y me parece que cuando lo sepas lo entenderás. De todas
maneras, en estos momentos no tengo en Salamanca a nadie con quien compartirlo,
excepto a mis hijas, claro, que ya saben todos los detalles de mi preocupación.
- ¿Debo entender que eso significa que te
atreves a contármelo mientras cenamos?
- No sé si es buena idea, pero me voy a
arriesgar. Sólo te pido que si cuando lo sepas no te gusta que te lo haya
contado, no se lo digas nunca a nadie, porque me moriría de vergüenza.
- ¡No será para tanto Marta! Entonces vamos
hacia mi casa, que sigue siendo la misma que ya conoces.
Fueron caminando, por el
mismo camino que tantas veces habían hecho años antes y lo hicieron de la mano,
mientras los dos pensaban, cada uno por su lado, que esa era una buena manera
de transmitirse el consuelo que ambos necesitaban.
Prepararon la cena a
medias, como hacían cuando eran una pareja y tenían una de las casas de sus
padres a su disposición. Antes de cenar, Marta le pidió permiso para dar una
vuelta por la casa y pensó que no parecía la misma, aunque la distribución era
idéntica. Pero sólo habían cambiado la cocina, eso ya lo notó nada más llegar, y
los dos baños de los que sólo uno conservaba la bañera y en el otro había una
gran ducha. Las habitaciones no parecían haber tenido más modificación que la
pintura y el alumbrado, ahora con leds y mucha más luminosidad, y la que había
sido el dormitorio de José, la más pequeña de las tres, ahora era la habitación
de trabajo y, suponía, que también de lectura y audición de música. Los muebles
también eran otros y, en su conjunto, le parecía otra casa más acogedora que la
que conoció en su juventud. A cambio le faltaba la alegría que José y sus
hermanas proporcionaban en aquella época, aunque eso podía ser consecuencia de
las circunstancias recientes y de que ya sólo la ocupara José.
Mientras cenaban, José le
pidió a Marta que le contara el motivo, o los motivos, de su tristeza y ella
empezó por darle una idea general de su situación:
- No sé si te va a aburrir mi historia y,
además, estoy segura de que pensarás que he sido una tonta buena parte de mi
vida, así que te haré un resumen breve y luego, si sigues interesado, te
contaré más detalles.
Cuando
me fui a Alemania, a primeros de 1973, me fui a vivir con Michael, el joven
alemán que había conocido el verano anterior en Santander, del que me enamoré
perdidamente. Era algo mayor que nosotros, cuatro años y, por ese motivo, ya
estaba independizado; cuando me propuso que me fuera a vivir con él, no me lo
pensé dos veces porque el irme a Alemania supondría conseguir la libertad que
aquí no tenía, tanto por el ambiente de casa, dada la forma de pensar y actuar
de mis padres, como por la situación política del país.
Tenía
mis reservas y también mis miedos, porque era un país nuevo y muy diferente,
con una lengua que no conocía en absoluto y me iba a vivir como pareja de una
persona con la que sólo me podía comunicar con mi inglés de andar por casa, que
dicho sea de paso no era mucho peor que el suyo.
Pero
me fue bien, tanto desde el punto de vista sentimental como en la adaptación al
nuevo país. Michael se empeñó en que mi primer trabajo fuera aprender alemán, y
efectivamente durante dos años le dediqué unas cinco horas diarias, al margen
de la lógica inmersión del resto del día. Una vez alcanzado un nivel suficiente,
según el criterio de los alemanes que no era muy flexible que digamos, no me
costó nada trabajar de enfermera y, al margen del frío del invierno y de la
rigidez de algunas de las costumbres alemanas, me adapté bastante bien.
A
los cuatro años me quedé embarazada de Ali, Alicia, que nació en 1979 y tres
años más tarde nació Helga. Mientras las niñas eran pequeñas seguí trabajando
parcialmente, 20 horas a la semana, aunque económicamente no lo necesitaba
porque Michael ganaba bastante dinero.
La
vida transcurría tranquilamente y las niñas se hicieron mayores y se
independizaron. Por razones que no he llegado a entender prefirieron no casarse,
aunque cada una de ellas ha tenido algunas relaciones que a mí me parecieron
sólidas, ya que llegaron a vivir con su pareja varios años en buena armonía,
pero ninguna cuajó.
Pero
hace unos seis meses todo cambió de repente un día que Michael me dijo que
teníamos que hablar muy seriamente, porque había un problema muy grande. En
resumen me dijo que lo mejor que podía hacer era jubilarme, aunque eso ya lo
tenía yo previsto, separarme de él y volverme a España con mis hijas y sin
tener el menor contacto con él. Yo pensé que quería irse con otra pero, al parecer,
no era ese el motivo, sino que se había metido en problemas legales bastante
serios que casi con certeza le llevarían a la cárcel por unos cuantos años y su
abogado le había recomendado, si quería evitar que el asunto nos salpicara a
nosotras, que hiciéramos lo que él me acababa de decir, ya que él había usado
nuestros nombres para usarnos de tapadera en no pocas de las actuaciones
ilegales que había hecho.
Por
fortuna siempre tuvimos las cuentas separadas, pero para evitar problemas
debíamos simular que yo me había separado sin decirle a nadie por qué, de forma
que en su día pudiera decir que me había parecido descubrir alguna
irregularidad por su parte y que había decidido no volver a verle.
Hablé
con mis hijas y ellas pensaron que si yo me venía a España, ellas también lo
harían porque estaban en una situación parecida a la mía, y preparamos la
venida como Michael, o más bien su abogado, nos indicó.
Como no deberíamos
recibir ni un euro suyo, el fue reuniendo el efectivo que pudo, que fue el que
nos trajimos entre las tres en el viaje habitual de verano y a nuestra marcha
definitiva. Ese dinero, que tampoco era tanto, es el colchón de que dispongo
ahora y mis únicos ingresos son los de la pensión de jubilación que, para que
te hagas una idea, te diré que es de unos mil euros netos al mes.
Tengo
la casa de mis padres, que la tenía alquilada pero que se quedó vacía hace tres
meses y ahora vivimos allí, pero la verdad es que la pensión nos permite pagar
los gastos fijos y con lo poco que queda, no nos queda ni para comer. De mi
marido no sé nada, ni lo sabré en mucho tiempo, aunque me dijo que cuando todo
el proceso termine recibiré indirectamente las noticias de lo que haya pasado y
de en qué medida estamos afectadas nosotras o no.
La
verdad es que estoy muy preocupada, aunque me imagino que antes o después mis
hijas encontrarán trabajo y se terminarán los problemas económicos. Nunca en mi
vida me había tenido que enfrentar a un problema económico y, la verdad, es que
no sé qué hacer. Además, te puedes imaginar la cara de tonta que se me ha
quedado al saber que Michael es en realidad un delincuente y que toda la vida
he estado viviendo, en una grandísima parte, de lo que el obtenía ilegalmente.
- Marta, lo que me acabas de contar es muy grave
pero lo que no acabo de entender es por qué tienes esa enorme preocupación por
tu economía. Tienes tu casa y tu pensión y con el colchón que tienes puedes ir
tirando hasta que tus hijas encuentren trabajo, así que no veo por ningún lado
el enorme problema, que para mí se limita a tener que apretarte el cinturón
mientras ellas buscan trabajo.
- No creas que lo que me preocupa es apretarme
el cinturón, ya lo llevo haciendo desde que Michael me contó todo y es aún más
fácil aquí porque mis amigas de Alemania ya no se extrañarán del cambio de
nivel de vida que he tenido que dar, porque no lo verán. El problema es que es
muy probable que la policía me investigue aquí y si eso ocurre, es muy
importante que mis ingresos permitan afrontar los gastos de mis hijas y míos y,
la verdad es que nadie se creerá que podemos pasar con mil euros al mes aunque
no nos gastemos ni un euro en ropa ni en otras cuestiones no imprescindibles a
corto plazo.
- ¿Has pensado en alguna solución?
- Sí, al encontrarte y ver que todavía me
aprecias, creo que eres la única persona que podría ayudarme. Lo he pensado
esta tarde, al saber que ahora estás solo, pero me da una enorme vergüenza
pedírtelo, porque me temo que pienses que sólo me acerco a ti ahora que
necesito ayuda, y no te lo podré echar en cara teniendo en cuenta como te dejé
cuando decidí irme con Michael.
- Pero Marta, ¿qué solución has imaginado?
- Una que seguramente es una tontería. He
pensado que quizás podrías ser tan amable de acogernos en tu casa unos meses,
el tiempo necesario para que mis hijas encuentren trabajo y entonces yo podría
alquilar mi piso y al sumar el alquiler a mi pensión ya podría justificar los
ingresos, si es que la policía los investiga.
- ¿Y que pegas ves tú a esa solución?
- La primera es que lo más probable es que a ti
no te guste la idea y la segunda es que no sé qué pensarán mis hijas, porque
ellas no saben nada de nuestra antigua relación amorosa y me temo que no se
creerán que me ayudes sin pedir nada a cambio.
- A mí, en principio, la idea no me parece
descabellada, aunque me gustaría estar más seguro de cuáles son tus
sentimientos respecto a mí. En cuanto a tus hijas, me parece que poco puedo
decir, ya que no las he visto nunca y prácticamente lo único que sé de ellas es
su nombre.
- La verdad es que yo tampoco tengo muy claro
cuáles son mis sentimientos hacia ti. Lo que sí puedo asegurarte es que esta
tarde he estado muy a gusto contigo y que he tenido la sensación de que el
tiempo no había pasado porque me encontraba como cuando éramos amigos, antes de
que fuéramos pareja. En cuanto a mis hijas, si llegaras a la conclusión de que
quieres y puedes ayudarme, creo que lo mejor es que pasáramos los cuatro juntos
una tarde, para que te conozcan, y después yo hablaría con ellas. Pero no
quiero que me des ahora tu respuesta, salvo que tengas muy claro que es que no.
Preferiría que lo medites y si quieres nos podemos ver mañana y seguimos
hablando. Yo también creo que tengo que madurarlo un poco, porque es una
decisión muy importante y me gusta pensármelo bien antes de decidirme.
Marta le dijo que ya era
hora de volver a casa y José le dijo que iría con ella hasta el portal. En el
camino Marta volvió a decirle la vergüenza que había pasado y lo mucho que le
agradecía lo amable que había sido con ella. También repitió que estaba muy
contenta de verle y se excusó porque apenas habían hablado de como se sentía él
tras la pérdida de su mujer.
No vivían muy lejos y al
volver José pensó que era bastante raro que durante tantos años nunca se
hubieran encontrado por la calle, por mucho que ella hubiera ido sólo un par de
veces al año.
II
Cuando José se metió en la
cama aquella noche, esperó como todas las noches que María se le apareciera
para charlar con ella. Era el bálsamo que le ayudaba a que la tristeza no le
envolviera aún más, ya que le decía que ella estaba bien y le animaba a ir
rehaciendo su vida. Pero esa noche, cuando ella se sentó en la silla que él
mantenía al borde de su cama, en una posición que le permitía verle la cara
mientras él se ponía en su postura favorita para entrar en calor, dejando sólo
descubierta la parte de la cabeza que está por encima de la nariz, le pareció
notar que por primera vez desde que se fue estaba un tanto molesta con él.
- Hola María -le dijo como cada noche- Gracias
por acercarte a mí una vez más, para hacerme un poco más llevadero el tiempo
que estoy en la cama.
- Veo que ya te estás buscando una compañía que
me sustituya y, mira por donde, no podría ser otra que tu amiga Marta.
- Ya sabes lo que ha pasado, porque ahora ves
todo lo que hago y sabes todo lo que pienso, así que, para variar, te pediré
que me aconsejes después de hacerte una pregunta: ¿puedes también saber lo que
ella hace y piensa?
- No José, no puedo saber lo que hace y piensa,
aunque sí que me lo puedo imaginar. En cuanto al consejo que me pides, ya te
puedes imaginar lo que te voy a decir. Creo que le dirás que sí a su petición
de ayuda, y harás bien en hacerlo porque eso es lo que tú crees que haría
cualquier buen amigo.
Aunque
ahora no sea el momento todavía, si que te adelantaré que, aunque tu creas otra
cosa, tú le harás ese favor no a tu amiga, sino a tu antiguo amor que no me
extrañaría nada que dentro de no mucho tiempo vuelva a serlo.
Ya
sabes que nunca me gustó que fueras con ella y que me alegré un montón cuando
te dejó plantado. La verdad yo creía que la tenías olvidada, pero en eso estaba
equivocada y ahora me preocupa que te vuelva a dejar plantado cuando ya no
necesite tu ayuda. Además te añado otro consejo que no me has pedido: ten mucho
cuidado con la relación con sus hijas, porque ellas no te conocen y no me
extrañaría que te vieran como la competencia de su padre y tomen partido por él
y en contra tuya.
- Y tú, María ¿cómo estás?
- Ya sabes que no te puedo decir nada concreto
de como estoy, sólo que estoy bien. Tendrás que tener paciencia y esperar a que
llegue tu día para saber cómo es esto.
- ¿Seguirás viniendo a verme?
- Sí, todavía seguiré viniendo a verte durante
un tiempo, el que necesites para terminar el duelo, que ya no será mucho
después de este encuentro con tu amiga.
- ¿Te parece mal que la vea?
- No, al contrario. Te vendrá bien para
recuperarte. Pero ya te podrías haber fijado en una extraña y no en la que
ocupó tu corazón antes de que yo lo hiciera. Ahora duerme y descansa y procura
soñar con ella o si lo prefieres, que no lo preferirás, conmigo.
III
Al día siguiente Marta y
José volvieron a verse como habían quedado el día anterior. Al saludarse se
dieron un par de besos en las mejillas que Marta consiguió que se acercaran a
los labios sin llegar a tocarlos. Volvieron a la mesa de siempre en la
cafetería habitual y en esta ocasión les sirvió el dueño, que era algo mayor
que ellos pero que les reconoció, porque les saludó con un amable:
- ¡Pero si es la pareja de tortolitos que ha
vuelto! ¿Desean lo de siempre?
- Yo sí que quiero lo de siempre, Mario, dijo
Marta sonriendo.
- Y yo también. Vaya sorpresa que nos hayas
reconocido, después de tantos años.
- ¡Pero si no se habla de otra cosa en el
barrio! así que no tiene ningún mérito porque estaba sobre aviso, y además ya
sabía que ayer también vinisteis.
Cuando Mario se fue a por
las bebidas, José le dijo bajito a Marta que no le parecía el lugar adecuado
para hablar lo que tenían pendiente y Marta asintió, así que se dedicaron a
hablar de sus vidas para que Mario, que seguro que tendría la antena puesta, se
enterara, y transmitiera, que no eran una pareja sino dos viejos amigos que se
habían reencontrado tras muchos años sin verse.
Después de un rato se
fueron y, como ya hicieran el día anterior, se dirigieron a casa de José para
preparar la comida.
Marta le pidió que fuera
él el que primero dijera lo que hubiera pensado y decidido, porque ella seguía
muerta de vergüenza, así que José, como siempre amable y disciplinado, hizo lo
que ella le había pedido.
- Marta, como supongo que notaste ayer, yo estoy
dispuesto a acogeros en casa por una temporada, pero la decisión final es tuya,
o mejor dicho vuestra, así que ahora te va a tocar mojarte a ti, porque no sólo
tienes que decirme si sigues adelante con la idea, sino que tendrás también que
decirme las condiciones.
- Yo también creo que puede ser una solución y
la verdad es que no he pensado nada sobre las condiciones, porque en realidad
no sé muy bien a que te refieres con eso.
- Pues con las condiciones me refiero al tipo de
relación que vamos a tener y también al reparto de las tareas de la casa.
- Veo José que no me vas a dejar escabullirme,
pero creo que en el fondo tienes razón. Es mejor poner las reglas de
convivencia al principio para evitar roces posteriores. En cuanto al reparto de
habitaciones, me parece que lo lógico es que tu mantengas las que usas, o las
que usas más. El dormitorio ya sé cual es y el despacho también, así que
nosotras nos repartiremos las otras dos habitaciones, supongo que mis hijas se
pondrán juntas en la más grande y ya sólo falta hablar de los baños. Tú
seguirás usando el de la ducha, porque es obvio que es el que usas ahora, ya
que en él tienes todas las cosas, y nosotras usaremos el otro, pero si no te
importa, me gustaría poder ducharme en tu baño, aunque tú siempre tendrás
prioridad en él.
- Respecto al uso de la cocina, no lo tengo
claro pero si a ti te apetece me gustaría compartir contigo las comidas siempre
que sea posible. Mis hijas no tengo ni idea de lo que preferirán, aunque casi
seguro que sea lo que sea lo harán juntas mientras puedan.
- En cuanto a la limpieza, lo menos que podemos
hacer es encargarnos nosotras, salvo en donde tu prefieras hacerlo para
mantener tu intimidad.
-
Finalmente, no me queda más remedio que preguntarte que querrás a cambio de
tenernos en tu casa, porque aunque oficialmente tendrás que tenernos como
invitadas, si que podría pagarte lo que sea habitual aquí cuando se comparte
piso.
- Marta, no te pienso cobrar nada de alquiler.
Sólo espero que no me hagáis gastar más de lo que gasto ahora en la casa,
aunque mientras estés floja de ingresos tampoco quiero que os falte nada
importante.
- ¿Y algún otro tipo de compensación?
- Perdona Marta pero no te sigo ¿a qué tipo de
compensación te refieres?
- No me hagas decirlo, porque me muero de
vergüenza.
- Sigo sin entender a que te refieres, pero seguramente
eso es porque no espero ningún otro tipo de compensación.
- Vale, como prefieras. Pero creo que saldrá
antes o después. Ahora lo que falta es que conozcas a mis hijas. Si te parece
puedes venir a merendar a casa esta tarde, que ellas estarán. ¿Te parece a las
cinco?
- Vale, ¿qué quieres que lleve?
- Algo de bollería para el café, pero si te
parece te paso a buscar a las cuatro y media y de camino lo compras.
Marta llamó a casa de José
a las cinco menos cuarto y de camino a la casa de ella pasaron a comprar los
bollos, a lo que José añadió café y también leche, porque al parecer ellas no
la bebían. Cuando llegaron a la casa conoció a sus hijas: Ali, la mayor, le
recibió con cara de pocos amigos, al contrario que Helga que le dedicó una
amplia sonrisa y fue mucho más abierta en la charla.
Marta les contó quien era
José y, sin demasiados detalles, lo que habían sido los dos a finales de los
sesenta y principio de los setenta. A Helga le hacía gracia conocer al novio de
juventud de su madre, del que desconocía la existencia hasta entonces, pero Ali
le hablaba como si hubiera sido él el que le quitó la novia a su padre, y no al
contrario. Al cabo de poco rato Ali se disculpó y se fue a su cuarto, motivo
por el que José prefirió no prolongar excesivamente su visita.
Cuando se despidió, Helga
le preguntó hacia donde iba y cuando supo su camino le dijo que le esperara un
minuto, porque ella iba a salir también y durante un rato irían por el mismo
camino.
José preguntó a Marta si
le parecía adecuado que se despidiera de Ali, y ella le dijo que sí, que se
acercara a su habitación y llamara a la puerta.
Así lo hizo y cuando Ali le
abrió y él le dijo que venía a decirle adiós porque ya se marchaba, le
respondió a su despedida correcta y amable que no esperara de ella que
estuviera contenta de haberle conocido porque eso era imposible con cualquier
hombre que sin ser su padre se hubiera acostado con su madre. Sus últimas
palabras fueron:
- Lo siento, pero soy así de borde y no tengo la
menor intención de disimularlo.
-
Yo también lo siento, respondió José mientras se daba la vuelta y se dirigió al
recibidor donde Helga ya le esperaba.
Bajaron a la calle y Helga
se disculpó por la dureza de su hermana y después se puso del brazo de José y
siguió hablando con él, comentando las cosas que más le gustaban de Salamanca.
Cuando estaban llegando al punto en que sus caminos se separaban, Helga le dijo
que en la siguiente esquina cada uno seguiría su camino, que le hacía mucha
ilusión conocer al que había sido el amor oculto, para ella, de su madre y que
esperaba tener ocasiones para que le contara más en detalle como fue su
relación. Al separarse le dio dos besos y José pensó que haría buenas migas con
Helga, al contrario que con su hermana que, efectivamente le había parecido un
cardo borriquero.
IV
Aquella noche José esperó
de nuevo a que María se le apareciera para charlar. Cuando llegó, a José le
pareció notar que en esa ocasión la actitud de María era de sorna, y
efectivamente lo corroboró cuando ella se puso a hablar.
- Hola José, supongo que ya te habrás dado
cuenta de la envolvente que te están haciendo ¿no?
- La verdad es que yo no he notado ninguna
envolvente. Me ha sorprendido, eso sí, la actitud tan arisca de la hija mayor y
el contraste con la simpatía y amabilidad con que me ha tratado la pequeña.
- No seas pardillo José. Todo es puro teatro
preparado por la madre y la hija mayor. En lo que si coincido es en la
diferencia de Helga, que es la única que creo que se ha comportado como es en
realidad.
- María, lo siento pero una vez más necesito
conocer tu opinión y también agradeceré tu consejo ¿lo harás una vez más?
- Sí que lo haré, porque si no lo hiciera seguro
que te meterías en un lío. Me parece que tu querida Marta ha encontrado en ti
la víctima propiciatoria que la saque de sus apuros y que su hija mayor la
secunda, pero quiere mantener las distancias contigo para hacer lo que más les
interese, a ella y a su madre.
Por el contrario Helga verá en ti al amigo o
al amante de su madre, eso ya se verá, porque Marta todavía no ha enseñado la
patita, y con ella te llevarás bien, así que algo bueno sacarás de todo esto.
En cuanto al consejo, por mucho que te
extrañe, creo que lo mejor es que hagas lo que el cuerpo te pida, y lo que te
pide es echar una mano a la que consideras tu amiga. El tiempo nos dirá si
además te vuelves a enamorar de ella o no, aunque yo creo que sí, y no creo
equivocarme si te auguro que cuando se acaben sus apuros económicos, que se
acabarán aunque puede que sea dentro de unos años, volverá a alejarse de ti
tanto si seguís como amigos como si os hacéis pareja.
- Y suponiendo que me volviera a enamorar de
ella ¿te enfadarás conmigo?
- No seas tonto José. Lo único que me podría
hacer enfadar es que intentaras engañarme, pero como sabes que me enteraré de
todo, no creo que lo intentes. Y cuando vengas a donde yo estoy, ya te darás
cuenta de por qué no me importa que te eches una pareja, o incluso varias.
- No te preocupes María, que como siempre te
haré caso.
- Querrás decir como siempre desde que estoy
muerta. Bueno Romeo, te dejo que duermas tranquilo y piensa un poco en lo que
te he dicho.
- ¿Volverás a visitarme mañana?
- Si, de momento seguiré visitándote cada noche
hasta que termines de arreglar todos estos líos y luego, lo más probable es que
desaparezca de tu vida.
- Cuando lo hagas te echaré de menos.
- Pero lo que no puedes es tener dos parejas,
aunque cada una de ellas esté en el lado distinto que la otra.
V
Al día siguiente, a media
mañana, Marta se presentó de nuevo en casa de José. Le preguntó que cual era su
plan para ese día y él le contestó que estaba a punto de salir a comprar y
luego se haría la comida, comería y se echaría un rato la siesta. Por la tarde
había quedado con unos amigos del trabajo y echarían unas partidas de mus,
además de arreglar por enésima vez el país y echar unas cuantas risas.
Le acompañó a la compra y
José notó que quería que comieran juntos, así que él se lo puso en bandeja al
preguntarle que le apetecía de primero y también de segundo. Ella aceptó sin
decirlo cuando le respondió que le apetecía ensalada de pasta de primero y algo
de pescado de segundo. Ya en la pescadería, le dijo que le apetecían
"bocaditos de merluza" rebozados. José lo repitió tal cual al
pescadero, que le miró con cara de póker cuando le dijo que quería una cola de
merluza limpia y cortada para bocaditos. Marta se dio cuenta de que nadie pedía
eso con esas palabras y le explicó como tenía que preparar la merluza. Debía
quitar las espinas y la piel, separar los lomos y luego cortarlos primero con
un corte longitudinal en dos mitades y luego varios cortes transversales de
unos dos centímetros entre cada uno. Como la cola era grande, puso los
bocaditos en cuatro paquetes iguales, de forma que cada paquete daba para tres
o cuatro raciones cada uno.
Volvieron a casa y se
pusieron a preparar la comida. La verdad es que le gustaba hacerla a medias con
Marta. Iban rápido, charlaban y también de vez en cuando aprendía algo de como
cocinaba ella.
Después comieron y Marta
aprovechó para comentarle la conversación que había tenido con sus hijas en la
cena de la noche anterior.
- Ya sé que ayer sacarías una impresión muy
distinta de mis hijas, espero que buena de Helga y me temo que mucho peor de
Ali, que lleva muy mal la imposibilidad de tener contacto alguno con su padre.
Pero
cuando les comenté el plan que he pensado, las cosas fueron mejor de lo que yo
esperaba. No en lo que se refiere a Helga, porque yo ya sabía que le parecerá
bien cualquier cosa que yo proponga, pero si Ali, que se despachó con un
"no está mal que ese antiguo novio tuyo ahora se preocupe de
ayudarte" aunque no pudo evitar su puya y me dijo "Mamá, ¿cuánto
tardaras en compartir la cama con él de nuevo?" pregunta que evidentemente
me negué a responder.
Así
que, si tú continúas estando dispuesto a acogernos en tu casa, en cuanto me des
luz verde pondré el piso en alquiler.
- Me alegro de que tus hijas te secunden. La
verdad es que ayer pensé que tu hija mayor no te daría ninguna facilidad y,
para serte franco, debo añadir que tengo dudas de que la convivencia con ella
me resulte fácil.
- No te preocupes por eso. Deberás acostumbrarte
a sus maneras, que en efecto son un tanto bruscas, pero ya verás que luego no
es tan fiera como parece y no se meterá en tu vida ni contigo, siempre que
respetes totalmente su independencia, cosa que no te será nada difícil porque,cuando
está, apenas se nota que esté en casa y como el cuarto de baño no lo
compartiréis, no habrá ningún problema.
-
Pues por mi parte ya tienes la luz verde, así que ya puedes poner en marcha el
alquiler y también la mudanza, al ritmo que quieras.
- Gracias José, no sé como agradecértelo.
- De nada Marta, sólo con ver cómo se va la
tristeza de tu mirada ya estoy más que contento. Ahora vamos a recoger, si te
parece, que luego me quiero echar una siestecita.
- ¿Es una indirecta, José?
- Una indirecta ¿de qué?
- ¡Pues de que te acompañe en la cama! ¿de qué
otra cosa podía ser?
- No sé, para mi eres tan complicada como antes.
¿Te acuerdas de que siempre me tenías que desmenuzar todo lo que me decías si
querías que me enterara? Pues me parece que te tendrás que volver a
acostumbrar.
- Sí, sí que me acuerdo de que me ponías de los
nervios con tu manía de querer todo masticadito. Pero responde, ¿te apetece que
me eche contigo?
- Sí, si a ti también te apetece.
- Pues échate que yo recojo y luego me voy
contigo.
Cuando Marta terminó de
recoger, fue a la habitación y se encontró con que José estaba tumbado encima
de la cama pero totalmente vestido y totalmente dormido. Sólo se había quitado
los zapatos, lo que era una buena muestra de que no tenía la menor intención de
intentar nada con ella, cosa que agradeció y pensó que para él seguramente la
muerte de su mujer estaba todavía muy reciente. También pensó que María había
tenido mucha suerte de haber encontrado un hombre que la quisiera durante tanto
tiempo.
Marta hizo lo mismo, se
tumbó después de haberse quitado los zapatos y como era un poco friolera se
acercó a José que, sin despertarse se abrazó a ella.
Quince minutos después
sonó la alarma del teléfono de José, él se dio la vuelta y comprobó que estaba
junto a Marta, que también se había despertado, se miraron, se sonrieron y José
hizo un amago de darle un beso en los labios que Marta, con su habitual
maestría desvió a la mejilla. José se dio por aludido, sin comentar nada, se
levantó y se fue al baño. Tomaron un café y salieron a la calle, ella se fue a
su casa contenta por haber logrado lo que quería y él se fue a jugar al mus,
sin tener ni idea de los pensamientos íntimos de su amiga.
VI
Cuando José volvió de la
partida, cenó de forma muy ligera y se puso a pensar. Las cosas habían
evolucionado muy deprisa y tenía la sensación de que María había acertado si no
en todo, en casi todo. Le había sorprendido primero la forma en que Marta le
había sondeado respecto a sus intenciones de relaciones íntimas, como si ella
hubiera asumido un alquiler pagado con caricias que, cuando se dio cuenta de
que no estaba en la cabeza de su antiguo novio, cambió a marchas forzadas a una
amistad con derecho a un ligerísimo roce, tan ligero que cuando él, al
despertar de la siesta intentó darle un beso en los labios, cosa que ella había
insinuado desde su primer encuentro, lo desvió para marcar una distancia que en
este momento estaba fijada en estar tumbados uno al lado del otro cogidos de la
mano, como máximo exponente del roce admisible.
Al cabo de un rato, se fue
a la cama y todavía estaba dándole vueltas a lo mismo cuando apareció María,
que tras un breve saludo le dijo:
- Supongo José que hoy finalmente me darás la
razón ¿o no?
- Hola María. Supongo que llevarás todo el día
riéndote de lo que me está pasando. Tenías mucha razón, toda la razón: y si no
toda, al menos casi toda, claro que en ti eso no tiene mucho mérito, y menos
aún ahora, que lo conoces todo.
La
verdad es que cuando he vuelto de la partida, bendita partida y benditos amigos
que me han hecho olvidarme totalmente de todo este embrollo, me he sentido como
una marioneta a la que Marta ha hecho bailar a su gusto de forma descarada.
Ahora pienso que es una pena que su hija mayor no se negara a venir a casa,
pero como no ha sido así, ni podría haberlo sido porque seguramente ya lo
tenían hablado, tendré que esperar a ver cómo se desarrolla todo y a resignarme
a que todo se arregle lo antes posible.
- José, tampoco te quiero ver así. Tienes que
animarte y para ello creo que deberías empezar por pensar en tu forma de llevar
la convivencia con las tres mujeres que se te presentarán en casa antes de lo
que crees. Creo que deberías poner algunas líneas rojas desde el primer momento
para que no se te suban a las barbas.
- ¿Qué líneas rojas crees que debo poner?
- Las primeras son las territoriales. Por ningún
motivo debes entrar tú ni en sus habitaciones ni en su baño y en justa
reciprocidad, ellas no deben entrar en las tuyas, con la única excepción de
Marta cuando quiera compartir la cama contigo o cuando vaya a usar tu ducha,
que debe ser cuando tu no estés en el baño.
Las
segundas son las de las tareas de la casa. Marta te ofreció que ellas se
encargarían de la limpieza y eso debe ser así en toda la casa excepto en tu
dormitorio y en tu estudio.
Finalmente,
están las relaciones personales que deberás fijar antes de que entren con Marta
y con su hija mayor, pero que puedes dejar que evolucionen solas con Helga. En
este punto, deberás dejar bien claro a Marta que gastos afrontarás tú. Ya sé
que serán todos los de la casa, pero te recomiendo que hagas tú la compra y que
ellas tengan que pagarse sus caprichos, si es que los tienen. Y tampoco estaría
mal que hablaras con ella de vuestra intimidad.
- ¿Tan interesadas crees que son?
- Quitando siempre a Helga, que parece de otra
familia, sí, sin ninguna duda; y no es que lo crea, es que lo sé a ciencia
cierta. Ya verás que poco tardan en beber leche y cómo te irán sugiriendo las
cosas que les gustan y las que no. No me extrañaría que de vez en cuando
intentaran que dejes de comprar algo que te guste a ti y no a ellas, o incluso
que les resulte indiferente.
- ¡Pues sí que me lo pones enrevesado! pero no
te preocupes que haré lo que me dices.
- Y mañana, en cuanto hayas desayunado, ya
puedes dejar vacías las habitaciones de ellas y su baño. Sólo tiene que quedar
la ropa blanca y las toallas, jabones y similares. No tardes, o te pillará el
toro y te harán currar en la mudanza.
VII
A la mañana siguiente José
se afanó en llevar a cabo todas las tareas que María le había indicado. No le
resultó complicado, porque la casa estaba bien provista de armarios y el
trastero estaba prácticamente vacío. Se preparó una ensalada y un poco de atún
a la plancha para comer y se echó la siesta porque no había parado en toda la
mañana. A las cinco sonó la puerta y aparecieron las tres con los primeros
paquetes de sus cosas.
- Hola José -saludó Marta mandándole un beso a
través del aire- No te lo vas a creer, pero ya he alquilado el piso y quieren
entrar mañana, así que nos hemos puesto manos a la obra.
- ¡Adelante chicas! respondió José con el tono
más jovial que pudo. De momento dejad las cosas aquí que mientras nos tomamos
un café os explicaré las normas de la casa:
La
distribución de las habitaciones será la siguiente: yo seguiré en la que venía
usando y mi baño será el que tiene la ducha, también seguiré usando mi despacho
para mis cosas. Vosotras os repartiréis las otras dos habitaciones como queráis
y el segundo baño será el vuestro. En ellas encontraréis la ropa de cama y en
el baño las toallas. Toda esa ropa y la vuestra propia la podéis repartir como
queráis en vuestras habitaciones.
Os
aviso de que soy muy celoso de mi independencia y de mi intimidad, motivo por el
que no podéis entrar en mis dominios, excepto Marta que podrá entrar en mi
habitación cuando lo desee, siempre que yo esté en ella y en mi baño para
ducharse, siempre que yo no esté en él. En justa correspondencia yo no entraré
nunca en vuestras habitaciones ni en vuestro baño, salvo en presencia de quien
me lo haya pedido para hacer alguna reparación que eventualmente pueda ser necesaria.
El
resto de la casa es de uso común y espero que todos estemos en esas zonas con
el cuidado razonable para no molestar a los demás.
En
cuanto a los gastos, yo me haré cargo de todos los gastos de los servicios y
materiales de limpieza de la casa. En lo que se refiere a la alimentación, yo
haré la compra en cantidad suficiente para los cuatro. Correrán de vuestra
cuenta vuestra ropa, los elementos de aseo y belleza que queráis añadir a los
que yo ponga, vuestros móviles y en general todos los gastos personales que
tengáis.
Finalmente,
en lo que se refiere a la limpieza, vuestra madre ya os habrá comentado que
ella se ofreció a que os encargarais vosotras de hacerla. Sin embargo, mi
habitación y mi despacho los limpiaré yo y en cuanto a mi baño será vuestra
madre quien lo haga. Cada uno se encargará del lavado, secado y planchado de su
ropa.
Si
tenéis alguna duda o pregunta, ahora es el mejor momento para exponerlo.
- Casi no hacía falta que lo dijeras José,
porque tú y yo ya lo habíamos hablado y yo se lo había transmitido a ellas
-contestó Marta con una cara que mostraba un atisbo de sorpresa molesta-.
- Yo sí que tengo algunos comentarios que hacer
-dijo Ali- ¿Tendremos llaves todas? ¿Hay que cumplir algún horario? ¿Podemos
traer amigos? ¿No te parece un poco machista que tú solo limpies tu dormitorio
y tu despacho?
- Sí, claro, cada uno tendrá su juego de llaves.
No hay horarios especiales que cumplir, aunque sí que hay que respetar el
descanso nocturno y, si ocurriera, el descanso de los enfermos. No, no podéis
traer amigos, aunque habrá flexibilidad si se avisa con tiempo suficiente y en
cuanto a la última pregunta, creo que es tu madre la que debe responderla.
- Ali, cariño. Lo de la limpieza fue idea mía y
cuando lo dije mi oferta se extendía también a sus habitaciones. No se trata de
machismo o no, sino de equilibrar un poco lo que cada uno aporta.
- Pues Mamá, lo siento mucho pero creo que te
precipitaste al hacer esa oferta, y él también al aceptarla aunque fuera con
esa pequeña modificación. La verdad es que no sé si me interesa estar en esta
casa en esas condiciones.
- Alicia, yo también siento que no te gusten
esas condiciones pero, por fortuna, eres libre de elegir: Nadie está obligado a
permanecer en esta casa si no lo desea y tú, como el resto, puedes tomar la
decisión que prefieras.
- Lo malo es que por ahora no me queda más
remedio que aceptar. Y no sé por qué me llamas Alicia sabiendo que todos me
llaman Ali.
- Pues acepta las condiciones si es lo que
prefieres, y después te pones a buscar una alternativa mejor y cuando la
encuentres, te cambias y todos contentos. En cuanto a tu nombre, usaré el
oficial completo para que recuerdes que la distancia en el trato la pusiste tu
primero, cuando me dijiste lo que me dijiste, sin ningún motivo, cuando me iba
de tu casa el día que nos conocimos.
Si
no hay más dudas y cuestiones generales, ya os podéis poner a colocar vuestras
cosas en vuestras habitaciones y baño, y cuando queráis y al ritmo que queráis
vais trayendo el resto. Aquí tenéis vuestra copia de las llaves y en lo que se
refiere a la relación bilateral con cada una de vosotras, lo podemos hablar en
privado cuando queráis.
Las tres mujeres se
pusieron a ordenar lo que habían traído y cuando acabaron las dos hermanas se
fueron a continuar la mudanza y Marta se quedó un rato más, porque quería
hablar con José.
- José, perdona que hayamos venido sin avisar,
pero todo ha ido demasiado rápido y no he tenido tiempo. Ya sé que Ali no se
portó bien contigo, pero me temo que has sido un poco brusco con ella y no sé
cómo reaccionará. Ya veo que has preparado todo, como si supieras que íbamos a
venir tan rápido, y me pregunto si lo último que me has dicho también iba por
mí.
- No te preocupes por nada, excepto por la
relación con Alicia que espero que mejore rápido. Sí, creo que es mejor que
hablemos de nuestra relación ahora que dejarlo para dentro de unos días, porque
no me gustaría que surgiera algún roce por algún malentendido.
Creo que lo mejor es que cada uno digamos al
otro como deseamos que sea nuestra relación y que después pongamos en común el
mayor número de cosas posible. Si quieres empiezo yo, pero si lo prefieres
puedes empezar tú.
- Prefiero que empieces tú, si no te importa. Ya
sé que pensarás que tengo mucho morro, porque he sido yo la que he venido a
invadir tu casa con mis hijas, pero de verdad me da mucha vergüenza plantearte
mis propuestas sin que tú lo hayas hecho antes.
- Ya me lo imaginaba, así que por eso me he
ofrecido a empezar. Marta, ya sabes que estuve enamorado de ti cuando éramos
casi unos adolescentes y también sabes ahora que el afecto de amistad ha
permanecido muy fuerte y por eso me he metido en este berenjenal. Me gustaría
que esta aventura que ahora empezamos termine con unos lazos entre tú y yo al
menos tan fuertes como los que teníamos antes de enamorarnos.
Por eso es importante que fijemos los límites
de nuestra relación, para que no haya equívocos, pero eso sí, dejando la suficiente
flexibilidad para poder modificarlos en el futuro si resulta conveniente.
Te pondré un ejemplo de lo que me gustaría
evitar. Un ejemplo que nos ha pasado y que recordarás bien por lo reciente y, a
la vez, que tiene tan poca importancia que no dejará ningún resquemor:
El día que nos vimos por primera vez, al
verte yo fui a darte un abrazo y un par de besos en las mejillas y así lo hice.
Tu abrazo fue el más cariñoso que he recibido en mucho tiempo y me dio la
impresión de que quisiste acercar los besos a los labios tanto como fuera
posible. Ayer, cuando me desperté de la siesta y nos miramos y nos reímos, yo
intenté darte un beso en los labios y tú me apartaste para que fuera en la
mejilla.
No tengo nada que reprochar en ninguno de los
casos, pero la verdad es que en la segunda ocasión me quedé un poco cortado:
¿puedo darte besos en los labios o no puedo dártelos? ya sé que habrá un
periodo de aprendizaje, pero para mí sería mejor y más fácil tener unas cuantas
pautas previas.
Así que mi propuesta es muy sencilla: me
gustaría que fuéramos amigos con derecho a roce, siendo tú la encargada de
poner los límites al roce admisible. Por eso he puesto ese límite a la entrada
en los dormitorios y yo no entraré en el tuyo, pero tú podrás entrar en el mío cuando
te apetezca estar conmigo, o también cuando quieras hablar conmigo de algo de
forma discreta.
- José, siento mucho que te hayas sentido
desconcertado con los besos y la verdad es que tienes razón. No sé por qué
aparté los labios ayer, porque a mí también me gustaría que nos besemos en los
labios, incluso en presencia de mis hijas, así que eso no volverá a ocurrir.
Pensarás, y con razón, que irán saliendo
otros problemas similares cuando vayas avanzando en la intensidad de las
caricias que te gustaría hacer o recibir y tenemos que buscar el sistema que,
en mi opinión, no puede ser otro que el tener los dos la libertad de ir
ampliando un poco la intensidad de las caricias y que el sorprendido tenga tres
opciones, aceptar, mejor si lo hace diciéndolo, decir ahora no pero en otra
ocasión sí, y rechazar. En los dos últimos casos el que retrase o rechace,
deberá explicar al otro con el mayor detalle los motivos que le impulsan a
hacerlo.
Comparto plenamente contigo el objetivo de la
fuerte amistad. Ahora me iré para traer más cosas, pero antes me gustaría que
me dedicaras unos minutos para que repitamos, aunque con otro final sin
equívocos, la escena de ayer al sonar la hora del fin de la siesta. ¿Te apetece
a ti?
Los dos se fueron a la
habitación y volvieron a salir un cuarto de hora más tarde, después de haber
desecho todos los equívocos y de haber añadido al grupo de caricias permitidas
el beso en la boca y las caricias en los senos.
Poco antes de la hora de
la comida, volvieron a aparecer las tres con otro cargamento de enseres y
cuando se dieron cuenta de que José había preparado la comida para los cuatro, ellas
se pusieron contentas. Era una comida sencilla que podía gustar a todos y como
ellas estaban cansadas agradecieron que se lo dieran todo hecho. La
conversación se centró en la mudanza y José se enteró de que esa noche ya
dormirían allí, porque solo faltaba un tercer viaje de ropa y por la tarde
Marta había quedado con los inquilinos para firmar el contrato, cobrar y darles
las llaves.
Por la tarde, cuando Marta
se fue al piso para cerrar el alquiler, sus hijas se quedaron ordenando y, poco
después Helga dijo que se iba a dar una vuelta, porque había quedado. Una vez
que hubo marchado, José preguntó a Alicia si podían hablar un momento.
- ¿De qué quieres que hablemos ahora que estamos
solos?
- Me gustaría hablar de la relación bilateral
que tendremos tú y yo mientras vivas aquí. Sé que el inicio no ha sido nada
bueno y por eso creo que lo mejor es aclarar ahora las cosas y poner las bases
para que la convivencia sea lo más agradable posible.
- No me parece mala idea y como antes tú has
puesto las normas, cosa que como te puedes imaginar no me ha gustado nada, ahora
me gustaría a mí decir lo que pienso y, también, poner mis propias normas.
Ya
sabes que no me gusta nada que mi madre se vea obligada a vivir en la casa del
que fue su novio, pero que ahora para ella es un completo desconocido, en vez
de vivir con mi padre como a ella le gustaría, y si no te lo crees pregúntaselo
a ella.
Tampoco
me gusta nada que mi hermana y yo tengamos que vivir contigo, pero como sabes
de momento no nos queda otra alternativa. Y si piensas que soy una
desagradecida por tener una impresión tan mala de la única persona que mi madre
ha encontrado en esta ciudad, que tampoco me gusta nada, que estuviera
dispuesta a echarle una mano, te diré que no creo que tenga nada que agradecer,
ya que si lo haces será por algo y no me creo que ese algo sea el afecto que
queda después de tantos años sin saber nada el uno del otro, porque ese afecto
para mí ya no puede existir. Ya iras viendo que no tengo un pelo de tonta y más
pronto que tarde averiguaré el motivo, aunque ya te adelanto que el primer
motivo que se me ocurre es que quieres tener a mi madre en tu cama para sustituir
a la mujer que se te ha muerto recientemente. Todos los hombres sois iguales y
tú no eres ninguna excepción.
En
consecuencia, procuraré que nuestra estancia aquí sea lo más breve posible y
puedes estar seguro de que no consentiré que mi madre vaya a tu habitación por
ningún motivo y como se te ocurra ir tú a la suya llamaré a la policía para
denunciarte.
Cuando acabemos esta conversación, no deseo
que me vuelvas a dirigir la palabra, ni siquiera para dar los buenos días y si
tienes que decirme algo, hazlo a través de mi madre.
¿No tienes nada que añadir?
- No -respondió José- no tengo nada que añadir.
- Pues ya estás avisado de cómo serán las cosas
y ahora me voy por ahí. No me esperes para cenar, ni para ninguna otra comida,
porque no pienso compartir nada contigo.
Dicho ésto cogió su bolso
y una rebeca y se fue, mientras José le decía adiós con la mano. Al cabo de un rato volvió
Marta y José le contó lo ocurrido con su hija. Ella se disculpó y le pidió un
poco de tiempo para arreglarlo, pero José le dijo que en esas condiciones
Alicia no podía quedarse ni un día más en la casa y que si antes de terminar el
próximo desayuno no se retractaba de lo dicho, debería coger sus cosas e irse,
porque no era de recibo ese trato.
Marta intentó suavizar las
cosas pero no tuvo éxito y, además, tuvo que responder a la pregunta de si ella
deseaba, o no, vivir con él y de si para ella él no era más que un tonto útil
que les proporcionara vivienda y algo más de bienestar. Uso todas sus armas de
mujer sin demasiado éxito y por un instante le pareció que su castillo de
naipes se venía abajo. Decidió preparar la cena y le pidió permiso a José para
pasar la noche en su cama, aunque sin hacer ninguna caricia. José aceptó porque
no quería perderse la reacción de Alicia cuando volviera.
VIII
Cuando José se metió en la
cama, Marta ya estaba dentro, pero se había puesto un pijama monjil, que no
dejaba lugar a dudas. Además, ya se había dormido y cuando se quiso dar cuenta
María estaba allí sonriendo, aunque un poco burlona:
- ¡Qué poco has tardado eh!
- Como siempre, tenías razón. No me he dado ni
cuenta y ya está en mi cama. ¿También han planeado eso?
- Pronto lo sabrás, pero tienes que tener
paciencia porque si te lo descubrieran ahora, se podría estropear todo el plan.
Además, hay algo que ellas no saben. Esta es mi última visita. Ya has terminado
la parte dura del duelo y tienes alguien que te alegrará la vida durante una
temporada. Nos veremos cuando vengas aquí y entonces lo entenderás todo. Mientras
tanto, procura ser tan feliz como puedas. Adiós querido José, no tengas prisa
en volver a verme.
- Pero a mí me gustaría verte de vez en cuando,
aunque fuera muy de vez en cuando.
- Lo siento, no es posible. No insistas por
favor.
Y
mientras decía estas palabras, se esfumó como por encanto.
IX
José se despertó al
escuchar que Marta le decía que el desayuno ya estaba preparado y todo el mundo
estaba en la mesa, menos él. Pero en la mesa sólo había tres cubiertos y Alicia
no estaba. Preguntó por ella, imaginando que estaba poniendo en práctica lo que
había anunciado, pero la explicación de su madre era distinta.
Alicia no había dormido
allí, ni lo haría en el futuro. Le había salido un trabajo en Valladolid y
empezaba aquel mismo día, así que había marchado el día anterior y no sabía
cuando tendría noticias suyas.
José notó que no era el
único sorprendido, porque Helga también lo estaba y añadió un poco más de
misterio al comentar:
- ¡Entonces, al final sí que la eligieron para
aquel puesto en que creía tener muchas posibilidades hasta que le dijeron que
no!
- Pues sí hija, eso parece. Pero mejor hablemos
de otra cosa, ¿vale?
-
Como prefieras Mamá -respondió Helga-
Pero José pensó que algo
no cuadraba, porque no había visto a Alicia recoger sus cosas y si lo hubiera
hecho el día antes, Helga lo sabría, así que pensó que Alicia en realidad no
había llevado sus cosas a su casa y todo lo que ellos dos hablaron fue una
actuación teatral perfectamente orquestada entre ella y su madre, incluido el
pijama monjil de la noche anterior que, además, le había privado antes de
tiempo de las visitas de María.
De todas maneras, se
alegró porque la vida sería mucho más sencilla sin Alicia y, efectivamente así
fue.
Helga encontró trabajo en
Salamanca al cabo de un par de meses y continuó viviendo con su madre y con
José durante casi un año más, hasta que decidió independizarse como
correspondía a una mujer de su edad y con trabajo estable.
La relación entre José y
Marta fue una relación de pareja, pero un tanto despegada. Cada uno tenía su
habitación y se dedicaba a sus cosas. Una vez a la semana iban juntos al cine y
cuando volvían, Marta se metía en la cama de José. José se dio cuenta un día de
que volvía a estar enamorado de Marta, pero no se atrevió a decírselo porque no
estaba nada seguro de que ella le correspondiera. Ella le trataba bien siempre,
pero cuando salían temas de su intimidad o de sus sentimientos, a José le daba
la impresión de que ella hablaba algo forzada, como si se sintiera obligada a
hacerlo como contrapartida a que él la tuviera en su casa.
Dos años más tarde,
sucedió algo que le aclaró la situación definitivamente. Una tarde Helga, que
les visitaba de vez en cuando y seguía manteniendo una relación muy buena con
José, se presentó llorando. José estaba sólo y ella le dijo que acababa de
enterarse de la muerte de su padre en accidente de tráfico.
Al cabo de un par de
semanas, Marta viajó a Alemania y cuando volvió le dijo a José que tenían que
hablar:
- José -le dijo- me temo que de nuevo te voy a
dar un disgusto, pero la vida es así.
Mi
marido ha muerto de accidente, y no hay ninguna duda de que ha sido un
accidente por las circunstancias que lo han rodeado pero, por suerte, nunca le
habían podido procesar por nada. Además, apenas tenía ninguna propiedad en
Alemania, de manera que la herencia allí es marginal.
Sin
embargo su herencia en otro país, en el que los dos somos residentes, es
bastante cuantiosa y ya podré volver a vivir como a mí me gusta el resto de mis
días. Yo en realidad no estoy como residente en España, y por eso debía
mantener mi piso alquilado y procurar que los movimientos de mi cuenta en
España fueran los lógicos en esa situación.
Te
agradezco que me hayas acogido como lo has hecho y que me hayas tratado con
tanto afecto. A mi edad se agradece que alguien se enamore de ti y te trate
como tú lo has hecho, pero lamentablemente en este caso no ha habido
reciprocidad, así que cogeré mis cosas, la mayoría para tirarlas, y me iré. Lo
más probable es que no volvamos a vernos, al menos yo así lo espero, porque si
ocurriera sería porque otra vez necesitaría tu ayuda y no sé si tú querrías
dármela de nuevo. Si te sientes estafado económicamente, pásame, a través de
Helga, la factura de lo que te has gastado con nosotras. Helga seguirá por
aquí, al menos de momento, y me imagino que te visitará alguna vez. Ella sí que
te aprecia. En cuanto a Ali, todavía se ríe de cómo te tomó el pelo en vuestros
breves encuentros. Prefiero no decirte la opinión que tiene de ti, porque no
quiero herirte, ya que siempre te has portado como la buena persona que eres.
Y
no pongas esa cara de pasmarote, ¿De verdad has pensado todo este tiempo que
nuestra relación era fruto del afecto mutuo? ¿Sí? ¿Cómo puedes ser tan inocente
a tu edad? No, para mí sólo ha sido una relación mercantil. Yo te he pagado con
compañía todos los servicios que tú me has prestado y aunque habría estado
dispuesta a pagar un precio bastante mayor, ahora, que ya no los necesito,
simplemente te digo adiós con una sonrisa.
Adiós
José. Hiciste bien casándote con María, ella sí que te quería.
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