En principio hay dos
posibilidades para resolver el tipo de moneda que use la eventual República de Catalunya
que, al no formar parte de la UE, estaría obviamente fuera de la zona euro:
En un primer momento, la
única solución posible es que se mantenga el euro como unidad de cuenta y como
moneda de pago, ya que una nueva moneda no se puede instituir de la noche a la
mañana. Sin embargo es obvio que las ventajas de mantener el euro como unidad
oficial de cuenta (moneda fuerte y de uso en gran parte de los países de su
entorno) van acompañadas de no pocos inconvenientes, ya que Cataluña la usaría
como lo hacen Andorra, Mónaco o San Marino.
Estos inconvenientes son la
imposibilidad de tener una política monetaria propia (la haría el BCE sin ni
siquiera la presencia de las autoridades catalanas) la ausencia de financiación
pública por la emisión de moneda, cuyo único coste es el de emisión y
renovación de los billetes y monedas, la imposibilidad de que los bancos con
sede en Cataluña, aunque sean matrices o filiales de otros bancos que operen en
la zona euro, se financien con créditos del BCE para sus operaciones en
Cataluña y la necesidad de pagar por los créditos que se puedan obtener del
exterior, tanto si son para el sector público como si lo son para el privado,
el tipo de interés que marque la prima de riesgo que los mercados
internacionales le pongan en cada momento a Cataluña.
En esta situación, es de
esperar que, durante todo el periodo transitorio que transcurra desde que se
conozcan los resultados de las elecciones del 27 de septiembre de 2015, en el caso
de que den lugar a una mayoría de escaños independentistas y la situación de
independencia de hecho, se produzca un enorme trasvase de fondos desde cuentas
en oficinas situadas en Cataluña hacia cuentas en oficinas de otros lugares de
España y, en mucha menor medida, hacia cuentas en otros países.
Si los
trasvases no suponen un cambio radical de depósitos hacia entidades financieras
con sede fuera de Cataluña, los efectos inmediatos sobre el sistema financiero
serían irrelevantes, pero si no fuera así, alguna de las entidades Catalanas
podría tener serios problemas de liquidez ya en este periodo.
Si transcurrido un cierto
periodo de tiempo resultara imposible para el gobierno catalán obtener la
financiación que necesite entre los préstamos del interior y del exterior, es
probable que se plantee introducir su propia moneda. Las ventajas serían una
capacidad de financiación relevante en un primer momento, a un coste
absolutamente marginal y sin necesidad de devolver el principal, la posibilidad
de implantar su propia política monetaria y de tipos de cambio (en éste último
caso salvo que optara por dejar fluctuar libremente a la nueva moneda en los mercados
internacionales) y también la de poner el tipo de interés que desee a las
emisiones de deuda pública en la nueva moneda. Los inconvenientes serían la
dificultad de conseguir la convertibilidad de la nueva moneda, que llevaría a
un inevitable control de los cambios de moneda para todas las actividades y el
incremento de costes para todas las operaciones con divisas que dificultaría la
actividad económica.
Cualquiera de las dos
opciones es claramente peor para la economía catalana que la continuidad en la
zona euro, ya que su capacidad de financiación se reduciría mucho y los costes
de la misma serían previsiblemente muy elevados tanto para el sector público
como para el privado, y entre las dos la que sería menos mala es el uso del
euro como moneda, que sería menos mala para todos excepto para los políticos
que gobiernen la economía del nuevo país, ya que con ella perderían muchas de
las herramientas de política económica que tienen las autoridades económicas.
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