martes, 31 de marzo de 2009

Reducción de precios versus deflación

El anuncio de que el dato adelantado de evolución de precios del mes de marzo de 2009 podría llevar, por primera vez en España desde que se elaboran estadísticas de precios, a un resultado acumulado en los últimos doce meses de descenso de los precios, ha devuelto a la actualidad las opiniones sobre la deflación que ya comenté el pasado diciembre.

Dada la experiencia japonesa de los últimos años, parece que la mayoría de los comentaristas se han apuntado a la tesis de que cualquier reducción de precios es en sí muy mala, por lo que lo peor de esta etapa baja del ciclo económico se nos vendría encima si alguien no pone remedio subiendo los precios.

Habría que empezar por explicar que la inflación en si misma, si supera unos niveles muy moderados, es también mala, pero que sus efectos nocivos son más acusados cuanto más alta es. Lo ideal sería tener de forma permanente unos precios estables, salvo en los productos muy nuevos que pueden tener reducciones importantes sin producir consecuencias negativas, lo que llevaría a largos periodos con los índices de precios situados en una banda que iría desde una reducción máxima del 2% anual a un aumento máximo del mismo valor. Aunque no es deseable, no se puede descartar que haya repuntes puntuales debidos a elevaciones de los precios internacionales de las materias primas que se derivarían a su vez de escasez de oferta por problemas normalmente políticos o de reducción artificial de la oferta.

Desde el punto de vista de la teoría económica, sólo se puede hablar con propiedad de deflación, como ocurre con la inflación, si se dan simultáneamente dos circunstancias: que la reducción de precios sea generalizada, esto es que afecte a la mayor parte de los bienes y servicios, y que se extienda en el tiempo.

En España no se da, al menos por el momento, ninguna de las dos circunstancias, ya que la reducción de precios todavía no se ha prolongado en el tiempo y, por otra parte, afecta a un número relativamente pequeño de bienes y servicios, que, además, con mucha frecuencia coinciden con productos que anteriormente han tenido un alza desmesurada ya sea por que previamente habían aumentado los precios internacionales (de ellos o de sus materias primas) ya sea porque habían crecido de forma inusitada los márgenes de quienes los venden, y, en algunos casos, por ambas cosas a la vez.

El temor a la deflación está justificado por un círculo vicioso, que hay que evitar a toda costa, que consiste en la necesidad de reducir los precios de forma estable por debajo de los costes medios de los operadores eficientes, como única forma de poder vender algo y tener un flujo de caja positivo, que lleva a una reducción de la demanda debida al convencimiento generalizado de que hoy sólo hay que comprar lo imprescindible porque si lo compramos mañana será más barato y a una ausencia prácticamente total de inversiones, porque no hay proyectos que permitan cubrir los costes medios y obtener un mínimo de rentabilidad. La experiencia japonesa muestra lo difícil que es romper ese círculo vicioso una vez que la sociedad se ha instalado en él y los efectos para la sociedad son ciertamente indeseables.

Como ya escribí en diciembre, estoy convencido de que si la actual reducción de precios es consecuencia de la caída de los precios internacionales de bienes o servicios de los que España es importadora neta (por ejemplo petróleo, gas natural, maíz o soja) o proviene de la bajada de los impuestos y tasas (especialmente si son autonómicos o municipales y las bajadas van acompañadas de una reducción del despilfarro de esas administraciones) o se derivan de una caída de los márgenes de aquellos bienes y servicios que han registrado un alza desmesurada en los años anteriores (vivienda, comisiones bancarias, bienes y servicios de escasa cuantía unitaria que han hecho el cambio cien pesetas igual, poco más o menos, a un euro) siempre que los nuevos márgenes reducidos permitan obtener un beneficio razonable, pero sólo razonable y no desmesurado, a los operadores económicos eficientes, la reducción de precios será buena para el conjunto de la economía, aunque pueda ser mala para los especuladores.

Por el contrario, será mala la situación a la que parece que nos dirigimos, en la que coexistirán los bajos tipos de interés nominales (acompañados de tipos muy superiores para las familias y empresas que siendo solventes pidan nuevos créditos para usos razonables) con el aumento del despilfarro del dinero público y por tanto de los impuestos, porque esa situación desincentivará tanto la inversión en proyectos productivos como el ahorro, y no permitirá el desarrollo equilibrado de la actividad económica.

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