Las centrales nucleares instaladas en los países de nuestro entorno se han caracterizado siempre por disponer de unas medidas de seguridad muy exigentes, y la intensidad de esas medidas ha aumentado de forma relevante tras cada uno de los más graves accidentes (Harrisburg (Estados Unidos, 1979) y Chernobil (URSS, 1986))
Los procesos de generación de calor y conversión en electricidad son, conceptualmente, los mismos desde hace cuarenta años, pero los sistemas de seguridad han variado de forma muy notable.
En los diseños previos al accidente de Chernobil, una gran parte de los sistemas de seguridad eran del tipo de seguridad activa, lo que significa que ante un problema determinado, se ponía en funcionamiento un sistema de seguridad que debía ser iniciado, ya fuera automáticamente, ya fuera manualmente, por lo que si, por cualquier causa, el sistema de seguridad no se iniciaba, no se contaría con la seguridad correspondiente.
En los diseños posteriores a Chernobil, se exige que todos los sistemas de seguridad activa destinados a evitar situaciones de alto riesgo potencial se hayan sustituido por sistemas de seguridad pasiva, que son aquellos que entran en funcionamiento sin que sea necesaria ninguna orden, automática o manual, esto es son sistemas de seguridad que entrarían en funcionamiento aunque la central no estuviera controlada ni por las personas ni por los ordenadores.
Obviamente, la introducción de los sistemas de seguridad pasiva disminuye de forma muy relevante unos niveles de riesgo de accidentes que ya eran muy bajos en los diseños de los años setenta. La contrapartida de este aumento de la seguridad es un aumento muy importante de los costes de instalación de las nuevas centrales.
El accidente de Fukushima supondrá, entre otras consecuencias, la aplicación de una mayor exigencia en los sistemas de seguridad de las nuevas centrales que se aprueben y, muy probablemente, de las que estén en proyecto.
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