viernes, 27 de octubre de 2017

En recuerdo a mi amigo Pepe Correas Veiga



Conocí a Pepe a finales de mayo de 1988. Hacía pocos días que yo había empezado a trabajar en Enagás y coincidimos en la inauguración de la planta de regasificación de Huelva.

Con su habitual simpatía y como el que cuenta algo muy sencillo, tuvo el detalle y la paciencia de explicarme la planta, añadiendo, como hacía siempre, un sinfín de detalles y anécdotas.

Desde entonces, nació entre nosotros una amistad que se ha ido haciendo cada vez más profunda, a pesar de las diferencias de nuestro carácter, de nuestras ideas y de nuestra forma de entender y desarrollar la vida. Sólo hay una cosa que no podré contar de Pepe, no porque sea un secreto o algo inconfesable, sino sencillamente porque no lo sé. ¿Cómo habría sido una pelea entre él y yo? Nunca la ha habido, sencillamente porque para mí era imposible enfadarme con él.

Aunque nuestras áreas de actividad profesional eran muy distintas, hemos tenido la posibilidad de colaborar muy estrechamente en varios proyectos. 

A pesar de que nunca tuvo en Enagás la promoción que habría merecido, porque la opinión que de él tenía la jerarquía no era demasiado buena, para mí ha sido un privilegio que colaborara conmigo. Su actuación en el proyecto de los gasoductos mixtos entre Enagás y Transgás fue clave para el éxito del proyecto y como prueba de que no soy el único que lo percibió así está el hecho de que, al final del mismo, la alta dirección de Transgás llegó a un acuerdo con Enagás para que ocupara el puesto de Director Técnico de la empresa portuguesa.

A su vuelta a España seguimos trabajando juntos, primero en Gas Natural, después en Repsol y finalmente de nuevo en Enagás. En esa última etapa también dimos en equipo, durante cuatro o cinco años, los cursos de la planta de regasificación en el ISE y, cuando ya ninguno de los dos trabajábamos en Enagás seguimos colaborando en toda una serie de pequeños proyectos que nos permitieron seguir siempre juntos en lo profesional.

En los aspectos personales también lo pasamos muy bien y siempre, cuando surgía la ocasión, ahí estaba Pepe, con su sonrisa permanente, dispuesto a echar una mano sin pedir nada a cambio. Solo la salud, que empezó a fallarle en el verano de 2015, fue la causa de que no hayamos podido terminar los últimos proyectos en que colaborábamos.

Pepe, con tu marcha dejas un vacío que no será fácil de manejar, pero siempre me acompañará tu sonrisa y el recuerdo de los mil y un consejos que en todos los aspectos me has ido regalando.
Como no podré encontrar un consejero como tú, me veré obligado a hacerte las consultas mientras duerma, de manera que, en mis sueños, seguiré contando con tu alegría, tu sencillez, tu sabiduría y tu amistad.

Hasta pronto, viejo amigo. ¡Nos seguiremos viendo!

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