jueves, 5 de enero de 2017

Cloty



I
Cloty iba en el metro, de vuelta a casa una vez terminada su última jornada del año, y se estaba planteando si ella debía cambiar algo en su vida a lo largo del año 2017, que empezaría a medianoche del día siguiente.

A sus cuarenta y cinco años, por primera vez desde los trece no saldría de fiesta en Nochevieja. No le había salido ningún plan atractivo, pero tampoco le importaba apenas nada, porque no tenía nadie apetecible con quien celebrar el Año Nuevo.

Los años habían pasado y aunque todavía se veía guapa, desde hacía unos meses había empezado a coger algunos quilos, lo que le hacía pensar que pronto le llegaría la menopausia. Y seguramente no era la única en pensarlo, porque cuando salía, tanto si iba sola o acompañada de alguna amiga, ya no se le acercaban tantos moscones como antes, lo que lejos de molestarla le hacía sentirse más libre, ya que no tenía que responder a tantas chorradas ya escuchadas miles de veces durante sus salidas.

Su trabajo de comercial le gustaba y le permitía tener una economía más que suficiente para sus necesidades. Era dueña de su casa, no era muy gastona y tenía un colchón suficiente para afrontar el futuro sin problemas económicos.

Pero creía que debía ir dejando poco a poco las casi obligadas salidas nocturnas de los fines de semana e irse dedicando a otras aficiones que había mantenido semiabandonadas, porque sus continuos ligues no le dejaban suficiente tiempo para atenderlas mínimamente.

Quizás para el próximo verano se podría aventurar a aceptar la pertinaz invitación de Almendralejo, uno de sus mejores clientes y además de los más antiguos, que cada año le proponía que se uniera a un grupo que hacían viajes de un par de semanas por rutas que él encontraba de lo más interesantes. Le había parado tantas veces los pies en los distintos eventos profesionales en que se encontraban, que sus seguras insinuaciones, si es que al final se decidía a ir, no serían una molestia especial.

Mientras pensaba esto, se dio cuenta de que un viajero, sentado en la fila de enfrente, pero en la esquina opuesta a la suya, se fijaba en ella atentamente.

¿Será que le ha llamado la atención la sonrisa que me ha salido al pensar en la más que probable invitación de Almendralejo? pensó para sí, y como era su costumbre, mantuvo la mirada a la persona que le miraba. Debía tener más o menos su edad, era guapo y tenía buena planta y su indisimulada calva no lo estropeaba demasiado. Tenía una media sonrisa que parecía perenne e iba bien vestido. No le importaría nada que le dijera alguna cosa para iniciar la conversación.


II
Ernesto iba en el metro, de vuelta a casa una vez terminada su última jornada del año, y estaba pensando que un año más tendría una Nochevieja tranquila en la que no se vestiría de fiesta, ni tomaría las uvas ni tampoco brindaría con cava, porque la pasaría sólo, en su casa, y se iría a dormir poco después de las campanadas.

Nunca se había casado, y las pocas veces en que había iniciado una convivencia con alguna de las numerosas parejas coyunturales que había tenido la cosa había durado poco. A veces por su culpa, seguramente era demasiado independiente y la vida en pareja le oprimía, aunque otras quien había fallado era la compañera. En realidad estaba convencido de que nunca se había enamorado de verdad.

Su trabajo de comercial le gustaba y le permitía tener una economía más que suficiente para sus necesidades. Era dueño de su piso, no era muy gastón y tenía un colchón suficiente para afrontar el futuro sin problemas económicos.

Desde hacía algunos años había ido reduciendo, poco a poco, las salidas nocturnas de los fines de semana y se había dedicado a sus otras aficiones. Cuando salía seguía teniendo bastante éxito y rara vez volvía a casa sin haber pasado un buen rato con alguna nueva conocida que, al cabo de algunas semanas pasaba a la situación de los buenos recuerdos previa al olvido más o menos absoluto, casi siempre porque él no deseaba un contacto demasiado frecuente, o al menos esa era su impresión.

Mientras pensaba ésto, se fijó en una viajera que iba sentada en la fila de enfrente, pero en la esquina opuesta a la suya, porque tenía una sonrisa muy especial. Era muy guapa, y aunque parecía tener una edad parecida a la suya, el acababa de cumplir los cuarenta y siete, iba vestida con un estilo algo más juvenil de lo que, a su parecer, correspondía a su edad. Por ponerle un pero, aunque la encontraba casi perfecta, pensaba que quizás estaría aún mejor con unos pocos quilos menos.

¿Cuál sería la causa de la sonrisa que tanto le había llamado la atención? Probablemente era feliz y se estaba acordando de alguna situación divertida. Lástima que no se hubiera fijado en ella unas estaciones antes, porque habría podido comprobar si su cara había estado sonriente todo el trayecto o si ,como él imaginaba, la sonrisa había aparecido de repente. No le importaría nada que surgiera la oportunidad de iniciar con ella una conversación.

Mientras pensaba esto, se dio cuenta de que ella le estaba mirando fijamente, seguramente porque ella, a su vez, había notado que él la estaba mirando.  Le dedicó su mejor sonrisa y pensó para sí que si se bajaba en una estación próxima a la suya, él también lo haría para intentar cambiar con ella alguna palabra.

No tuvo que forzar nada, porque resultó que ella se levantó para bajar en Rios Rosas, la misma estación a la que iba él, y le vino todo rodado para levantarse y cederle el paso cuando ella se aproximó a la puerta.

Ella le dio las gracias con gran amabilidad y él lo entendió como una invitación a seguir la conversación. Esperó a ver si salía hacia la derecha o hacia la izquierda y cuando ella tomó su camino él le pidió permiso para acompañarla:
-  Señorita, ya que parece que vamos por el mismo camino ¿me permite que la acompañe, aunque sea solo un tramo?
-  ¿Hacia dónde va usted exactamente? Si me permite la pregunta.
-  Voy hacia mi casa, en la calle Boix y Morer 22.
- Pues sí, vamos por el mismo camino durante un tramo, aunque yo voy algo más lejos, de modo que no me parece mal que me acompañe hasta la esquina de su calle con Filipinas.
-  Permítame que me presente, mi nombre es Ernesto y es para mí un placer tener la oportunidad de hacer con usted ese trayecto.
-  Yo soy Cloty y tengo algo de curiosidad de saber por qué se ha fijado en mí en el metro.
-  Aunque supongo que pensará que ha sido por lo guapa que es usted, que es verdad que lo es, la realidad ha sido un poco diferente. De repente me he encontrado con su maravillosa sonrisa, no sé si porque ha aparecido en ese momento o si ya la tenía anteriormente, pero lo cierto es que me ha llamado la atención.
-  ¡Vaya! si que es usted amable y también observador. Seguramente la ha visto usted nada más aparecer, o muy poco después, porque efectivamente me he acordado de una situación divertida y me ha debido salir la sonrisa. Nunca me hubiera imaginado una respuesta tan sencilla y, a la vez, tan veraz. Me alegro de que le guste mi sonrisa. La verdad es que me imaginaba que estaba usted intentado ligar conmigo.
-  No le voy a negar que me encantaría tener la oportunidad de poder iniciar una relación amistosa con usted, pero el motivo de que me fijara en usted no ha sido otro que su sonrisa.
-  ¿Cómo y cuando le gustaría a usted explorar la posibilidad de conversar juntos?
-  Eso lo dejo a su elección, siempre que sea compatible con mi horario de trabajo. Vivo solo y no tengo ataduras, de modo que será fácil adaptarme a su disponibilidad.
-  Suelo desayunar en esta cafetería que estamos pasando ahora y suelo entrar a las ocho y cuarto y estar unos quince minutos.
-  Si me lo permite, mañana la estaré esperando a esa hora.
-  Mañana no iré a trabajar de modo que seguramente iré un poco más tarde. ¿Le parece bien a las nueve?
-  Yo también tengo fiesta mañana, así que iré a las nueve y quizás tenga la suerte de que le apetezca prolongar un poco más el desayuno.
Ya estamos llegando a su calle, de modo que nos veremos mañana a las nueve, le dijo mientras le extendía la mano para despedirse.

III
Ernesto llegó cuando faltaban un par de minutos para las nueve y al entrar en la cafetería vio de refilón que Cloty iba unos cincuenta metros detrás de él. Lo que significaba que le gustaba la puntualidad. Prefirió no hacerse el despistado y la saludó con la mano mientras echaba el pie atrás para esperarla en la puerta.

Ella le contestó con otro saludo y apresuró un poco el paso hasta llegar a la puerta de la cafetería.
-  Buenos días Cloty, me alegro de volver a verla, le dijo mientras le extendía la mano.
-  Buenos días Ernesto, yo también me alegro de verte -le dijo mientras le daba la mano y a continuación un beso en cada mejilla que el devolvió encantado-

Entraron en la cafetería y Cloty se fue hacia una mesa bastante alejada de la puerta y se sentó, haciendo una seña a Ernesto para que se sentara enfrente. Cuando llegó el camarero le preguntó a Cloty si deseaba lo de siempre cuando se sentaba en la mesa y ella le dijo que sí. Ernesto le dijo que lo mismo para él y el camarero se alejó con una sonrisa un tanto socarrona.

Empezaron a hablar y se contaron cual era su trabajo, su situación sentimental, que era muy parecida, las cosas que hacían en sus ratos libres y rápidamente se dieron cuenta de que se entendían bastante bien. Llegó el desayuno y dieron buena cuenta de él mientras seguían hablando. Cuando se dieron cuenta, habían dado las diez y media, se rieron del tiempo transcurrido, pagó Ernesto, aunque Cloty le dijo que no se acostumbrara a ello, si quería que fueran más veces juntos, y se fueron andando hacia los Teatros del Canal para ver si Cloty podía comprar unas entradas para ella y algunas de sus amigas.

En el camino, Ernesto le preguntó por sus planes para esa noche, pero ella no tenía muchas ganas de contárselo. Para salir del paso le preguntó por los suyos y Ernesto le dijo el sencillo y tranquilo plan que tenía para pasar de año. Ella se echó a reír y, tras pensárselo un poco, al final decidió decirle que su plan era muy parecido.

Ernesto le propuso que cenaran juntos en la casa que ella prefiriera y ella le dijo que de acuerdo, pero que prefería en su propia casa, para no tener que salir a la calle de madrugada, aunque a las dos, como muy tarde, se tendrían que despedir.

Así lo hicieron y lo pasaron muy bien, cena sencilla y tranquila, brindis de cava, sin uvas, mientras sonaban las campanadas en la Puerta del Sol, beso de felicitación del nuevo año y tertulia amena hasta la una y media, en que a Cloty, que estaba bastante cansada, se le escapó un bostezo bien disimulado, pero no lo suficiente como para que Ernesto no se diera cuenta y a los pocos segundos le dijera que lo mejor era dejar en ese punto la estupenda reunión, no sin antes asegurarse de que el lunes siguiente a las ocho y cuarto se encontrarían para desayunar juntos.

Ya en la cama Cloty se puso a pensar en lo ocurrido y llegó a la conclusión de que ya había empezado a cumplir su plan para ese año y que quizás, solo quizás, Ernesto podría ser el primer ejemplo del nuevo tipo de relación que le gustaría tener en adelante.

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