La economía como ciencia ha tenido pocos avances desde que en el siglo XVIII Adam Smith (1723-1790) sentó las bases de la economía moderna. Digo esto porque el objetivo de cualquier ciencia es la elaboración de teorías que, para cualquier situación concreta con sus parámetros bien definidos, sean capaces de prever lo que ocurrirá, pero los economistas nos seguimos caracterizando por tener sólo la capacidad de prever lo que ya ha ocurrido.
Adam Smith, el primero y, para mí el más importante, de los economistas clásicos formuló en su libro conocido como La riqueza de las naciones, un conjunto de teorías que, a pesar de los enormes cambios que se han registrado en las sociedades y en la economía en los más de dos siglos transcurridos, en buena parte siguen estando hoy vigentes. Sus teorías y, sobre todo, su conocimiento del comportamiento humano le llevaría, probablemente, a seguir aconsejando políticas parecidas a las que promovía en su época, si hubiera tenido que analizar una situación económica como la actual.
Seguiría aconsejando el máximo de libertad para las actuaciones económicas, pero respetando la normativa legal existente, que, por su parte, debe ser la mínima necesaria para evitar los abusos de los económicamente más poderosos. Aspecto este último fundamental, aunque a menudo olvidado cuando se habla de las propuestas de Adam Smith.
También seguiría aconsejando que se intentara evitar que fueran los gobernantes los que tomaran las decisiones de política económica, ya que éstos, en su época como también ocurre ahora, las tomarían para favorecer los intereses de un segmento limitado de los ciudadanos y no del conjunto de ellos.
Uno de los pocos avances relevantes que la economía ha tenido en el siglo XX fue la aportación de John Maynard Keynes (1883-1946) que hizo propuestas muy eficaces para reducir la intensidad y la duración de las recesiones y crisis, mediante la política de inversión y endeudamiento públicos.
También siguen vigentes en la actualidad, siempre en mi opinión, las propuestas de Keynes aunque, como en el caso de Adam Smith, se olvidan aspectos fundamentales de sus propuestas para hacer ver que se está aplicando la política keynesiana cuando en realidad se está aplicando una variante de la misma mucho menos eficaz. El aspecto más relevante que se olvida de las propuestas de Keynes es que el dinero público que se introduce en el sistema económico en situaciones de crisis, recesión o depresión, (introducción que tiene la contrapartida negativa del aumento de la deuda pública en la misma cuantía en que se emplea) sólo es eficaz si promueve una actividad económica adicional a la directa, de forma que cuando se resta del resultado total de la actividad pública adicional, en términos de PIB, el coste de la deuda pública inducida (principal más intereses) tiene que quedar un resultado positivo; esto es lo que se conoce en teoría económica como el efecto multiplicador, que lógicamente tiene que ser superior a la unidad para que la política sea beneficiosa y que cuando es inferior a la unidad, como ocurre por ejemplo cuando se realizan obras publicas que sustituyen infraestructuras existentes por otras que no aportan ninguna, o poca, utilidad adicional, la inversión pública en vez de ser beneficiosa resulta perjudicial.
Si Keynes hubiera vivido una situación como la actual, probablemente habría aconsejado políticas parecidas a las que propuso hace casi un siglo, aunque lógicamente adaptadas al presente. Sería por tanto partidario de aumentar el gasto público, pero sólo en actividades que tuvieran un multiplicador igual o superior a la unidad.
Para mí, que soy partidario de Adam Smith y también de Keynes, es evidente que la actual situación económica se gestionaría mucho mejor si se aplicaran algunos conceptos básicos de las propuestas de ambos: la liberalización de la economía, evitando al máximo las situaciones de privilegio existentes (monopolios u oligopolios de hecho o de derecho) la presión social para que se reduzca lo máximo posible la corrupción, para que se recorten drásticamente los gastos públicos improductivos, para que las decisiones de política económica se tomen teniendo en cuenta los intereses generales y no sólo los particulares de las minorías próximas al poder político y para que la utilización del aumento transitorio del déficit público se haga exclusivamente para actividades con multiplicador igual o superior a la unidad, única forma de que el resultado de esta política sea positiva a medio y largo plazo. Obviamente, el empleo del dinero público en prestaciones sociales a las personas más necesitadas es una actividad de multiplicador superior a la unidad, siempre que responda a situaciones de necesidad real (lo que supondrá que la totalidad de la prestación se dedicará al consumo de bienes y servicios necesarios) y que no desincentive la vuelta a la actividad productiva de la persona que reciba la prestación tan pronto como sea posible.
Para terminar, considero interesante releer algunos textos de Adam Smith que creo que son aplicables en la actualidad, siempre que se hagan unas ligeras adaptaciones a la realidad de nuestros días:
“Las equivocaciones del Gobierno tienen una influencia mas directa y señalada en la pública prosperidad. Con todo, una larga experiencia nos ha hecho ver que la economía y moderación de los particulares compensa no sólo la prodigalidad é imprudencia de algunos individuos, sino también los gastos extraordinarios del Gobierno. La uniformidad constante de los esfuerzos que hace cada hombre para mejorar de condición, principio primitivo de la opulencia individual y nacional, tiene por lo común bastante vigor para mantener los progresos naturales de las cosas, á pesar de los gastos excesivos y de los errores mas grandes de los que mandan.”
Para este texto, la única adaptación a tener en cuenta sería que, dada la gran participación del gasto público en el PIB, los gastos excesivos y los errores más grandes de los que mandan pueden ser en la actualidad tan grandes que no baste con los esfuerzos conjuntos de los particulares para compensarlos.
“Vuelve el autor á tratar de los gastos del rico; y prueba con hechos y razones que los que no dexan rastro alguno después de hechos, deben mirarse como perdidos para el estado, y que los que provienen de un genio económico, de qualquier modo que sea, vienen al fin á convertirse en utilidad de la nación, aumentando la suma de las riquezas nacionales.”
Para este segundo texto, que en mi opinión enlaza perfectamente a Adam Smith con Keynes, la única adaptación requerida es que los gastos del rico deben entenderse como el conjunto de los gastos n o sólo de los muy ricos sino sobre todo de los gastos del estado, muy superiores a los de aquellos y, por tanto, más importantes.
“Es verdad que hay otra balanza, de que ya hemos hecho mención, muy diferente de la del comercio, la qual proporción que es favorable ó contraria, causa por necesidad la riqueza ó decadencia de la nación: esta balanza es la del producto y consumo, anual. Si el producto crece, el capital de la nación se aumenta con este sobrante, que viene á ser otra nueva fuente de producto. Si al contrario el consumo fuese mayor que el producto, el capital de la nación se disminuye, porque se ve obligada á tomar del capital lo que antes sacaba de su renta: entonces puede decirse que vuelve hacia atrás, y que camina visiblemente á su ruina”
Para este último texto, la adaptación pertinente sería la sustitución de la balanza anual por la balanza plurianual que contenga un ciclo económico completo y que, por tanto, permita compensar los déficit de las etapas de baja actividad con los superávit de los años de crecimiento.
Nota: Los textos de Adam Smith han sido extraídos del Compendio de La riqueza de las naciones del Marqués de Condorcet, traducido por Carlos Martínez de Irujo (1803)
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