El rechazo que una parte de la población tiene respecto a la instalación de centrales nucleares en su país (a veces mayoritaria como en Italia o en España, a veces minoritaria, como ocurre en Francia, pero siempre relevante) es una de las principales barreras que tienen que vencer los promotores de este tipo de instalaciones.
En consecuencia, siempre he pensado que los promotores de futuros proyectos y los propietarios de las instalaciones existentes deberían tener una política de comunicación que redujera al mínimo la oposición derivada de la falta de información.
Pienso esto porque yo estoy convencido de que una industria nuclear que tuviera como principal objetivo la minimización de los riesgos, aun cuando este objetivo redujera algo la muy elevada rentabilidad económica que tiene.
Sin embargo, la realidad constatada es que las empresas operadoras de centrales nucleares (al menos la mayoría de ellas) dan prioridad a la maximización de los beneficios cuando se enfrentan a la disyuntiva de reducir riesgos cuando esto supone un aumento de coste superior a la esperanza matemática del valor del riesgo que se asume (producto del coste estimado del accidente, si se produce, por la probabilidad de que se produzca) política que necesariamente lleva al incremento de incidentes aunque con unos beneficios superiores, salvo que el incidente resulte ser un accidente grave , muy grave o catastrófico, en cuyo caso la pérdida de beneficios supera en mucho al coste evitado.
En la fase de promoción, en la que nos encontrábamos en España antes de la catástrofe de Fukushima, la política se centra en presentar las grandes ventajas, reales o supuestas, de las nuevas centrales.
Cabe destacar entre las ventajas reales la ausencia de emisiones de CO2 en la operación, la mayor independencia y seguridad respecto a los suministros de petróleo y de gas natural, y la seguridad ampliada respecto a las centrales actuales (que ya tienen una seguridad muy elevada)
En cuanto a las supuestas, no se puede olvidar la negación de que la energía nuclear de fisión tiene una capacidad de generación total limitada (no es cierto que existan reservas de uranio infinitas en la Tierra, ni que la duración de las reservas existentes fuera equivalente a la de las reservas de gas natural o de petróleo para producciones de energía similares) el olvido de la existencia de problemas con el tratamiento de los residuos (su duración con la tecnología actual sería de 15 a 20 siglos, muchos menos de los mas de 30 siglos con la tecnología de hace cuarenta años, pero a todas luces todavía excesiva) o la promesa (imposible de cumplir con las tecnologías actuales) de unos costes medios inferiores de la electricidad generada si se comparan con los costes de la generación hidráulica, con gas natural, con carbón o con derivados del petróleo.
Estas grandes ventajas, que son aireadas por los representantes del sector, pero también por políticos o comunicadores que se prestan a ello, sea por convencimiento propio o por intereses personales, unida a la supuesta ausencia de aspectos negativos, llevan a un mensaje que ciertamente ha calado en una parte relevante de la población: o la energía nuclear o el caos.
Muy probablemente, la campaña habría tenido éxito si no se hubiera producido la catástrofe de Fukushima, con la que no solo se ha constatado que no es imposible (aunque si muy poco probable) que haya un accidente nuclear de gravísimas consecuencias en un país desarrollado, sino que la actuación de la empresa propietaria durante las primeras horas y días supuso la renuncia a la minimización de la contaminación nuclear con el objeto de intentar salvar el grueso de las instalaciones.
Como ese tipo de decisiones no son tomadas por expertos en la tecnología nuclear y en los riesgos de las operaciones, sino por directivos que solo piensan en sus intereses económicos personales, el resultado ha sido el peor posible: ni se ha minimizado la contaminación nuclear, ni se han salvado las instalaciones, ni se ha evitado el incremento de la desconfianza de la población mundial en el sector nuclear, dada la política de información trufada de mentiras y de ocultamiento de datos que se ha seguido.
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