Yo también quiero que mi país tenga empresas energéticas sólidas, que puedan competir en los mercados internacionales, y que sean fuertes y competitivas durante muchas décadas.
Quizás no sea un mal punto de partida las empresas energéticas actuales, que basan su fortaleza económica en el disfrute de monopolios u oligopolios de ámbito regional o nacional.
Pero la fortaleza no puede basarse en el mantenimiento (ni menos aún el refuerzo) de las actuales situaciones de privilegio, ni en la continuidad de cuotas en el mercado español que no resisten el más sencillo análisis de posición dominante. Es necesario empezar ya el proceso de reducción forzosa de las cuotas de mercado máximas admisibles.
La fortaleza de las empresas, para que sea beneficiosa para el país y, además, duradera, tiene que basarse en estructuras sólidas, tanto en los aspectos organizativos como financieros y, sobre todo, de gestión del conocimiento.
Sería muy conveniente que esas empresas, los futuros campeones nacionales, tuvieran una amplia presencia internacional, que sería la base de su fortaleza empresarial y de su tamaño. Pero, como sucede con las grandes petroleras (que son las empresas que más se acercan al concepto de empresas energéticas fuertes) no deberían tener una cuota de mercado superior al 15% en ningún país. Quizás, como excepción, en su país de origen (en este caso España) podría admitirse que esta cuota fuera algo superior, sin llegar en ningún caso al 25%
Sería también muy conveniente que el grueso de su actividad se realizara en mercados en competencia, única forma de aumentar las posibilidades de continuidad a largo plazo.
Con ese tipo de empresas, nuestro país se beneficiaría de un mercado energético interior más sólido y competitivo (lo que llevaría a menores precios y mejor calidad de los servicios) y, a la vez, de la obtención de rentabilidades satisfactorias de las inversiones en el exterior.
Quizás no sea un mal punto de partida las empresas energéticas actuales, que basan su fortaleza económica en el disfrute de monopolios u oligopolios de ámbito regional o nacional.
Pero la fortaleza no puede basarse en el mantenimiento (ni menos aún el refuerzo) de las actuales situaciones de privilegio, ni en la continuidad de cuotas en el mercado español que no resisten el más sencillo análisis de posición dominante. Es necesario empezar ya el proceso de reducción forzosa de las cuotas de mercado máximas admisibles.
La fortaleza de las empresas, para que sea beneficiosa para el país y, además, duradera, tiene que basarse en estructuras sólidas, tanto en los aspectos organizativos como financieros y, sobre todo, de gestión del conocimiento.
Sería muy conveniente que esas empresas, los futuros campeones nacionales, tuvieran una amplia presencia internacional, que sería la base de su fortaleza empresarial y de su tamaño. Pero, como sucede con las grandes petroleras (que son las empresas que más se acercan al concepto de empresas energéticas fuertes) no deberían tener una cuota de mercado superior al 15% en ningún país. Quizás, como excepción, en su país de origen (en este caso España) podría admitirse que esta cuota fuera algo superior, sin llegar en ningún caso al 25%
Sería también muy conveniente que el grueso de su actividad se realizara en mercados en competencia, única forma de aumentar las posibilidades de continuidad a largo plazo.
Con ese tipo de empresas, nuestro país se beneficiaría de un mercado energético interior más sólido y competitivo (lo que llevaría a menores precios y mejor calidad de los servicios) y, a la vez, de la obtención de rentabilidades satisfactorias de las inversiones en el exterior.
Lástima que este modelo sea tan distinto del que proponen los defensores de la concentración: empresas fuertes basadas en situaciones de posición más que dominante que, dada la ausencia de competencia, llevan a mayores precios y peor calidad del servicio y, para subvencionar las aventuras en el exterior, siempre se puede contar con los sobreprecios aplicados a los consumidores españoles.
El problema parece estar en el deseo de los políticos, especialmente cuando están en el poder, de contar con empresas dóciles, siempre dispuestas a realizar los deseos del ministro de turno. Y esto sólo se puede conseguir con su modelo.
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