domingo, 8 de noviembre de 2015

Maritere



Maritere llegó al apartamento de Gandía con sus padres, deshizo su bolsa, ordenó sus cosas y preguntó a su madre si había que comprar algo. Su madre le dio una pequeña lista y ella cogió la lista, el dinero y la bolsa y llamó a su amiga Olga para preguntarle si le acompañaba a comprar.

Las dos se vieron tres minutos más tarde en el jardín de los apartamentos, se dieron dos besos y se encaminaron al super de costumbre. Se empezaron a contar las cosas que les habían pasado en el curso que acababa de terminar, ya que aunque no vivían demasiado lejos, Maritere en Valencia y Olga en Paterna, no se habían visto ni una vez desde que terminó el verano.

Todos los años se prometían que se verían, pero luego ninguna llamaba a la otra y se terminaba el curso sin noticias.

Olga le preguntó si había visto a Fernando, y antes de que su amiga le contestara, le dijo que si seguía estando tan bueno, de este verano no pasaba sin hacérselo. No había terminado de decirlo cuando, por la cara que puso Maritere, se dio cuenta de que había metido la pata.

Maritere le dijo que no solo se habían visto, y mucho, cosa nada extraña ya que estudiaban juntos en la Uni, sino que desde Nochevieja eran pareja y Olga reaccionó rápidamente y le dijo que siendo así no se preocupara, que ella se buscaría otro.

Cómo pasaba siempre desde hacía algunos veranos, Maritere le contaba cómo le había ido el curso, sin decir nada de sus posibles ligues, y Olga pasaba de largo de los estudios y a cambio detallaba sus múltiples conquistas. A nadie le podía extrañar que tuviera muchas porque era una chica guapísima que sabía ser, además, muy simpática cuando le parecía, y siempre estaba dispuesta a serlo cuando había cerca algún muchacho nuevo que le apeteciera para engrosar su lista de seducidos y abandonados.

Ninguno de ellos, los de la lista, podría decir que no había sido avisado previamente, porque Olga tenía la costumbre de preguntarles directamente, nada más conocerles pero sólo a los que pretendía conquistar, si tenían la intención de ligar con ella y, respondieran lo que respondieran, ella les respondía que si lo hacían sería por un breve periodo. Una vez consumada la conquista y mantenida los escasos días que ella quisiera, después de haber hecho el amor por última vez como si nada pasara, les despedía siempre con la misma frase:

-  Cariño, hasta aquí ha llegado nuestra relación, ya te avisé que sería breve. Gracias por los buenos momentos que hemos pasado juntos.

Tras decir esa frase, les enviaba un beso por el aire, se daba media vuelta y se iba sin decir nada más ni esperar respuesta.

Maritere era el polo opuesto, había tenido muy pocos ligues, seguramente porque sin ser fea, que no lo era en absoluto, tampoco era especialmente agraciada. Además era muy seria y aún más puritana. Sólo dos chicos antes de Fernando habían conseguido cogerla de la mano más de una vez y Fernando había sido el primero en besarla, después de haberle dicho que estaba enamorado de ella y haber oído que ella también lo estaba de él.

Cuando Olga escuchó las limitaciones que Maritere le imponía a su novio, no se lo podía creer y menos aún cuando Fernando llegó unos pocos días después y le encontró aún más apetecible que el verano anterior. Una semana más tarde, aprovechando que estaban los tres solos y sin nadie cerca que les pudiera escuchar, sacó el tema de las relaciones prematrimoniales y comprobó que Maritere seguía pensando que se casaría virgen y que Fernando, sin que le gustara mucho la idea, parecía resignado a esperar hasta entonces. Cuando todos hubieron expuesto sus ideas y sus argumentos, Olga cerró la discusión echando un órdago a Maritere, diciéndole que si antes de acabar las vacaciones no se había acostado con Fernando, lo haría ella y se quedaría sin novio.

No se volvió a hablar del asunto y Maritere siguió actuando como siempre. Como todos los veranos, era la primera en marcharse, ya que su padre sólo tomaba tres semanas de vacaciones en verano y el día de su marcha los tres se despidieron hasta el verano siguiente, bueno en realidad Olga y Maritere quedaron en que sin falta ese curso, que sería el último en la Uni, se verían en Valencia, pero ambas estaban convencidas de que pasaría lo de siempre.

Nada más salir el coche de los padres de Maritere de los apartamentos, Olga le dijo a Fernando que le apetecía ir a una discoteca muy tranquila para estar con él a solas. Fernando no se supo negar y cuando se quiso dar cuenta estaba bailando con ella como si fueran una pareja de enamorados muy afectuosos.

Siguieron saliendo juntos todas las tardes y Olga le decía que no se preocupara, que ellos eran sólo amigos, con derecho a roce eso sí, pero sólo amigos que, además, no se rozarían cuando estuviera presente la pareja de uno de los dos, y tres días antes de la marcha de Olga cumplió lo que había advertido a Maritere y después de la discoteca se fueron a la cama, en el apartamento de ella porque se había quedado sola. Repitieron los dos días que faltaban y, al despedirse, Olga le dijo que  quería que se vieran en Paterna, por lo menos una vez a la semana.

A Fernando le encantó la propuesta y decidió no decirle nada a Maritere, con la que seguía saliendo como pareja con voto de castidad. Los miércoles por la tarde, en cuanto la dejaba en su casa se iba a Paterna donde pasaba la noche con Olga y de madrugada llegaba a su casa donde dormía apenas una hora antes de levantarse para irse a la Uni. Si su madre le preguntaba la respuesta era siempre la misma:

-  Mamá, ya sabes que los miércoles estudiamos por la noche un grupo de compañeros.

Al cabo de unos meses, Olga fue ampliando el grupo y la primera vez hicieron un trío con Roser, una amiga suya. Después pasaron a ser dos parejas, en las que el otro varón solía durar sólo un par de sesiones, una con Olga y otra con Roser. En ocasiones eran sólo Roser y él los que estaban, pero poco a poco se fue ampliando el abanico de mujeres con las que Fernando acababa la noche. Fernando era muy bueno en la cama y la voz se corrió rápidamente entre el grupo de conocidas de Olga y como además era guapo y simpático, raro era el día en que no tenía que elegir entre varias, aunque si estaban Olga o Roser, estás tenían preferencia en pareja o en trío, como ellas quisieran.

Cuando el curso estaba próximo a terminar, Maritere se enteró de que Fernando iba mucho por Paterna y del motivo de ir allí. Una tarde que estaban sentados en una cafetería, apareció una amiga de Maritere que vivía en Paterna y ésta le presentó a Fernando como su novio. La amiga sabía lo que él hacía en Paterna, porque en algunas ocasiones había escuchado las bondades que de él se contaban allí, pero fue discreta y se limitó a decirle a Maritere, cuando fueron juntas al baño, que ya podía estar contenta de que su novio fuera tan bueno en la cama.

Su sorpresa fue mayúscula cuando Maritere le dijo que ellos no tenían relaciones sexuales, ni las tendrían hasta que no se casaran y se tuvo que pensar la respuesta cuando Maritere le preguntó que donde había oído eso. La amiga se echó un poco para atrás diciendo que lo mismo se había equivocado, porque le había visto de lejos, pero le dejó una pista envenenada al decirle que podría comprobar si era él o no por el tatuaje de un pequeño elefante que llevaba bastante más abajo del ombligo.

-  ¿Has visto tú el tatuaje? -le preguntó de sopetón-

-  No, Maritere, ya te he dicho que sólo le he visto de lejos, pero es lo que oí decir a la chica que lo contaba.

-  ¿Cómo se llama esa chica?

-  La verdad es que no lo recuerdo, pero si tienes algún nombre que te intrigue dímelo, porque creo que si lo oigo me acordaré.

-  Maritere dijo los nombres de tres compañeras al azar (Carmen, Amparo y Jennifer) y su amiga le dijo que no, que no era ninguno de esos. En cuarto lugar dijo Olga y entonces le dijo que sí, que así se llamaba la chica.

Maritere se lo pensó un par de días y el sábado por la tarde, aprovechando que estaban solos en su casa, le pidió a Fernando que se bajara un poco los pantalones y los calzoncillos, porque quería comprobar una cosa. Fernando pensó que por fin Maritere iba a claudicar, pero se llevó un chasco cuando, tras aparecer su tatuaje, le pidió que se volviera a subir los calzoncillos y los pantalones y que se sentara enfrente de ella porque ya había comprobado lo que quería y le iba a hacer unas cuantas preguntas:

-  Fernando, por favor no me mientas. ¿Has visto a Olga desde que se fue de Gandía?

-  Sí, si que la he visto. ¿por qué me lo preguntas?

-  ¿Cuántas veces la has visto?

-  No sé. Unas cuantas, pero ¿por qué me haces esas preguntas?

-  ¿Una vez a la semana?

-  Si, más o menos. Más bien menos que más ¿Se puede saber qué ocurre?

-  ¿Te has acostado con ella? y si es que sí, ¿cuántas veces?

-  Sí, si que nos acostamos y lo hacemos casi siempre que nos vemos.

-  ¿Cómo lo explicas?

-  Muy sencillo Maritere. Tú y yo somos novios, pero tú no quieres saber nada de que nos acostemos como hacen casi todas las parejas. Bueno, en realidad todas las que conozco menos la nuestra, y yo acepto lo que tú quieres porque tú eres la mujer. Olga y yo somos amigos, pero ella quiere que seamos amigos con derecho a roce, cosa que ocurre también muy pocas veces, y yo acepto lo que ella quiere porque ella es la mujer. Ya sabes que prefiero dar gusto a las mujeres con las que estoy, siempre que no me caigan mal.

-  ¡¡¡Vaya morro que tienes Fernando!!! Así que como yo quiero llegar virgen al matrimonio tú te vas con otra que conoce tu situación pero le apetece follar contigo.

-  Sí, así es. Yo respeto tu libertad y también la de Olga, pero a cambio espero que tú, y ella, también respetéis la mía.

-  Y si yo te dijera que mis condiciones para seguir juntos son que ni tú ni yo nos vayamos a la cama con nadie, hasta que nos casemos, y que después de casarnos sólo vayamos con nuestra pareja, y que si no lo aceptas, no deseo seguir contigo ¿qué responderías?

-  Te respondería, y te respondo, porque no creo que sea sólo una hipótesis, que respeto tu decisión pero tomo la única opción que es compatible con hacer lo que yo deseo, por lo que cada uno tomaríamos, o tomaremos, nuestro camino por separado. Sólo te pido que antes de decirme lo que decides, lo medites, porque todavía tengo la esperanza de que cambies de opinión.

-  Fernando, no tengo nada que pensar al respecto porque tengo las ideas muy claras: hasta aquí ha llegado nuestra relación, porque yo no deseo tener una pareja infiel y, ni mucho menos, aceptar las infidelidades. Tú, por tu parte, piensas de una manera totalmente distinta, aunque me parece que tampoco aceptarías fácilmente que tu pareja te fuera infiel a tus espaldas, de modo que lo mejor es que no nos volvamos a ver.

Fernando se fue y decidió ir a Paterna para decirle a Olga que ya se había librado de Maritere. No la llamó antes y, cuando se presento en su piso, a Olga no le gustó nada que lo hubiera hecho sin previo aviso, de modo que le dijo que lo sentía mucho, pero que había quedado por lo que se verían el miércoles siguiente, como de costumbre. No era cierto que hubiera quedado, pero prefirió quedarse en su casa como tenía previsto.

Llamó por teléfono a Maritere y le contó la visita de Fernando y lo que le éste le había contado. Maritere no le respondió de forma muy amigable porque no le parecía bien que se hubiera estado acostando con su novio a sus espaldas y Olga, con su habitual desparpajo, le dijo que ya se lo había avisado, pero que no se preocupara que el miércoles siguiente, cuando viera a Fernando, le despediría definitivamente.

Maritere se imaginó la cara de Fernando cuando recibiera la noticia, pero prefirió no saber nunca nada más de ninguno de los dos, de manera que unos días más tarde cuando le explicó a sus padres, sin entrar en detalles, que había roto con Fernando, aprovechó para decirles que no tenía intención de volver al apartamento de Gandía, porque no tenía ganas de encontrarse con él ni con nadie que le preguntara por lo ocurrido.

jueves, 22 de octubre de 2015

Compromiso



Aquel viernes, el primero de la primavera de 2015, Marta se encontraba en el AVE que la llevaría a Barcelona. Iba a pasar el fin de semana, aunque no tenía ningún plan concreto.

A sus cuarenta años, llevaba tres separada de Martín. Se habían conocido en el instituto, pero no fueron pareja hasta que ambos estaban a punto de terminar sus estudios en la Universidad. Él de Magisterio y ella de Comunicación.

Se casaron varios años después, a los treinta y cinco y, aunque llevaban más de diez años de pareja y ella estaba convencida de que le conocía bien, pronto se llevó una sorpresa que no mucho después se convirtió en decepción. Él no era en absoluto como ella creía, y no porque le hubiera engañado u ocultado cosas inconfesables. No, simplemente se dio cuenta de que era un buen amigo, estupendo para ir con él de fiesta o de vacaciones, buen compañero de cama, pero le faltaba algo. No era la pareja que ella necesitaba para formar una familia.

Así que dos años más tarde, aprovechando una de las pocas discusiones que habían tenido en su vida, que además había sido por motivos de política aunque ninguno de los dos estuviera especialmente metido en ella, le planteó lo que llevaba varios meses en la cabeza y le dijo abiertamente que su matrimonio no iba bien y que aunque no tenía ninguna queja especial, pensaba que era un fracaso, por lo que pensaba que lo mejor era que, sin prisas ni enfados, cada uno tomara su camino.

Martín le dijo que si ella pensaba así, así lo harían, aunque él preferiría, si era posible, seguir manteniendo con ella una buena relación, porque la apreciaba mucho y si no era adecuado seguir viviendo juntos, quizás sí que pudiera serlo el verse de vez en cuando, como hacían antes de ser pareja.

Marta se quedó bastante sorprendida de su reacción, pero en el fondo pensó que era una prueba más de que estaba en lo cierto.

Un mes más tarde, Martín le dijo que ya había encontrado alojamiento, un apartamento pequeño que había alquilado en un barrio barato y con buena comunicación con su trabajo, y que ese fin de semana se mudaría.

A la semana siguiente, su amiga Conchita le comentó que aquel fin de semana había visto a Martín en compañía de una chica a la que no conocía, y no se cortó lo más mínimo al decirle que qué poco había tardado en encontrar repuesto.

Por eso le sorprendió que, la misma noche de su conversación con Conchita, Martín la llamara para preguntarle qué plan tenía para el siguiente fin de semana. 

Como le había pillado de improviso le dijo que todavía no había pensado nada y cuando se quiso dar cuenta se encontró con una propuesta como las que él le había hecho quince años antes, a la que no supo, o no quiso, decir que no.

Y realmente fue como cualquier fin de semana de aquella época, con la diferencia de que no tuvieron que arreglárselas para ir a dormir juntos a la casa de los padres de él o de ella, la que estuviera libre, sino que acabaron en la casa de ella, la que había sido común durante un par de años.

Pasaron dos años con una relación parecida. Con bastante frecuencia pasaban juntos el fin de semana, aunque bastaba que uno de los dos dijera que tenía otro plan, para que ese fin de semana cada uno fuera por su lado.

Martín la llamaba una o dos veces entre semana, aunque no comentaba nada de su vida personal, sólo cosas de trabajo o, a veces, cosas de amigos comunes a los que había visto o con los que se había comunicado por internet.

Ella se hacía la estrecha a su manera, haciendo que siempre fuera él el que llamara, pero como siempre había sido así, a Martín ni le sorprendía ni le preocupaba.

Sólo su amiga Conchita le metía cizaña de vez en cuando, contándole que se le había visto por aquí o por allá. Si estaba acompañado, para decirle que como podía ser tan tonta de aceptarle en su cama, a la que sólo iba cuando él no tenía otra opción más apetecible, argumento que cambiaba cuando se le había visto sin pareja por la crítica de que a Martín nadie le haría caso, si no fuera porque ella era tan tonta que sí se lo hacía.

Pero Marta, en el fondo, estaba a gusto en esa situación. La relación era casi perfecta porque se limitaba a fines de semana, puentes y vacaciones. Lo pasaban bien, se divertían un montón y ella tenía un hombro amigo en el que apoyarse. De hecho, Marta empezó a desear volver a vivir juntos, porque él parecía seguir enamorado.

Poco a poco le fue engatusando y cuando un día Martín le comentó que tenía que buscarse otro piso, porque la dueña lo necesitaba para ir ella a vivir en él, le propuso que se mudara al suyo y que no tuviera prisa por buscar otro, porque a ella le gustaría que intentaran recuperar su matrimonio.

Martín le agradeció la oferta y la aceptó, y en tono de broma le añadió que si las cosas se volvían a torcer, buscaría otra casa.

Lo hizo antes de que pasara un año. Tras unas vacaciones que pasaron juntos, él volvió a trabajar antes que ella y cuando ella regresó le dijo simplemente que se había mudado a su nuevo domicilio.

Para Marta esa decisión tan abrupta fue un palo bastante duro. No había habido ninguna discusión, pero tenía que reconocer que, aunque ella se había comprometido mucho más con el objetivo de salvar el matrimonio, las cosas iban poco más o menos como la primera vez. Pero le dolía que esta vez él hubiera sido el que había tomado la decisión de separarse y también la forma de irse, casi sin mediar palabra.

Conchita le insistió en que esta vez tenía que cortar la relación definitivamente, pero Martín seguía empeñado en seguir con las antiguas costumbres y ella lo aceptaba. La única variación fue que en esta última etapa Martín la llamaba casi todos los días.

En un par de ocasiones, Conchita había buscado una potencial pareja para Marta y la había achuchado para que se lanzara un poco. Ella le había hecho caso, aunque sin ningún resultado pasadas las dos o tres primeras semanas de gracia que ella les había dado a los candidatos sin decirlo. En ambas ocasiones, Conchita le había insistido en que eran mejores que Martín, y Marta le había respondido que si tan buenos eran para ella, que se los quedara, de uno en uno o todos juntos.
Pero en las dos ocasiones, Martín al enterarse de que ella tenía otra pareja había dejado de llamarla y, sin comentar nada ni dar ninguna explicación, había vuelto a hacerlo cuando ella les había despachado. Estaba claro que el círculo de amigos comunes se empeñaba en tenerles al día de los amoríos del otro, y lo conseguía.

Mientras iba en el Ave hacia Barcelona, Marta tuvo una larga conversación con Conchita. Su amiga le insistió de nuevo en que tenía que cortar de raíz la relación con Martín y ella le contestó que sí, que pensaba que no valía mucho la pena mantener esa relación en la que él no se comprometía en absoluto y ella también había dejado de hacerlo. Pero a continuación le manifestaba que no sabía cómo hacerlo, porque aunque algunas veces le había dicho que fuera espaciando sus llamadas, que no le llamara más de una vez a la semana y que no salieran juntos más que una vez cada dos meses, él no cumplía lo de las llamadas y la salida bimensual, que siempre la cumplía, era un viaje –sólo como amigos- le decía a Conchita, aunque para si pensaba -como amigos con derecho a roce-  

También le contó a su amiga que ella creía que para Martín este tipo de relación era perfecto. -Vive solo, que es lo que le gusta. Cuando le apetece me llama y de tanto en tanto nos vamos juntos de viaje, pero la verdad es que yo me he acomodado a esta situación- y Conchita le contestó que al menos ya empezaba a darse cuenta de que a ella eso no le convenía, porque en unos pocos años le sería más difícil encontrar otra pareja y cuando eso pasara él se iría con otras más jóvenes.

La ofensiva de Conchita arreció cuando le contó que Martín había recibido una casa por la herencia de una tía y que cuando le preguntó que pensaba hacer con ella le contestó que la vendería y que con lo que sacara se compraría un pisito en el que pudiera vivir sólo y ahorrarse el alquiler. Vivir sólo, le remachó Conchita, eso es lo que le gusta, lo que él quiere y lo que hará.

Terminaron la conversación porque el tren ya llegaba a Barcelona y Marta pensó que tendría que plantearse seriamente su futuro, aunque quizás lo mejor sería tomar definitivamente la decisión de no volver a tomar nunca más ningún compromiso de pareja ni con Martín ni con nadie.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Josiane




Manuel había terminado la selectividad con nota suficiente para obtener plaza sin problemas en la Facultad que deseaba para estudiar Periodismo y se había ido a Sitges a pasar un verano tranquilo y a la vez movido. Tranquilo porque no tenía que estudiar nada y movido porque esperaba salir mucho y pasárselo muy bien.

Por segundo verano iría a los mismos apartamentos, lo que tenía la ventaja de que ya tenía una panda con la que podría salir a diario. No todos los del año pasado volverían y esperaba que, con un poco de suerte, faltaran los y las bordes. En cualquier caso, seguiría con su política de no hacerles ni caso, ni siquiera cuando proponían algo apetecible y en cuanto a ellas, una distancia prudente en todo momento.

Cuando llevaba sólo tres días, apareció en el jardín una chica nueva. No era especialmente guapa, lo que haría que al principio casi ninguno de los chicos le dedicara mucho tiempo, pero tampoco era fea en absoluto, lo que significaba que más tarde o más temprano alguno se le acercaría cuando hubiera perdido toda esperanza con las más guapas. A Manuel le gustó especialmente su sonrisa, que acusaba el rasgo de ojos achinados que tenía. Parecía que ya había conocido a algunos de la panda, porque se dirigió directamente al grupo, y cuando, al cabo de pocos segundos, vio que se había quedado sola, se aproximó a ella para presentarse.
-      Hola, soy Manuel y me parece que es la primera vez que nos vemos –le dijo mientras le alargaba la mano, a modo de saludo-
-      Hola Manuel, encantada. Me llamo Josiane y no sé decir casi nada en español –respondió ella con un acento francés muy marcado, a la vez que le daba la mano y le daba tres besos-
-      Manuel sacó de la memoria sus oxidados conocimientos de francés y le dijo, como pudo y en su muy especial versión de la lengua de Moliere, que él tampoco sabía mucho francés, pero que si quería, podían intentar entenderse en las dos lenguas y usar el inglés cuando no les quedara más remedio.

Josiane sonrió de nuevo y decidió continuar en francés hablando lo más lento posible y vocalizando como si estuviera leyendo en clase de lengua en voz alta. Pasaron la tarde hablando a trancas y barrancas y el resto de la panda no les hizo el menor caso, cosa que a ellos les pasó totalmente desapercibida porque ponían toda su atención en intentar comprender al otro y hacerse comprender, según estuvieran hablando o escuchando.

Hablaron de los estudios y de la familia, y Manuel dedujo que Josiane era dos años más joven que él, porque le faltaban dos cursos más antes de ir a la universidad. Tenía dos hermanos más pequeños: una chica, Isabelle, a la que llamaban en casa Bebelle, y un chico que se llamaba Bruno, a los que tenía que atender, sobre todo, cuando por las mañanas estaban en la playa. Su familia pasaría los meses de julio y agosto en Sitges, aunque su padre sólo estaría en agosto, que era el mes en que hacía las vacaciones. A las diez se despidió de todos hasta el día siguiente porque, aunque apenas acababa de anochecer, era la hora que su madre le había puesto como límite.

Durante los días siguientes Manuel fue el miembro de la panda que más tiempo pasó hablando con Josiane, porque a pesar de sus escasos conocimientos de francés, era el que más francés sabía de todos. También porque Josiane le gustaba y, por tanto, ponía mucho interés en comprenderla y hacerse comprender.

Una tarde toda la panda fue a una discoteca que hacía ese horario para los más jóvenes y Manuel vio como, por primera vez, otros chicos de la panda se dirigieron a Josiane para bailar con ella. De todas formas, en una ocasión en que se quedó sola Manuel le propuso que bailaran y ya no se separaron más hasta que a las once menos cuarto, aquel día su madre le había dado una hora más, se fueron y la acompañó hasta el portal. No había nadie y le dio un beso en los labios que ella respondió después de asegurarse de que nadie les veía.


Para la panda, aquella tarde había quedado muy claro que Josiane y Manuel hacían pareja, no porque nadie les hubiera visto besarse en los labios, sino por la forma tan diferente de bailar que Josiane había tenido con él en comparación con los demás. Pocos días después ya era vox populi en los apartamentos y la madre de Josiane, que no se sabe cómo también se había enterado, le preguntó a su hija qué tipo de relación tenían los dos.
-  Mamá, estamos enamorados. Nunca me habría imaginado que el amor sería así; siempre felices, siempre contentos. ¿Es siempre así el amor, Mamá?

-  Suele ser así la primera vez, Josiane, especialmente si te pasa con quince o dieciséis años. Pero después de un tiempo las cosas empiezan a cambiar, porque vas conociendo mejor a tu pareja y empiezas a darte cuenta de sus defectos y, otras veces, también porque empiezan a surgir diferencias de opinión en aspectos que a veces son importantes para uno de los dos o para ambos. Eso suponiendo que los dos estén de verdad enamorados, porque en no pocas ocasiones uno en realidad no lo está y hace teatro por múltiples razones. Por eso es importante que te asegures de que tú y él realmente estáis enamorados.

-    Mamá ¿Cómo puedo asegurarme de eso?

-    La certeza tardarás mucho tiempo en tenerla, pero hay algunos pequeños detalles que te pueden ayudar al principio, sobre todo para darte cuenta de que él no lo está, si ese es el caso. Una parte muy importante será tu intuición, pero también es importante que te fijes en su estado de ánimo, si es variable, o como se toma el que tú le pidas hacer algo que a él no le gusta o no le apetece en ese momento. No te fíes si pretende que seas tú siempre la que cedas cuando tengáis opiniones y deseos diferentes, muy especialmente si te pide que hagas alguna cosa que él sabe que tú no deseas.

-    ¿Tú crees que la diferencia de lengua será un problema importante entre nosotros?

-    Podría serlo, pero no se defiende tan mal en francés y, por lo que me dices, no parece que te hable mucho en su lengua. Pero creo que si sigues con él deberás estudiarla para, poco a poco, conocerla tan bien como puedas. De todas maneras, cuando pienses que haya podido haber algún malentendido a causa del escaso conocimiento de la lengua de uno o del otro, procura aclararlo repitiendo lo que te llame la atención y diciéndolo de nuevo con otras palabras o más explicaciones y sobre todo, evitando el argot juvenil.

-    ¿Crees que sería bueno darle celos con algún otro chico?

-    No, Josiane, de ninguna manera. No lo hagas porque si lo haces seguro que te saldrá mal. Pero si notas que es celoso sin que le hayas dado ningún motivo, más te valdrá alejarte totalmente de él. ¿Has notado que lo sea?

-    No, en absoluto. Te lo he preguntado porque otras chicas lo hacen, especialmente cuando están empezando a salir con un chico.

-    Pues ya sabes que no te aconsejo que lo hagas.

-    ¿Qué crees que pensará Papá cuando se entere?

-    No creo que le guste nada. Piensa que aún eres una niña y que falta mucho para que te enamores. Tenemos dos opciones, y haremos la que tú prefieras: yo se lo puedo ir insinuando, con lo que en algún momento él te lo preguntará o también puedes decírselo tú directamente. Si eliges esta segunda opción, lo mejor es que aproveches un día cuando vuelvas a cenar, aunque ese día seguramente no podrás volver a salir, ya que te hará preguntas y se te hará tarde, pero antes de decirle nada, pregúntame a mí como está de humor, no vaya a ser que sin saberlo elijas un mal día.

Josiane se lo pudo pensar, porque su padre no llegaría hasta el dos de agosto y al final acordó con su madre que fuera ella la que le planteara el tema poco a poco y que un día que estuviera de buen humor, le avisara para decirlo mientras cenaban. también, le avisó a Manuel que una noche seguramente no podría bajar después de cenar, cuando le contara a su padre que estaban saliendo, pero que no podría saber con anticipación que día se lo diría.

Manuel se fue preparando mentalmente para el tercer grado que seguramente le haría el padre de Josiane y se fue entrenando con las preguntas que le iba haciendo la madre, muchas mañanas, cuando estaban en la playa o por las tardes cuando estaban en el jardín. Pero seguía tan contento con su relación con Josiane y no se preocupaba por lo que pudiera decir su padre.

Una semana después de la llegada del padre de Josiane, Manuel se imaginó que había llegado el día porque Bebelle había bajado sola después de cenar y le había dicho que Josiane se había quedado hablando con sus padres. Él se quedó con el resto de la panda hasta pasada la medianoche y después se fue a casa convencido de que Josiane ya no bajaría aquella noche.

Al día siguiente por la mañana fue, como todos los días, a la playa y cuando vio llegar a Josiane se temió que la cosa no había ido demasiado bien. Su impresión había sido acertada, y Josiane le contó que su padre estaba muy enfadado con ella, y también con su madre por haber consentido que su relación avanzara. Al final había cedido en tener una conversación con él, los cuatro, pero ya les había avanzado que su idea era no dejar que los dos estuvieran juntos salvo cuando él personalmente les pudiera ver en todo momento.

Manuel se fijó en los alrededores y se dio cuenta de que efectivamente el padre de Josiane no les perdía de vista. Intentó tranquilizarla, aunque no lo consiguió, y le dijo que iría a la reunión con la intención de convencerle de que su relación era una relación normal entre dos jóvenes de su edad.

Aquella tarde, quedaron a las cinco en casa de Josiane y Manuel se presentó puntual y lo mejor vestido que se le ocurrió. Saludó al padre primero, a la madre después y, finalmente, a Josiane. El padre de Josiane empezó la conversación con cara de muy pocos amigos:
-    Así que usted tiene la intención de salir con mi hija Josiane ¿es así?

-    Sí, señor Berger, así es.

-    ¿Puede usted decirme por qué razón quiere usted salir con ella?

-    Por decirlo en pocas palabras, señor Berger, porque estoy enamorado de ella y ella comparte mis sentimientos.

-    ¿En su país no es costumbre pedir permiso al padre antes de salir con una señorita?

-    No, señor Berger. Esa costumbre existió hace tiempo, pero desde hace casi cien años ya no existe en España.

-    ¿Cuándo se enteran aquí los padres de que una pareja está saliendo?

-    No existe una norma concreta, señor Berger, pero lo más habitual es que cada miembro de la pareja se lo diga a sus padres cuando piensa que la relación es una relación estable y duradera.

-    ¿Se lo ha dicho usted ya a sus padres?

-    Sí, señor Berger, mis padres ya lo saben.

-    ¿Qué opinan sus padres?

-    Están contentos, señor Berger, porque ven que estoy enamorado y que soy más feliz que antes de estarlo.

-    ¿Se han enterado antes que yo?

-    Sí, señor Berger, se han enterado hace tres o cuatro semanas.

-    ¿Qué habría hecho usted si sus padres le hubieran dicho que no aprobaban su relación?

-    Señor Berger, no me resulta fácil imaginarme que motivos podrían tener para no aprobarla, pero si eso hubiera ocurrido, yo no les habría presentado a Josiane hasta que hubieran cambiado de idea.

-    ¿Pero habría seguido saliendo con ella?

-    Sí, señor Berger, habría seguido saliendo con ella. Sin ninguna duda.

-    ¿Y si le hubieran prohibido salir con ella?

-    Señor Berger, con todo respeto, debo decirle que hace ya varios años que mis padres no me prohíben hacer nada, porque respetan mi libertad y estoy seguro, además, de que me consideran una persona sensata.

-    ¿Tiene usted alguna hermana?

-    Sí señor Berger, tengo dos hermanas, una mayor que yo y otra más pequeña. Nos llevamos unos dos años cada uno.

-    ¿Y sus padres dan la libertad a sus hermanas a la misma edad que a usted y con el mismo alcance?

-    Sí, señor Berger, mis hermanas tienen la misma libertad que yo y, si acaso, la consiguieron un poco antes que yo.

-    Pues sepa usted que en esta familia las cosas son muy distintas de como son en la suya. Mis hijas tienen que tener mi permiso para salir con un chico y Josiane no lo tiene para salir con usted. ¿Qué le parece eso a usted?

-    Como entenderá señor Berger yo no soy quien para opinar cómo organiza usted su familia, pero sí puedo decirle que siento mucho que usted no apruebe nuestra relación. Josiane y yo tendremos que tener paciencia hasta que usted cambie su opinión.

-    ¿Debo entender que usted no hará caso de mi desaprobación?

-    Señor Berger, no creo haber dicho nada que indique que no haré caso de su desaprobación. No estoy en condiciones de pasarla por alto, pero me imagino que usted será consciente de que mis sentimientos hacia su hija no variarán por esa dificultad. Son los que son y el único motivo que se me ocurre que podría hacer que variaran sería que su hija dejara de estar enamorada de mí y no creo que eso vaya a ocurrir en un futuro próximo.

-    Y si yo no permitiera salir a mi hija hasta que ella me asegure que ya no sigue saliendo con usted ¿qué haría usted?

-    Señor Berger, me parecería una decisión muy negativa para su familia. Y, por mi parte, le diría a Josiane que yo la esperaré hasta que tenga una edad suficiente para que legalmente ella pueda tomar sus decisiones y si, llegado ese momento, ella me siguiera queriendo, entonces iniciaríamos nuestra vida en común, al margen de su opinión.

-    ¿Cómo se atreve a juzgar si una decisión mía es buena o no para mi familia?

-    Señor Berger, usted me ha hecho una pregunta clara y directa y me imagino que lo que desea obtener es una respuesta clara y que responda a lo que pienso. Ya sé que a veces expresar la opinión sincera, puede no ser lo que se dice una actitud políticamente correcta, pero me parece que sería una mala base para nuestra relación futura que desde la primera conversación seria yo me dedicara a responder lo que creo que a usted le gustaría oír, al margen de cuál sea mi opinión real. De todas maneras si usted, señor Berger, prefiere que yo le responda sólo con corrección política, no tiene más que decirlo y yo lo haré.

-    ¿Por qué piensa usted que tendremos algún tipo de relación en el futuro?

-    Señor Berger, con todo respeto ¿desea usted una respuesta sincera, o prefiere una respuesta políticamente correcta?

-    Deme primero una respuesta políticamente correcta y luego su opinión sincera.

-    Señor Berger, la respuesta políticamente correcta es que considero que con el tiempo Josiane conseguirá que usted escuche sus razones y sus ruegos y que, cuando vea que nuestro amor es sincero y real, usted terminará por aprobar nuestra relación.

-    ¿Y la opinión sincera?

-    Señor Berger, estoy seguro de que usted quiere mucho a su hija y, si estoy en lo cierto, no soportará mucho tiempo ver cómo ella se va alejando afectivamente de usted como consecuencia de su absurda negativa a aceptar que ya es una mujer y que tiene derecho a elegir a su pareja.

-    ¿Y si no estuviera usted en lo cierto?

-    Entonces, señor Berger, me temo que lo más probable sería que usted perdiera el cariño de su hija y, antes o después, su relación con ella.

-    Veo que es usted un muchacho impertinente que se cree que puede hablar de igual a igual a un hombre bastante mayor que, por otra parte, es el padre de la muchacha con la que usted desea salir.

-    Señor Berger, me veo obligado a insistir en que ésta es una conversación que considero muy seria y, precisamente por ese motivo, creo que es muy importante que yo le responda con total sinceridad. Pero insisto, si no desea que lo haga, no tiene más que decirlo.

-    Lo único que deseo decirle es que mi hija Josiane no tiene mi permiso para salir con usted y que, por tanto, le ruego que la deje en paz y espero no verle nunca más junto a ella. Ahora, haga el favor de salir de mi casa

-    Siento que no podamos estar de acuerdo señor Berger. Buenas tardes a todos. Josiane, te quiero.

Manuel saludó con la mano diciendo adiós y salió del apartamento, cuando la puerta se iba cerrando, hubo un momento en que su mirada se cruzó con la de Josiane y como estaba seguro de que nadie, excepto ella, le veía, le mandó un beso a distancia y le hizo la seña que habían convenido para decirle que la estaría esperando en el lugar cercano, pero oculto para quien no se fijara mucho, que habían decidido que era el mejor para el caso en que pasara lo que había pasado.

Una hora más tarde, vio al padre de Josiane que merodeaba por los alrededores del apartamento, seguramente para comprobar si se le veía y, al cabo de unos minutos, apareció Josiane que se separó del grupo de la panda que iban caminando hacia el paseo marítimo.

Se abrazaron y Josiane le contó, llorando, lo que su padre le había dicho. Ella había preferido no responder nada, porque era la mejor manera de decirle que no estaba de acuerdo con su postura. En resumidas cuentas, no sabía lo que pasaría, pero se temía que no le dejara salir más que cuando él también lo hiciera. Aunque el hecho de que tras un rato de charla secreta su madre le dijera que se podía ir hasta las nueve con la panda, siempre que Manuel no estuviera, quizás podía ser el principio de una situación más suave.

Había estado charlando con Mari Tere, una amiga que cómo era de esperar se había puesto inmediatamente de su parte y le había ofrecido su tableta para que la usara para conectarse cuando quisiera, lo que les permitiría estar conectados bastante a menudo.

Por otra parte, Josiane estaba casi segura de que por las tardes su padre intentaría estar a solas con su madre, lo que dejaría un tiempo razonable para que ellos también pudieran estarlo. A fin de cuentas, las tres semanas que quedaban podrían no ser tan malas como parecía.

Dedicaron el tiempo que tardó Mari Tere en volver a buscarla a hacerse todas las caricias que pudieron, y aunque se les había pasado en un vuelo, Mari Tere volvió a las nueve y cuarto para que el padre de Josiane las viera volver juntas. Efectivamente, él estaba observando desde la terraza, pero amagado, y se quedó tan tranquilo cuando vio aparecer a la pareja de chicas que volvían solas.

Cuando Josiane llegó al apartamento, su padre le preguntó sonriente:
-    ¿Qué tal Josiane? ¿Cómo lo has pasado sin tu enamorado?

-    Mal Papá, ya te lo puedes imaginar.

-    ¿Por qué no me cuentas lo que has hecho, hija?

-    No tengo ganas de hablar de nada, Papá

-    ¿Cómo es que habéis vuelto solas dos chicas?

-    Porque es muy temprano y después de lo que ha pasado ningún chico quiere que me veas a solas con él. Sólo Mari Tere se ha ofrecido a acompañarme, aunque también para ella es temprano, porque dice que no es aconsejable que una chica vaya sola cuando ya ha anochecido, porque hay gamberretes que se divierten asustando a las que lo hacen. ¿Me puedo ir a mi cuarto?

-    ¿No piensas cenar, Josiane?

-    No papá, no tengo ganas de cenar, sólo de llorar y preferiría que no me veas cuando lloro.

Al día siguiente, cuando se levantó sus ojos mostraban que había llorado mucho y dormido poco. Así que cuando terminaron de desayunar su padre se acercó a ella para hablar a solas, pero ella le volvió a decir que no tenía ganas de hablar. Tampoco quiso ir a la playa y, a cambio se quedó ayudando a su madre en las tareas de la casa. Cuando acabaron su madre se fue a la playa, donde ya estaban el padre y los hermanos de Josiane, y ella se quedó con la excusa de leer un rato uno de los libros que se había propuesto terminar durante las vacaciones, aunque estuvo meditando lo que le había dicho su madre.

Su madre estaba de su parte, eso ya lo sabía desde antes que su padre y Manuel tuvieran la conversación, y la ayudaría en todo lo que pudiera. Le había sugerido que mantuviera su imagen de tristeza y falta de ganas de hacer nada, pero que cuando su padre la invitara a salir por las tardes, lo hiciera, porque sería la oportunidad de ver a Manuel. Ella se encargaría de que estuviera entretenido y si los primeros días no lo hacía, pronto notaría que no había otra hora en el día para estar juntos en la cama y acabaría sucumbiendo.

Pero no hizo falta. Aquella misma tarde, cuando comprobó que Josiane seguía con cara de una gran tristeza, leyendo su libro, que era tan grueso que parecía que nunca lo podría terminar, al llegar la hora de salir les dijo a los tres que bajaran al jardín y que no volvieran hasta las nueve y media.

Cuando la panda salió a dar el paseo habitual, Josiane lo hizo con ellos y se apartó cuando ya estaba suficientemente lejos del alcance de la vista de los que miraran desde el apartamento.

El padre de Josiane se imaginaba que se estarían viendo en alguna parte, pero por más que lo intentó, no consiguió que nadie le dijera nada. Los chicos de la panda huían de él, incluso cuando estaban por las mañanas en la playa, y los adultos, que los primeros días habían estado más amables y comunicativos, se limitaban a saludar y a decir que no entendían nada si él les decía algo. Parecía que todo el grupo de los apartamentos había hecho causa común con Josiane y eso no le gustaba nada.

Una tarde, Manuel recibió un mensaje de Mari Tere en el que les avisaba que el padre de Josiane había salido, seguramente para buscarla. Quedaron en la ruta que seguiría la panda para que ella se incorporara a la salida de la cafetería discreta y sin luz en la que cada tarde se metían para pasar las tres horas de libertad de que disponían. Todo salió bien y cuando al volver una esquina la panda se encontró de golpe frente al padre de Josiane, todos los de la panda, menos ella, se alejaron a gran velocidad.

El padre de Josiane se quedó sorprendido y le preguntó a su hija que por qué se habían ido tan rápido y ella le dijo:
-      Papá ¿no te das cuenta de la impresión que les has dado? Seguro que piensan que les estás vigilando y eso seguro que no les gusta nada. Ahora, si ya has visto lo que querías ver, lo mejor es que volvamos a casa, porque yo ya no sé dónde estarán y, aunque lo supiera, tampoco querría ir para aguantar sus críticas y sus bromas.

-      Josiane, yo no quería que esto pasara. Pero comprende que tengo que asegurarme de que no veas a ese chico.

-      Pues entonces, lo que tienes que hacer es no dejarme salir de casa. Así estarás seguro de que no le veo, pero yo seguiré pensando en él. ¿Cómo es posible que ya te hayas olvidado de cuando tú salías con Mamá en contra de la voluntad del abuelo? ¿Eres tan injusto como para pensar que lo que tú podías hacer entonces no lo pueda hacer yo ahora?

-      Anda hija, vamos para casa. Lo que yo hice entonces no estuvo bien y por eso no quiero que tú lo hagas ahora.

Volvieron al apartamento sin decir nada más y al llegar Josiane se plantó en el sofá y abrió el libro en el que, poco a poco, el marca páginas iba avanzando. Su mujer, cuando vio que su hija estaba allí le pidió a su marido que le explicara lo que había ocurrido y cuando, a pesar de las excusas y vueltas que él le daba para justificarse, se hizo una idea de lo que había pasado, le dijo que ella también se iba al comedor para estar con su hija y acompañarla en su tristeza.

Terminaron las vacaciones sin más incidentes y la relación entre Josiane y Manuel se había mantenido. Incluso llegaron a hacer el amor varias veces en la cama de Mari Tere, una serie de tardes en que ella estaba sola. La pareja se reía pensando que los padres de ella también lo estarían haciendo, pero seguro que ni se les ocurriría que en el mismo edificio Josiane y Manuel les imitaban.

Cuando Josiane estaba en Francia, su padre dio por terminado el castigo a su hija y como él tenía que ir a su trabajo, el número de horas para charlar por Skype aumentó muchísimo. La madre, pasados unos meses, le preguntó a su hija como iban las cosas con Manuel y ella se lo contó con todo lujo de detalles. No pudo evitar que se le saltaran unas lágrimas cuando supo que su hija ya había hecho el amor, pero no le dijo nada a su marido para evitar problemas mayores.

La Semana Santa cayó aquel año un par de semanas después del cumpleaños de Josiane y cuando un mes antes, un sábado por la tarde, su padre le hizo la pregunta ritual sobre el regalo que le apetecería por su cumpleaños, su respuesta dejó sin habla a todos.
-    Papá, si de verdad quieres que yo tenga un cumpleaños inolvidable, lo que puedes hacer es invitar a Manuel a que pase la Semana Santa con nosotros.

-    Pero hija ¿Te das cuenta de lo que me pides?

-    Sí, Papá. Me doy cuenta de que te estoy pidiendo que aceptes que tu hija ese día ya tendrá diecisiete años, que ya es una mujer y que tiene todo el derecho a elegir a la persona con la que quiere compartir la vida. Incluso aunque luego se equivoque en la elección.

-    Josiane ¿me dejas que me lo piense y te dé la respuesta mañana?

-    Claro Papá. ¡Especialmente si sirve para que digas que sí!

Manuel fue invitado a pasar la Semana Santa en casa de Josiane y al verano siguiente todo el mundo en los apartamentos estuvo encantado con el nuevo rumbo de las cosas.

Pero la relación sólo duró cuatro años más, ya que justo el verano en que Manuel había terminado su master y por tanto el último en que tendría unas largas vacaciones durante varias décadas, Josiane decidió romper la relación con él, porque se había enamorado de otro muchacho.